martes, 27 de marzo de 2007

El amor vence a la muerte

Un poema de César Vallejo:
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "No mueras, te amo tanto!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "Tanto amor y no poder nada contra la muerte!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente.
abrazó al primer hombre; echóse a andar...
Son versos para leer con el corazón. De acuerdo que puede ser lo común en toda poesía, en principio. Pero en éstos hay algo profundo, un movimiento que pretende trascender el pensar corriente. Apela al amor y a la fe. Amor, que comunica a todos los seres entre sí, hace posible un salto de fe, que mueve montañas. La muerte es vencida o trascendida. En la vida y en el arte, esto siempre emociona, porque algo resuena.

Es un poema de una fuerza, una belleza muy especial. Despierta poderosos anhelos de fraternidad auténtica. El muerto resucita –aventuro– no por la voluntad de todos, sino por la caridad de todos. Evoca la idea de masa crítica, pero también la de multiplicidad y unidad reconciliadas. Y esperanza en la resurrección.

Hay otros versos, del Hombre planetario de Jorge Carrera Andrade, que también expresan la fuerza recreadora del amor en términos de resurrección:
Amor es más que la sabiduría:
es la resurrección, vida segunda.
El ser que ama revive
o vive doblemente.
"No creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman", afirmó Macedonio Fernández. Lo dice en verso así (en sus Poemas):
No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
[La imagen es un dibujo de Louis Cattiaux titulado "El salvador. La resurrección". En Física y metafísica de la pintura.]

lunes, 26 de marzo de 2007

Anarquista místico

Un fragmento de Niebla, de Miguel de Unamuno:
«–¡Bravo! –exclamó el tío– ¡bravo! ¡bravo! ¡He aquí un héroe! ¡he aquí un anarquista... místico!
–¿Anarquista? –dijo Augusto.
–Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...
–¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!
–Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...»
–Pero don Fermín, lo que usted quiere ser es cristiano.
–Eso, cristiano, o simplemente... ¡un ser humano!

lunes, 19 de marzo de 2007

Sobre la influencia de la música


«El espíritu de Yahvé se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de Yahvé le infundía espanto. Dijéronle, pues, los servidores de Saúl: "Mira, un espíritu malo de Dios te infunde espanto; permítenos, señor, que tus siervos que están en tu presencia te busquen un hombre que sepa tocar la cítara, y cuando te asalte el espíritu malo de Dios tocará y te hará bien." Dijo Saúl a sus servidores: "Buscadme, pues, un hombre que sepa tocar bien y traédmelo." Tomó la palabra uno de los servidores y dijo: "He visto a un hijo de Jesé el belenita que sabe tocar; es valeroso, buen guerrero, de palabra amena, de agradable presencia y Yahvé está con él." Despachó Saúl mensajeros a Jesé que le dijeran: "Envíame a tu hijo David, el que está con el rebaño." Tomó Jesé un asno, pan, un odre de vino y un cabrito y lo envió a Saúl por medio de su hijo David. Llegó David donde Saúl y se quedó a su servicio. Saúl le cobró mucho afecto y lo hizo su escudero. Mandó Saúl a decir a Jesé: "Te ruego que David se quede a mi servicio, porque ha hallado gracia a mis ojos." Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él.»
(1 S 16, 14-23).
La música que toca David alivia el sufrimiento de Saúl. Con ella encuentra calma y bienestar. Mitiga la desarmonía que padece en su interior. Este problema, cuyo origen está en el vivir de espaldas a Dios, recibe solución desde la misma instancia misteriosa, pues David ha sido llevado hasta ahí por Yahvé (y aún habrá de jugar, por cierto, más papeles en su gran música).

Una nota de la edición que uso dice que la música "se utilizó en toda la antigüedad tanto para excitar el espíritu bueno como para ahuyentar el mal espíritu". La música amansa a las fieras, se dice. Cabría preguntarse si del ejemplo de Saúl y David se puede inferir que ésa es la función primordial de la música: aliviar el alma, ahuyentar el "mal espíritu". Desde luego, aun aceptando en alguna medida esta premisa, ello no debería llevarnos a pensar que la música que cumpla esta condición sea buena y la que no mala. Pero da que pensar. Y quizá la reflexión le lleve a uno a decir, como David más adelante en su peripecia: "No puedo caminar con esto..." (1 S 17, 38-39); y a quitarse de encima lo que molesta para caminar.

Pero no estoy seguro de que el camino haya de pasar por ahí en la relación con la música. Tal vez sí, tal vez no. Ese quitarse la armadura de encima es en David un gran paso de fe, y creo que ahí reside lo importante de su gesto. Mi reflexión pretende hacer referencia a lo que atañe a la música como arte que influye en los estados anímicos del ser humano, e incluso de un modo físico y bien patente, como puede deducirse de los descubrimientos de Masaru Emoto en relación con el holismo del agua. Y es que suenan hoy algunas músicas que no sólo no excitan el "espíritu bueno" y no ahuyentan el "mal espíritu", sino que las cosas parecen darse la vuelta en ellas, resultando que se ahuyenta la calma y el bienestar y se excitan las emociones destructivas, la desarmonía, el espanto. Uno no tiene más que comprobar honestamente el efecto que unas y otras músicas provocan en su estado.

Esto, y siempre, sin entrar a juzgar en términos de bueno y malo.

Parece que la música de cada época revela lo que hay, manifiesta el paisaje general. Y, además, influye, se podría decir que desde la emoción o el estado del que surge. Uno se comunica (en el más amplio sentido del término) con el autor de la obra de arte. Y, en este sentido, no ha de ser lo mismo conectar con lo que hay de creador en Bach que hacerlo con alguien representativo del paisaje general actual, en sus más diversas vertientes musicales y emocionales.
Creo que es importante contar con ello, sea cual sea la actitud que cada cual tome ante la cuestión.

[Foto (detalle): Woman playing kithara, 1913.]

lunes, 26 de febrero de 2007

Paisajes sonoros

El investigador de bioacústica Bernie Krauss habla de sus descubrimientos en su conferencia "La desaparición de los paisajes sonoros naturales: implicaciones globales de sus efectos en los seres humanos y en otras especies":
«En su estado puro, donde no existe ningún ruido producido por el hombre, los paisajes sonoros naturales son sinfonías gloriosas. Sin embargo, la desaparición de estos hábitats unida al aumento del clamor humano ha provocado situaciones en las que la comunicación no humana necesaria para la supervivencia de las especies a todos los niveles está en vías de extinción. Al mismo tiempo, se le niega al ser humano una experiencia de la naturaleza salvaje esencial para la interacción con sus semejantes y con su entorno orgánicamente resonante. Además, debido al casi siempre indeseable ruido, los seres humanos pierden con frecuencia la capacidad de comunicarse, incluso entre ellos, por medio del sonido. Los efectos sobre los paisajes políticos, económicos y sociales de nuestra cultura han sido y continúan siendo relevantes. [...] A través de mi ámbito de estudio, he descubierto que en entornos naturales en los que no interviene el sonido producido por los humanos los animales vocalizan entre sí exactamente como lo hacen los instrumentos en una orquesta. Especialmente en tierra esta delicada estructura acústica está casi tan bien definida como lo están las notas sobre una partitura cuando la examinamos gráficamente en forma de lo que a veces llamamos voice prints. [...] Esta frágil trama sonora que he descrito de forma tan simple está siendo destruida por tres factores: uno es la increíble cantidad de ruido que nosotros, los seres humanos, producimos. El segundo, nuestro uso abusivo, en absoluto minimizado, de los preciados recursos naturales, incluso incentivado por los tratados GATT y TLC. Y por último, parece que nos consume la ilimitada necesidad de conquistar el mundo natural más que la de encontrar una vía para convivir en consonacia con él. [...]». [Visto en LdN.]

viernes, 16 de febrero de 2007

Literatura, compromiso y evasión

Se habla a veces, con tono más o menos peyorativo, de literatura de evasión, oponiéndola a una literatura al parecer seria, comprometida, en contacto con la realidad. Me pregunto cuánto hay de verdadero y cuánto de ilusorio en esta distinción.

¿Es justo decir que existe una literatura comprometida y otra de evasión? Quizá el problema resida en el significado que se da a tales términos.

¿Compromiso con qué? ¿Con la realidad? Y ¿qué es la realidad? La Odisea es una obra profundamente comprometida con la realidad honda del ser humano. ¿Acaso el hecho de que esté compuesta en clave mítica la convierte en literatura de evasión? Sin ir tan lejos (nadie osaría desmerecer a Homero), El Señor de los Anillos es mirado con desprecio por muchos académicos. ¿En qué se basan para descalificar la novela de Tolkien como literatura de evasión? ¿En la clave mítica en que está escrita? En que su finalidad es entretener, dirá alguno, pero ¿acaso no es ése un rasgo común a toda novela?

Si admitimos los conceptos de compromiso y evasión en relación a la literatura, creo que es justo reconocer que no se encuentran tanto en la apariencia externa como en su calidad íntima.

Kafka afirma que un libro tiene razón de ser sólo si sirve para romper el mar congelado que llevamos dentro. Es decir, que ha de remover algo en nuestro interior; ha de servir de revulsivo contra esa tendencia a la solidificación que impide al hombre mirar con ojos limpios en su interior y, desde ahí, al mundo. Para que esto sea posible, me parece, es necesario que haya un rayo de luz en la composición de la obra. Inspiración y arte. Calidad íntima, y no tanto pretensión de realidad.

Pero, de cualquier modo, podemos dar un paso más y preguntar: ¿dónde las letras impresas se tornan literatura? No en un libro sino en la mente. En última instancia es el lector quien, con su actitud, desde su lectura personal, se evade de la realidad o se compromete con ella.

No me parece injusto, pues, concluir que compromiso y evasión se juegan ante todo en un ámbito mental. Es, principalmente, un problema de actitud.

[Publicado en el Sitio de Ciencia-Ficción el 18 de febrero de 2007; en la revista La Clamor de Monzón, nº 958, el 23 de febrero de 2007.]

viernes, 26 de enero de 2007

La música del agua


«E Ilúvatar habló a Ulmo, y le dijo: –¿No ves cómo aquí, en este pequeño reino de los Abismos del Tiempo, Melkor ha declarado la guerra contra tu provincia? Ha concebido un frío crudo e inmoderado, y sin embargo no ha destruido la belleza de tus fuentes, ni la de tus claros estanques. ¡Contempla la nieve y la astuta obra de la escarcha! Melkor ha concebido calores y fuegos sin restricción, y no ha podido marchitar tu deseo ni ahogar por completo la música del mar. ¡Contempla más bien la altura y la gloria de las nubes, y las nieblas siempre cambiantes! ¡Y escucha la caída de la lluvia sobre la Tierra! Y en estas nubes eres llevado cerca de Manwë, tu amigo, a quien amas.
Respondió entonces Ulmo: –En verdad, mi corazón no había imaginado que el agua llegara a ser tan hermosa, ni mis pensamientos secretos habían concebido el copo de nieve, ni había nada en mi mùsica que contuviese la caída de la lluvia. Iré en busca de Manwë; ¡y juntos haremos melodías que serán tu eterno deleite!– Y Manwë y Ulmo fueron desde el principio aliados, y en todo cumplieron con fidelidad los propósitos de Ilúvatar.»
De la Ainulindalë, en: J. R. R. Tolkien, El Silmarillion, Minotauro, Barcelona, 1998, p. 19.

[La foto (detalle) es de un amigo. Gracias, Andrés.]

lunes, 22 de enero de 2007

El movimiento de los átomos

Pseudópodo escribió hace poco un artículo donde extraía una cita del libro ¿Qué es la vida? de Erwin Schrödinger. Este científico llegó, mediante el pensamiento discursivo, a un callejón sin salida, una contradicción entre dos premisas:
«I. Mi cuerpo funciona como un mecanismo puro que sigue las leyes de la Naturaleza.
II. Sin embargo, mediante experiencia directa incontrovertible, sé que estoy dirigiendo sus movimientos, cuyos efectos preveo y cuyas consecuencias pueden ser fatales y de máxima importancia, caso en el cual me siento y me hago enteramente responsable de ellas.»
Su conclusión:
«...que yo –es decir, yo en el sentido más amplio de la palabra, o sea, toda mente consciente que alguna vez haya dicho o sentido "Yo"– soy la persona, si es que existe alguna, que controla "el movimiento de los átomos", de acuerdo con las leyes de la naturaleza.»

martes, 16 de enero de 2007

Sobre el "ojo por ojo"

La ejecución de un exdirigente político ocurre por lo general desde una pretensión de justicia. Pero siempre deberíamos analizar detenidamente todo deseo de justicia y comprobar si pretende restaurar una situación de armonía que ha sido rota o si, por el contrario, se mueve por la sed de venganza. Y es que vengarse, matar al culpable, no armoniza nada, no arregla nada. No es hacer justicia, ni siquiera cuando el "ajusticiado" es alguien responsable de tanta muerte y dolor como en este caso. La violencia no se arregla con más violencia. Nunca lo ha hecho; la experiencia lo demuestra.

La pena de muerte es el intento de legitimación cultural, social, estatal, del deseo de venganza, algo que no produce jamás paz y reconciliación, sino miedo, resentimiento, odio y más violencia. Pero el asesinato de una persona nunca puede ser legítimo, porque se da precisamente desde esas emociones (justificadas o no mediante la razón), que atrapan al individuo o a la institución, lo que deslegitima todo acto que surja desde ahí.

En realidad, el ahorcamiento de aquel dictador es otra manifestación de la penosa situación en que se encuentra la humanidad. Es fácil constatar que hay mucho odio, mucho dolor, y con hechos como éste no se hace sino añadir más leña al fuego. La ley del Talión ha de entenderse en el contexto histórico en que surgió. Quizá, en cierto momento de la historia de la humanidad, la legislación del "ojo por ojo, diente por diente" representó un cierto avance respecto a barbaridades aún peores, pero el ser humano ha madurado desde entonces. Sabemos que la única salida, la única forma de encontrar soluciones reales a los conflictos, pasa por el diálogo entre las distintas partes desde el respeto mutuo, considerando al otro como legítimo desde sí. Sin embargo, todavía hoy quedan restos de esa extraña, terrible, ciega lógica que se alimenta del odio y el miedo.

Si queremos un mundo donde se pueda vivir en paz y estamos dispuestos a mirar a nuestro alrededor desde la verdadera libertad, haríamos bien en superar esa lógica perversa que tan a menudo en la historia ha sido utilizada por el poder para imponer y dominar. Los sabios, que son los más libres entre los hombres, lo han dicho muy claro:

"Ojo por ojo, y el mundo se quedará ciego" (Gandhi).

miércoles, 27 de diciembre de 2006

Sobre el papel de San José en el arte

Giotto di Bondone, Natividad, 1304-06 [detalle].

En el concierto navideño que La Orquestina del Fabirol dio hace poco en Monzón [publiqué una crónica en Músicas del Mundo], se aludió a la imagen medieval de San José, algo diferente a la actual. (Más "lúgubre", dijeron ellos.) Como ilustración, puede leerse a continuación el texto que se declamó:
De la obra de Gómez Manrique, La representaçión del nasçimiento de Nuestro Señor*:
Lo que dize JOSEPE, sospechando de Nuestra Señora:
¡O viejo desventurado!
Negra dicha fue la mía
en casarme con María
por quien fuesse desonrado.
Yo la veo bien preñada;
no sé de quién nin de cuánto.
Dizen que d’Espíritu Santo,
mas yo d’esto non sé nada.
La oraçión que faze la GLORIOSA:
¡Mi solo Dios verdadero,
cuyo ser es inmovible,
a quien es todo posible,
fáçil e bien fazedero!
Tú que sabes la pureza
de la mi virginidad,
alunbra la çeguedad
de Josep e su sinpleza.
El ÁNGEL a JOSEPE:
¡O viejo de munchos días,
en el seso de muy pocos,
el prinçipal de los locos!
¿Tú no sabes que Isaías
dixo: "Virgen parirá",
lo cual escrivió por esta
donzella gentil, onesta,
cuyo par nunca será?
[*]: Ronald E. Surtz, Teatro castellano de la Edad Media, Taurus, Madrid, 1992, pp. 77-78.
Resulta curioso comprobar en el arte medieval disponible en la red que San José, las más de las veces, parece quedar relegado a un rincón, lejos de la virgen y el niño, y casi siempre con aspecto de estar algo ausente, o melancólico, o en cualquier caso no manifiestamente contento:



Taddeo Gaddi, Natividad, 1325.

¿Qué se intenta expresar mediante su exclusión? Es posible que aún en el nacimiento tenga San José la actitud que veíamos en el texto teatral. En todo caso, quizá su amargura o su duda o su contrariedad resaltan de alguna manera su saber estar ahí, en su lugar, a pesar de todo. Quien haya visto la reciente película de Catherine Hardwicke habrá notado el énfasis que se pone en el sacrificio personal de José, que poco a poco y no sin esfuerzo renuncia por amor al honor, es decir, a lo que la sociedad espera de él. Éste es, por cierto, un punto de la película que me llamó especialmente la atención. Hoy es ardua la tarea de sustraerse a la influencia del medio, pero resulta difícil imaginar la dificultad que acaso tendría en aquel tiempo y aquel lugar (en que tanto pesaba la ley y lo comunitario) dar un paso tan arriesgado, tan de fe.
Desde una óptica actual, la película parece incidir en ese punto ante todo en pro de los valores familiares que se pueden inferir de la imagen de la Sagrada Familia. En este sentido, a alguien que contemple la escena en el arte medieval podría parecerle fuera de lugar el papel asignado a San José, diríase marginal. Pero quizá una función de este rol sea destacar la naturaleza divina del Niño. Probablemente significa mucho más, y acaso haya ahí también un sentido simbólico que haga referencia a algo en nosotros y no tanto al aspecto histórico. Uno se pierde en las profundidades del arte tradicional y no digamos en la teología. Pero es posible que el José de los belenes de hoy, cercano, contento y presente, baste y aun sea en algún sentido perfectamente adecuado. En todo caso, adecuado a lo que se pretende expresar.

Y eso nos lleva de nuevo a preguntarnos lo que los hombres medievales querían expresar. No es una cuestión que se pueda resolver con una respuesta sencilla, me parece. O sí, no lo sé. De todas formas, la reprimenda del ángel a José que leemos en el texto dramático de arriba, me resuena, como si se expresara mediante aquellos versos una suerte de batalla interior atemporal presente en cada persona, de ayer y, cómo no, de hoy.

viernes, 15 de diciembre de 2006

Razón y corazón en Álvarez de Cienfuegos

Leo un poema de Nicasio Álvarez de Cienfuegos (1764-1809), Mi paseo solitario de primavera*. De una sensibilidad exquisita, habla del amor. Como casi siempre ocurre en la poesía. Y como en los buenos poemas, no se queda en la superficie y expresa una intuición profunda. A veces es difícil distinguir si los versos hablan desde el corazón o sólo desde la convención. Supongo que ese discernimiento se agudiza con sensibilidad y práctica. En cualquier caso, los versos centrales del poema se me antojan de ésos certeros como flechas. Vuelves una y otra vez sobre ellos y su brillo parece crecer. Tras caer en la cuenta de la "ilusión" que supone al fin el amor pasional y sentimental, dice así el poeta:
¡Oh mil veces feliz, pájaro amante,
que naces, amas, y en amando mueres!
Ésta es la ley que, para ser dichosos,
dictó a los seres maternal natura.

¡Vivificante ley! el hombre insano,
el hombre solo en su razón perdido
olvida tu dulzor, y es infelice.
Me recuerda a aquella hermosa cita de Juan XXIII: "Dios ha imprimido en el corazón humano una ley que nuestra conciencia nos exige obedecer". El amor es la ley vivificante, que no encadena sino libera. El hombre sin salud (salus, salvación) está solo, perdido en su razón. Infeliz. ¿Cuál es la causa de la falta de salud, de la infelicidad humana?
El ignorante en su orgullosa mente
quiso regir el universo entero,
y acomodarle a sí
. Soberbio réptil,
polvo invisible en el inmenso todo,
debió dejar al general impulso
que le arrastrara, y en silencio humilde
obedecer las inmutables leyes.
Luego la causa fue el querer controlarlo todo desde la mente. Aparece la idea de un ego que esclaviza la realidad a su acomodo. Al parecer, ésta es una conducta artificial, pues lo natural, el "general impulso", es la "vivificante ley", amor, que opera "en silencio humilde".
¡Ay triste!, que a la luz cerró los ojos,
y en vano, en vano por doquier natura,
con penetrante voz, quiso atraerle:
de sus acentos apartó el oído,
y en abismos de mal cae despeñado.
Nublada su razón, murió en su pecho
su corazón
; en su obcecada mente,
ídolos nuevos se forjó que, impíos,
adora humilde, y su tormento adora.
Esta falta de salud es una ceguera (una manera engañosa de pensar, dijo el Buda, el que ha abierto los ojos). Nubla la razón y muere el corazón. Así, sólo escuchando en silencio se puede oír la misteriosa y "penetrante voz" que llama y atrae. Y donde no suele haber silencio es precisamente en la cabeza. La razón se aparta del corazón, como en la Parábola VII de Antonio Machado: "Dice la razón: Busquemos / la verdad. / Y el corazón: Vanidad. / La verdad ya la tenemos. [...]"
En lugar del amor que hermana al hombre
con sus iguales, engranando a aquéstos
con los seres sin fin, rindió sus cultos
a la dominación que injusta rompe
la trabazón del universo entero
,
y al hombre aísla, y a la especie humana.
Resuenan estos versos con otros de origen budista: "Los seres son innumerables. / Es mi deseo salvarlos a todos. [...]", del voto del Bodisatva. Y la dominación que rompe la "trabazón del universo entero": clave fundamental, a mi ver. Frente al natural amar, el dominar, que trunca la armonía y genera sufrimiento.
Amó el hombre, sí, amó, mas no a su hermano,
sino a los monstruos que crió su idea:
al mortífero honor, al oro infame,
a la inicua ambición, al letargoso
indolente placer, y a ti, oh terrible
sed de la fama; el hierro y la impostura
son sus clarines, la anchurosa tierra
a tu nombre retiembla y brota sangre.
Vosotras sois, pasiones infelices,
los dioses del mortal, que eternamente
vuestra falsa ilusión sigue anhelante.
Busca, siempre infeliz, una ventura
que huye delante de él, hasta el sepulcro,
donde el remordimiento doloroso,
de lo pasado levantando el velo,
tanto mísero dolor al fin encierra.
"El sueño de la razón produce monstruos", dice el capricho nº 43 de Goya. Los monstruos son el honor, el dinero, la ambición, el placer, la fama. En definitiva: el poder. Poder que hace temblar (con homéricos ecos) la "anchurosa tierra". La ilusión suele acabar en la tumba. Pero, más adelante, Cienfuegos apela al desengaño, concepto fundamental ya en el Barroco. Nos dice el Desengaño: "... Ciegos humanos, / sed felices, amad". Y el sujeto poético se pone estupendo (como diría un profesor) y clama, con una sensibilidad casi romántica, que "el vivir será amar", y "el universo reirá en el gozo / de nuestra unión". Y cuando se le pasa el entusiasmo y vuelve "a esta tierra / de soledad, de desamor y llanto", no por ello desespera. ¿Dónde pone la esperanza? En la amistad, "imagen santa / de este mundo ideal de la inocencia".

Al parecer, en la Ilustración no siempre gobernó la diosa Razón con mano férrea, como se ve. Aquí, la amistad ilustrada expresa a su modo una profunda intuición de amor. O eso me parece. En otros poemas, también interesantes, sí se hace notar más la influencia del racionalismo en las alturas poéticas del amor y lo humano. Pienso en Jovellanos. Quizá en otro post...

Respecto a la cita que encabeza el poema (de origen desconocido para el comentarista de la edición que uso): me parece que en sus seis palabras latinas respira una verdad más profundamente que en los 146 versos endecasílabos de Cienfuegos. Y no estoy seguro del porqué. Dice:

Mihi natura aliquid semper amare dedit.

"La naturaleza me ha concedido siempre amar algo".

Quizá no sean tanto palabras para la razón, como para el corazón.

[*]: John H. R. Polt (ed.), Poesía del siglo XVIII, Castalia, Madrid, 1994, pp. 323-326. Comento aquí los versos 46 a 88.