jueves, 26 de julio de 2007

La meditación del coronel

«Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio del coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que trabajar cada vez más a medida que más vendía, para satisfacer un círculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no era el negocio sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan absorbente era la atención que le exigía el preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra, y la posición le torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la concentración implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que se le vio atender algún asunto relacionado con la guerra fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo para la aprobación de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de partida. "Olvídense de eso", les dijo él". "Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme la tortura de estarla esperando hasta la muerte".»

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

lunes, 25 de junio de 2007

Subrayando ficciones

Anoto aquí algunos textos breves entresacados de las Ficciones de Borges, subrayados por alguna razón en las páginas del ejemplar que leí hace poco. Indico entre paréntesis la página y el relato*.

«Menard –recuerdo– declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.» (p. 44, "Pierre Menard, autor del Quijote").

«La gloria es una incomprensión y quizá la peor.» (p. 54, "Pierre Menard...").

«El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor.» (p. 128, "Funes el memorioso").

«Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.» (p. 132, "Funes...").

«A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo.» (p. 138, "La forma de la espada").

«Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.» (p. 142, "La forma...").

«Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome.» (p. 144, "La forma...").

«A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.» (p. 210, "El Sur").


[*]: En: Jorge Luis Borges, Ficciones, Alianza, Madrid, 2005.

sábado, 16 de junio de 2007

El cinturón eléctrico



Cuando vi este anuncio en un número de la revista Arte Joven, de 1901, me hizo gracia. Por fin lo he encontrado digitalizado [más grande y legible, aquí].
Me acuerdo, al leerlo, de aquello que decía M.ª Victoria Escandell Vidal sobre la evolución de la publicidad. Si bien hoy se utiliza una persuasión emocional, basada en la identificación del consumidor con un estereotipo y con la recompensa psicológica que se deriva, no siempre fue así:

«Desde sus inicios hasta hace aproximadamente 30 o 40 años, la publicidad trataba de destacar las propiedades positivas del producto que se anunciaba: apostaba, en cierto sentido, por la persuasión racional, ofreciendo razones objetivas para comprar el producto o utilizar el servicio anunciado.»
(M.ª Victoria Escandell Vidal, La comunicación, Gredos, Madrid, 2005, p. 102.)

Sin duda, el anuncio del Cinturón Eléctrico Galvani se esforzaba por persuadir al lector con palabras. A pesar de ese halo de ingenuidad que hoy percibimos en la publicidad de antaño, ya no sé si hay ahí más respeto que en la actual por el cliente o "potencial consumidor", pero sí me parece un anuncio, en cierto sentido, más simpático, menos sofisticado (¿menos retorcido?), al menos en apariencia, que los de nuestra televisión, los cuales tratan de movernos disimuladamente, aprovechando la tendencia humana inconsciente a la identificación con necesidades ficticias.

De todos modos, ¿por qué parece ingenuo? ¿Hay en la actualidad menos inocencia, más desconfianza, más voluntad (y medios) de controlar al otro sin que se note?

Por otro lado, aún no he podido averiguar a qué "cataforesis" curativa se refería el anuncio. Según la información que he encontrado, la cataforesis es un proceso de desplazamiento de partículas cargadas dentro de un campo eléctrico hacia el polo de signo opuesto o cátodo. Si alguien está enterado, se agradece cualquier aclaración.

lunes, 11 de junio de 2007

Buenos días

"Según cómo uno dé los buenos días...": En esta entrevista, la monja budista y cantante Ani Choying Drolma toca, desde su experiencia, temas como el perdón, la espiritualidad o la música. Una muestra:

«Tengo 36 años. Nací y vivo en Katmandú. En Nepal hay muchas escuelas para monjes. Yo he fundado la primera para monjas y vivo ahí. La política debería beneficiar a todos, pero los políticos sólo se benefician a sí mismos, y los más honrados son engullidos por el sistema. Espiritualidad es desarrollar las cualidades del corazón. (...) Estamos ocupados en que los demás nos escuchen, y eso rompe la comunicación. (...) La música es mi instrumento, tal como la palabra es el suyo. Pero fíjese en que las palabras no son la entrevista... ¿De qué son instrumento sus palabras y mi música...? De su corazón y su mente, de mi corazón y mi mente. (...) Todos queremos ser felices y estar bien, centrémonos en ello: si yo le trato bien, usted sonreirá. Si usted sonríe, yo también sonreiré. Si yo le grito, usted dejará de estar feliz y me tratará mal, y yo le trataré todavía peor. Lo que siento lo transmito y se me devuelve.»

jueves, 7 de junio de 2007

¿Quién despertó?

Cuento breve:

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»*

Es breve, pero plantea incógnitas que dan mucho juego. A mí me parece especialmente sugerente el quién. ¿Quién despertó? ¿Y si el sujeto de "despertó" fuera equivalente en algún sentido al "dinosaurio"?

[*]: Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas (1969).

[Extra: El cuento más breve del mundo (vía: 1 y 2).]

viernes, 1 de junio de 2007

¿Quién es el autor del poema?

«La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.» (Jorge Luis Borges, "El Sur").
Hablábamos del dejarse vivir. Acaso se halle en este poema una pista o una respuesta a la duda de qué decían esas palabras en el Borges de "El Sur"; o quizás aumente con su lectura el número de preguntas. (Merece la pena escucharlo en la voz de su autor.)

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.

Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

De: El hacedor (1960).

«Todo es del olvido». Quizá resuene aquí el famoso verso de Bécquer (de la rima LXVI):
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
Ignoro si el dejarse vivir de acá tiene alguna relación con el de allá, pero mereció la pena el viaje; algunas preguntas son un tesoro: ¿quién es el autor del poema "Borges y yo"? Y aunque preferiría acabar con esta pregunta, no me resisto a citar al propio Borges (en la conferencia sobre La poesía y el arrabal, dictada en 1963) para liar aún más las cosas, si cabe:
«Señoras y señores: Uno de los primeros versos del Evangelio según San Juan dice, si no me equivoco, "El Espíritu sopla dondequiera". Y ahora a esta cita voy a agregar otra que parece más diversa (...) Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: "¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?", y Bernard Shaw contestó: "No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer." Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban la Musa.»

lunes, 28 de mayo de 2007

Los milagros superfluos de Shahrazad y el dejarse vivir

Cuenta Borges en "El Sur":
«Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre.»
Unas tres páginas más tarde en la edición de Ficciones en Alianza, tras una dolorosa convalecencia y quién sabe qué artificios y espejismos borgianos, el sujeto viaja al Sur.
«A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de las Mil y una noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.»
La desdicha del pobre Dahlmann –el accidente– fue efecto de la avidez: el deseo de leer, en concreto las Mil y una noches con sus mil y un artificios (¿de evasión de la realidad?). Identifica el mal con aquella mala pasada que le jugó la sed, pero no odia el libro; lo lleva consigo. En contacto con la mañana, sin embargo, los milagros de Shahrazad no son nada al lado del simple dejarse vivir. Dahlmann desvía la mirada del objeto de su deseo: la lectura, el saber. Saborea en cambio el paisaje, la mañana, el hecho de ser; se abandona. En la felicidad, todo artificio resulta superfluo.

Estas ficciones de Shahrazad, que distraen de lo real; esta avidez de leer, que provoca enfermedad como todo dejarse llevar por la sed de cosas exteriores, me recuerdan a un aviso de San Pedro de Alcántara (leído en Esperando nacer) cuya lectura –creo– no ha de ser sólo moral, al menos para ver alguna relación con el texto de Borges. Dice así:
«Contra la tentación del demasiado apetito de saber y estudiar, el primer remedio es considerar cuánto más excelente es la virtud que la ciencia, y cuánto más excelente la sabiduría divina que la humana, para que por aquí vea el hombre cuánto más se debe ocupar en los ejercicios por do se alcanza la una que la otra. Tenga la gloria de la sabiduría del mundo, las grandezas que quisiere, que al fin se acaba esta gloria con la vida. Pues, ¿qué cosa puede ser más miserable que adquirir con tanto trabajo lo que tampoco se ha de gozar? Todo lo que aquí puedes saber es nada. Y si te ejercitares en el amor a Dios, presto le irás a ver, y en él verás todas las cosas. "Y el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos o predicamos, sino cuán bien obramos".»
La sabiduría divina y la raíz de ese obrar tienen algo que ver, me parece, con un cierto dejarse vivir, por otro o desde otra instancia. Acaso no muy lejos del abandono puntual de Dahlmann al hecho de ser.

jueves, 10 de mayo de 2007

Y en la tristeza...

«Y en la tristeza y desolación del pueblo, mientras cantan las mujeres en el templo, los pajarillos no cesan de piar en las arboledas, ni el canto de las currucas deja de oírse en las ramas secas de los naranjos.»
Mariano Azuela, Los de abajo.

Un párrafo de ésos que a uno se le presentan como un enigma escondido. Tiene algo, piensa uno, y no sé qué. En medio de la tristeza y la desolación, armonía. Cantan las mujeres en el templo y hay un canto, natural, que no cesa, que estaba ya antes de la tristeza, la desolación y las mujeres en el templo. Hay una música que trasciende lo humano y, sin embargo, toda esa pobreza humana ocupa su lugar en ella. Acaso un lugar especial, se podría pensar, o simplemente el lugar que le corresponde: ahí junto a los pajarillos, las currucas, las ramas secas. Y acaso no un lugar sino la obra toda, y el piar incesante en la pobreza. Y, como dijo la santa, todo está bien. Continúa el canto misterioso, que nunca deja de oírse porque siempre está, también ahí o justo ahí, entonces, en la tristeza.

miércoles, 25 de abril de 2007

Dos sobre la inutilidad del arte

Paul Auster, en su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, reflexionando sobre la escritura:
«¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa. (...) Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. (...) En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo.»
Ernestina de Champourcin, en su Antipoética:
«¡Poetas amigos, ayudadme! ¿Escribimos en realidad para algo, para alguien? Me pongo a pensar, hago examen de conciencia y llego a una conclusión que me resulta tristísima. No, para nada, para nada, y lo que es peor, para nadie. ¿Es posible tanto vacío? Pero de repente mi admirado, querido y constante amigo Juan Ramón viene en mi ayuda. Él sabe muy bien que el poeta escribe porque sí, porque le sale y a fin de cuentas porque Dios quiere.»

sábado, 31 de marzo de 2007

Árboles trasnochadores


Augusto Pérez, personaje de la novela (o nivola) Niebla, de Miguel de Unamuno, contempla los árboles de la plazuela de su barrio. Y piensa:
«Y estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica! ¡y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: "¡tú no eres tú!" y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no se duerman... ¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros!»*
Augusto proyecta en los árboles sus propias angustias existenciales pero, al mismo tiempo, su pensamiento parece imbuido de una compasión sincera ante los seres vivos que tiene enfrente. Probablemente, el amor y el dolor que ha experimentado le han abierto el corazón, y es capaz de ver la vida ya no sólo en él, sino en los otros; incluso, en este momento, en los árboles.

Pobres árboles, «domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva...»

Y a uno se le ocurre preguntarse: ¿qué diría ante esto Bárbol, el viejo Fangorn, pastor de árboles en la novela de Tolkien? «Nadie está enteramente de mi lado», dijo. Y esto es tan verdad hoy como en aquel tiempo remoto –atemporal–, si no más. Si ya en aquellas páginas se quejaba de la destrucción de los bosques por la mano del hombre, hoy clamaría al cielo gritando una vez más –y nosotros haríamos bien en acompañarle–: «Muchos de estos árboles eran mis amigos, criaturas que conocía en la nuez o en el grano; muchos tenían voces propias que se han perdido para siempre. Y ahora hay claros de tocones y zarzas donde antes había avenidas pobladas de cantos. He sido perezoso. He descuidado las cosas. ¡Esto tiene que terminar!»**

Tomar conciencia real de haber descuidado las cosas sería cobrar conciencia de la responsabilidad cósmica del ser humano, tan inseparable de su libertad como las dos caras de una moneda. La auténtica libertad de la que brota el ser humano –libertad para amar– conlleva cuidar de las cosas que se nos han dado. Sólo desde ahí es posible entender justamente, creo, las palabras del Génesis: «Dijo Dios: "Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento.» (Gn 1, 29). Cuando al ser verdaderamente libre se le da, su reacción no pasa por poseer, dominar, agotar. No desde la libertad, no desde la humanidad.

Pero volviendo a la novela de Unamuno y al particular ser y estar de los árboles urbanos, sería bueno quizá mirar la escena desde otra perspectiva, pues no todos los ojos los miran con dolor. «Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. (...) Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.»

Los árboles, con su presencia en la ciudad, nos dan alegría, belleza, vida. Muchas veces, en nuestra vida diaria, nos beneficiamos de su influjo; lo sentimos sobre todo en primavera, cuando el florecer exultante nos invita a sonreír. ¿Damos las gracias por este don? Ahí están ellos, domesticados, trasnochadores, iluminados de noche por nuestra luz artificial. Pero, sí, vigilantes, amorosos, pues no retienen nada de sí mismos. Todo lo dan. Son, en este sentido, ejemplares. Thich Nhat Hanh lo dice de maravilla:
«El hecho de que un árbol es un árbol es muy importante para nosotros. Nos beneficiamos un montón de que el árbol es árbol. De la misma manera, una persona debería ser una persona. Si una persona es verdaderamente persona, viviendo feliz, sonriente, entonces todos nosotros, todo el mundo, se beneficiará de esta persona. Una persona no tiene que hacer un montón de cosas para salvar el mundo. Una persona ha de ser una persona. Esto es el fundamento de la paz.»
Tal vez sólo desde la paz así entendida sea posible volver a decir a los árboles –por utilizar las palabras de Augusto Pérez–: "tú eres tú"; o simplemente restablecer una relación de respeto con las cosas que están a nuestro cuidado. Quizá también por eso Tolkien dijo de Bárbol que, tras su determinación de asumir su responsabilidad, «Fue a grandes pasos hacia la arcada y se detuvo un tiempo bajo la llovizna del manantial. Luego se rió y se sacudió y unas gotas de agua cayeron al suelo centelleando como chispas rojas y verdes. Volvió, se tendió de nuevo en la cama y guardó silencio.»

[*]: Niebla, de Miguel de Unamuno. Cito fragmentos del cap. XIX.
[**]: Las Dos Torres, segunda parte de El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Citas del cap. IV.
[Imagen: "Fangorn Forest", de Ted Nasmith.]