miércoles, 2 de enero de 2008

Contenidos

A partir de ahora, voy a centrar los contenidos de Candelero en la reflexión y el comentario de lecturas. Por lo general, los puntos de partida seguirán siendo los mismos, probablemente: textos literarios, tradicionales, religiosos o de cualquier otra fuente, que me sirvan de apoyo para reflexionar, interpretar, sugerir. Como siempre, sin grandes pretensiones y sin demasiados límites preconcebidos.

Mi intención a la hora de comentar textos no es otra que reflexionar y expresar los sentidos que encuentro en lo que leo. Si algo de lo que escriba puede servir a otros o arrojar algo de luz, mucho mejor, pues para eso sirven las palabras. En todo caso, no sería gracias a mí sino a la propia luz; por lo mismo, pido al lector que tampoco se tome demasiado en serio lo que aquí se diga, ni para bien ni para mal, aunque eso no depende de mí. He de decir, en este sentido, que no busco defender una postura cualquiera contra otras (ni mucho menos tener la razón), sino sólo aportar lo que buenamente pueda, con una actitud de diálogo y con toda la honestidad de la que sea capaz. Es evidente que esto no siempre es posible, o no siempre tiene uno la suficiente luz como para dar con las palabras, el tono o la dirección adecuados. De cualquier forma, creo que quien escribe (y quien lee) ha de tener en cuenta que las palabras son ni más ni menos que eso: palabras. Las palabras son dedos que apuntan a la luna, pero no son la luna; si te agarras al dedo, te pierdes la luna.

domingo, 30 de diciembre de 2007

Servicio y humildad

«E el rey resçebiolos por sus vasallos e fizolos caualleros con muy grandes alegrias, segunt el vso de aquella tierra. E desque el rey ouo fechos caualleros aquellos donzeles, e les puso sus tierras grandes e en çiertos logares, estos, commo aquellos que fueron bien criados, trabajauanse del seruir bien e verdaderamente e syn regateria ninguna; ca quando veyan ellos que era mester fecho de armas, luego ante que fuesen llamados caualgaban con toda su gente e yuanse para aquel lugar do ellos entendian que mas conplia el su seruiçio al rey, e ally fazian muchas buenas cauallerias e tan señalados golpes, que todos se marauillauan e judgauanlos por muy buenos caualleros, deziendo que nunca dos caualleros tan mançebos oviera que tantas buenas cauallerias feziesen nin tan esforçadamente nin tan syn miedo se parasen a los fechos muy grandes. E quando todos venian de la hueste, algunos auian sabor de contar al rey las buenas cauallerias destos dos caualleros mançebos, e plazia al rey muy de coraçon de lo oyr, e sonrriose e dezia: "Çertas creo que estos dos caualleros mançebos querran ser omes buenos, ca buen comienço han." E por los bienes que la reyna oyo dezir dellos e por las grandes aposturas e enseñamientos que en ellos auia, querialos muy grant bien e faziales todas onrras e las ayudas que ella podia. E ellos quanto mas los onrrauan e los loauan por las sus buenas costumbres, atanto punaban de fazerlo sienpre mejor; ca los omes de buena sangre e de buen entendimiento, quanto mas dizen dellos loando las sus buenas costunmbres e los sus buenos fechos, tanto mas se esfuerçan a fazer lo mejor con vmildat; e los de vil logar e mal acostunbrados, quanto mas los loan sy algunt bien por auentura fazen, tanto mas orgullesçen con soberuia, non queriendo nin gradesçiendo a Dios la uirtud que les faze.»
Del Libro del Caballero Zifar, según la edición de Cristina González en Cátedra, Madrid, 2001.

En este pasaje, se podría decir que se ejemplifican básicamente dos conductas: el servicio y la humildad. No parece arriesgado suponer que, en una época de caballería y guerra, se tomen imágenes de ese campo de la actividad humana con una intención didáctica. En todo caso, en virtud de la riqueza de lecturas que presenta la literatura medieval, no sólo un caballero de aquella época podría aplicarse el cuento, sino también cualquier persona, y en este último caso también valdría, creo, para nosotros.

Dejando de lado, pues, los detalles del contexto guerrero y de la "buena sangre" y los "buenos fechos de armas", uno puede ver aquí, por un lado, un ejemplo de entrega total para la vida cotidiana: aquello que toca hacer me pide una entrega que no escatima nada; se trata de servir diligentemente y aun más allá de la diligencia, como dice el texto, allí donde se necesita. El rey se alegra enormemente por ello. Por lo demás, creo que no se trata tanto de esfuerzo como de apertura.

Pero la otra conducta ejemplificada no es menos importante: ser indiferente a las loas, pues la soberbia siempre supone ahí un peligro; buscar méritos no lleva por buen camino. Como concluye el pasaje, la actitud más adecuada que corresponde es la de agradecimiento, pues todo se nos da; si esto se olvida, el ego se ensoberbece.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Unanimidad

Decía San Pablo en la misa del domingo (Rm 15, 4-9):
«Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.»
Me llamó la atención ese estar de acuerdo entre todos, esa unanimidad que se pide. Alguien –sobre todo hoy, pues esto es algo que choca al individualismo– podría objetar algo así como: ¿acaso los cristianos deberían opinar todos igual, rendir sus opiniones particulares en pro de la unanimidad? Pues creo que no se trata exactamente de eso. Es decir, me parece que no se pide que los cristianos piensen igual o tengan las mismas ideas ni que se subordinen a la autoridad de una opinión particular, sino que piensen cada vez más en el otro; esto implica a veces renunciar a la defensa de lo que yo pienso que está bien y se tiene que hacer, para escuchar lo que otros, también legítimamente, tienen que decir. Así, se pide colaboración, coinspiración, dialogar para llegar a un acuerdo. Es un acuerdo, una armonía que Dios concede, una unanimidad que es para dar gloria a Dios al unísono, esto es, siendo todos uno en Cristo, siendo nosotros no desde el pequeño yo que se opone a los otros, sino desde esa apertura a un nivel profundo donde hay unidad y acuerdo, más allá de las diferencias superficiales.

La traducción de la Biblia de Jerusalén aporta un matiz algo diferente que quizá arroje algo más de luz sobre el asunto:
«Y el Dios de la paciencia y el consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, siguiendo a Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.»
Ya no parece que se hable tanto de "estar de acuerdo" en el sentido que se le da a la expresión por lo común como de sentimientos, actitud, inclinación, disposición. Aquí está más claro que se pide esa apertura al otro desde el corazón. Pablo insiste en esto mismo a continuación:
«Por tanto, acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios.»
Amarse los unos a los otros como Cristo nos amó: esto es lo propio de los cristianos, y también de cualquier ser humano que se abre a su realidad más profunda.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Alejandro bajo el mar (II)


Tras relatar la aventura submarina de Alejandro, el autor de nuestro Libro de Alexandre pasa a dar cuenta de las reflexiones que la inmersión suscitó en el rey:
Otra fazaña vió en essos pobladores:
vío que los mayores comién a los menores,
los chicos a los grandes teniénlos por señores,
maltrayén los más fuertes a todos los menores.

Dize el rey: «Sobervia es en todos lugares,
es fuerça en la tierra e dentro en los mares,
las aves esso mismo, nos catan por eguales;
Dios cofonda tal viçio que tien tantos lugares.

»Naçió entre los ángeles, fizo muchos caer,
derramó por las tierras, diole Dios grant poder,
la mesura non puede su derecho aver,
ascondió su cabeça, non osa pareçer.

»Qui más puede más faze, non de bien mas de mal;
qui más ha más quïere, muere por ganar al;
non verié de su grado ninguno su egual;
mal pecado, ninguno non es a Dios leal.

»Las aves e las bestias, los omnes los pescados,
todos son entre sí a vandos derramados;
de viçio e de superbia son todos entecados,
los flacos de los fuertes andan desafïados.»

Si como lo sabié el rëy bien asmar
quisiesse a sí mismo a derechas judgar,
bien devié un poquillo su lengua refrenar,
que tan fieras grandías non quisiesse bafar.

De su grado el rey más oviera estado,
mas a las sus criazones faziéseles pesado;
temiendo ocasión que suel venir privado,
sacáronlo bien ante del término passado.
Fueron con su señor alegres las mesnadas,
vinién todas veerlo menudas e granadas,
besávanle las manos tres o quatro vegadas,
dezién: «Agora somos, señor, resuçitadas.»
Son las estrofas 2316 a 2323, siguiendo la edición de Jesús Cañas en Cátedra.

Alejandro se percata, al observar la vida de los seres del mar, de que la ley del más fuerte funciona también entre los animales. En la imagen de la cabecera (originaria de un libro copiado en Flandes hacia 1340), podemos ver, en efecto, cómo los peces grandes se están dando un festín con los pequeños; por cierto que parecen disfrutar con ello. Los mayores se comen a los menores; los chicos a los grandes los tienen por señores; los fuertes, ay, maltraen a los débiles.

En un principio, extraña que el rey identifique esa conducta que observa en los animales con la soberbia, un vicio que se suele aplicar con exclusividad a los seres humanos. Soberbia es, según el DRAE, "altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros". Esta definición recuerda el origen del fenómeno según el relato religioso: aquello que trajo la ruina a los ángeles caídos. Es precisamente esta historia la que recuerda el rey en su reflexión, oponiendo la soberbia a la mesura. Creo que, aquí, el autor señala que ese vicio que afecta a los hombres tiene su base o su origen en una tendencia natural propia de las condiciones de la vida o la existencia en este mundo. En este sentido, la soberbia afecta a todas las criaturas. Pero existe aquí, me parece, una diferencia radical: mientras que los animales no tienen alternativa, el ser humano sí la tiene. El animal mata para alimentarse, es matado para alimentar; en él esta ley es, no sólo lo natural, sino la manifestación del amor universal en el ámbito que le toca; es un proceso armónico que sostiene la vida en el planeta. Pero el rey aborda el asunto desde su punto de vista, humano, y es lógico que se duela al comprobar que el amor, tal como fue anunciado por el Redentor, está lejos de ser practicado en todas partes. En los hombres, seres autoconscientes, la soberbia se revela como ese vicio que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza y nos impide establecer, cuando se manifiesta, una convivencia armónica basada en el respeto al otro.

Así dice Alejandro: quien más puede, más hace, no para bien sino para mal; quien más tiene, más quiere y muere por conseguir más cosas. El conquistador todavía es lo suficientemente fiel a su sabiduría para percatarse de que el deseo de poseer y dominar es un vicio que aleja de Dios y lleva a la insatisfacción permanente y la ruina. Pero, como oportunamente recuerda después el autor, bien haría el rey en atender a lo que dice y aplicarse el cuento. En efecto, la sed de Alejandro no tiene límites. Una vez conquistada la tierra y el agua, ¿qué le impedirá completar el dominio del cosmos entero? Ascenderá a las alturas (elemento aire) con la ayuda de su ingenio y unos grifos, pero Natura, persuadida de su próximo descenso a los infiernos (elemento fuego), pondrá los medios necesarios para frustrar la desmedida sed de conocer (y poder) que caracteriza al rey. Su muerte está cercana, una muerte que, parece, podemos considerar efecto de la hybris, desmesura que, como en los modelos clásicos, le conducirá inexorablemente a un merecido castigo.

Pesó al Crïador que crió la Natura,
ovo de Alexandre saña e grant rencura,
dixo: «Este lunático que non cata mesura,
yol tornaré el gozo todo en amargura.
Él sopo la sobervia de los peçes judgar,
la que en sí tenié non la sopo asmar;
omne que tantos sabe judiçios delivrar,
por qual juïcio dio, por tal deve passar.»

Estas palabras, que el autor pone en boca del Creador, confirman el destino de Alejandro: si conocer conlleva el deseo de poseer, dominar, anular el objeto del conocimiento, entonces el resultado es que uno mismo queda anulado en esa relación mal planteada. El rey se ha excedido en su sed de conocimiento y dominio, condenándose a sí mismo por ir contra la ley del amor, que es la ley de la vida. Esto parece claro, pero me da la impresión de que, si nos proponemos comprender lo mejor posible una literatura tan caleidoscópica como la medieval, no podemos concluir con un juicio tan definitivo como éste. Así, es también cierto que muchos pasajes exhalan un aroma a simbolismo que hace pensar que esconden, además del sentido aparentemente moral que da el autor a su final, otros más particulares (aunque quizá más universales en su sentido), escondidos a lo largo de la obra, los cuales se nos escapan en un artículo como este.

[La imagen ha sido tomada de Alexander in images.]
[Viene de "Alejandro bajo el mar (I)".]

domingo, 18 de noviembre de 2007

Alejandro bajo el mar (I)


Sobre las hazañas de Alejandro Magno, corrían diversas leyendas en la época medieval cuyo contenido iba de seguro más allá de lo anecdótico para entrar en lo simbólico. Una vez conquistada toda la tierra, el rey había de pretender sojuzgar el resto del cosmos: agua, aire y fuego, según la concepción tradicional. En este pasaje de nuestro Libro de Alexandre, se relata su aventura submarina con todo lujo de detalles, con varios siglos de adelanto respecto a las modernas visiones de Julio Verne.
Una fazaña suelen las gentes retraer,
–non yaze en escripto, es malo de creer–,
si es verdat o non, yo non y dé qué fer,
mager, non la quïero en olvido poner.

Dizién que por saber qué fazién los pescados,
cómo bivién los chicos entre los más granados,
fizo cuba de vidrio con muzos bien çerrados,
metióse él de dentro con dos de sus crïados.
Estos fueron catados de todos los mejores,
por tal que non oviessen dono los traïdores,
ca que él o que ellos avién aguardadores,
non farién a su guisa los malos reboltores.

Fue de buena betumne la cuba aguisada,
fue con buenas cadenas presa e encalçada,
fue con priegos bien firmes a las naves pregada,
que fondir nos podiesse e estovié colgada.

Mandó que lo dexassen quinze días durar,
las naves con tod’esto pensassen de andar;
assaz podrié en esto saber e mesurar,
e meter en escripto los secretos del mar.

La cuba fue echada en que el rey yazié,
a los unos pesava, a los otros plazié;
bien cuidavan algunos que nunca y saldrié,
mas destajado era que en mar non morrié.

Andava el buen rey en su casa çerrada,
sedié grant coraçón en angosta posada,
veyé toda la mar de pescados poblada,
non es bestia en siglo que non fues’y trobada.

Non bive en el mundo ninguna crïatura
que non crïa ela mar su semejant figura;
traen enemistades entre sí por natura,
los fuertes a los flacos danles mala ventura,

Estonçes vio el rey en aquellas andadas
cóm’echaban los unos a los otros çeladas;
dizié que ende fueran presas e sossacadas,
fueron desent’acá en el siglo usadas.

Tanto es acogían al rëy los pescados
como si los oviesse por armas sobjudgados;
vinién fasta la cuba todos cabeztornados,
tremién todos ant’él commo moços mojados.
Jurava Alexandre por el su diestro lado
que nunca fue de omnes mejor aconpañado;
de los pueblos del mar tovos por bien pagado,
contava que avié grant imperio ganado.
Se trata de las estrofas 2305 a 2315, según la edición de Jesús Cañas en Cátedra.

Obsérvese, en la imagen de la cabecera (de un manuscrito francés de Ruán, fechado en 1445), con qué encantadora fidelidad se ha representado el "submarino". En efecto, es una especie de cuba de vino transparente. Sin embargo, los criados no aparecen. En otras ilustraciones, el vehículo se representa como una esfera de cristal, como en ésta que sigue (alemana, de entre 1400 y 1410), donde además podemos ver que se ha convertido en algo que recuerda al arca de Noé, con varias especies de animales acompañando al conquistador, quizá representando al elemento terrestre, ya de su posesión; parece que se ha aprovechado también para incluir una curiosa escena de amor sobre el barco:


Como no podía ser de otra manera, los seres marinos se rinden, "cabeztornados" –qué palabra tan bonita– a la autoridad de Alejandro; no le hace falta ni luchar, tal es su poder, su fama (y ¿se podría decir, en algún sentido, que también su función?). El rey observa cómo también en el mar los fuertes dominan a los débiles, lo cual no le impide considerar que ha ganado un imperio bajo las olas. Así se adelanta una reflexión sobre la soberbia y las relaciones entre las criaturas que ocupará las siguientes estrofas (y será tema del próximo post).

Estas relecturas medievales de los temas clásicos nos parecen al mismo tiempo encantadoras y ajenas. Hay que reconocer que algo se nos escapa, so pena de no comprender más que la superficie. En este sentido, sería un error considerarlas ingenuas, pues no hemos de olvidar que el pensamiento y la sensibilidad medievales quedan lejos de nuestra forma de entender el mundo; lo que no significa en modo alguno que sean inferiores (ni superiores) a los nuestros, sino que partían de perspectivas diferentes, con un fondo metafísico entretejido en la base de la propia cultura cotidiana con el que hoy no contamos. Para los hombres del medioevo, el simbolismo primaba siempre sobre la verosimilitud o el realismo, esos conceptos tan exclusivamente modernos. El símbolo, tan oscuro con frecuencia al análisis racional, manifiesta realidades (del alma y del mundo) que se nos escapan; entraríamos aquí, me parece, en los terrenos de la cosmología y la metafísica tradicionales.

Abordando el asunto desde otro punto de vista, podríamos partir de las estructuras de la conciencia. Siguiendo los estudios sobre la fenomenología de la cultura que llevó a cabo Jean Gebser, hablaríamos de las estructuras arcaica, mágica, mítica, mental e integral. Sin entrar más en este tema, fácil de malinterpretar sin contar con más explicaciones, apuntaré sólo que las leyendas medievales no sólo estaban lejos de ser entendidas como meros cuentos en el sentido moderno (y tantas veces peyorativo), sino que estaban dotadas de pleno sentido para los hombres que las contaban y las escuchaban, precisamente por su estructura de conciencia que, dicho sea de paso, estaba menos limitada que la mental o racional a la hora de aprehender realidades globales.

[Las imágenes han sido tomadas de Alexander in images.]
[Continúa en "Alejandro bajo el mar (II)".]

viernes, 2 de noviembre de 2007

Nicky, la aprendiz de bruja

Hayao Miyazaki es uno de los artistas más fascinantes cuya obra estoy teniendo la fortuna de conocer. En sus películas hay algo que no he encontrado en ningún otro autor, algo que no sé si sabría definir; tiene que ver con ello ese amor por el detalle, por los paisajes y por cada uno de los personajes, incluso los "malos" (que no suelen resultar absolutamente tales a la postre), un amor que trasciende la simple excelencia técnica; también ese tono onírico, esas escenas que te dejan con la boca abierta por su extraña y desconcertante belleza; la sabiduría y los valores que transpiran; pero, sobre todo, creo que se trata de esa visión luminosa de la vida, de algún modo siempre llena de esperanza y de una alegría inocente, que lo aleja del tono general del arte posmoderno. Por supuesto, dentro de su filmografía hay variedad de registros.

Hernán de Esperando nacer ofrece una excelente presentación de su obra y la de Isao Takahata en la sección de su sitio dedicada al Estudio Ghibli.
Hasta ahora había disfrutado de La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro y El castillo ambulante, cada cual más fascinante. Majo no takkyubin (1989) –trasladado al inglés como Kiki’s Delivery Service y al español como Nicky, la aprendiz de bruja– es otra maravilla. Kiki (o Nicky) es una joven aprendiz de bruja que se independiza y sale al mundo (volando en una escoba) para formarse. Logra establecerse con un negocio de mensajería aérea y entra en relación con personas de distinto carácter lo que, claro, la obligará a buscar su propio lugar.

Si bien puede resultar más dulzona que otras, todo aquello que admiro en Miyazaki está presente. Como en todas, se dice mucho más de lo que se ve a primera vista, muchas veces sin palabras. Sólo aparentemente para niños (¿y qué si lo es?), posee algún diálogo de lo más sabroso, como éste:

«–Antes podía volar sin pensar siquiera en ello. Ahora intento buscar en mi interior y entender cómo lo hacía, pero no consigo averiguarlo.
–Bueno, puede ser que estés intentándolo demasiado. Tal vez deberías darte un respiro. (...) Deja de intentarlo. Da largos paseos, contempla el paisaje, duerme la siesta, no pienses en volar, y cuando menos lo esperes estarás volando de nuevo.»

O éste otro:

«–Cuando yo tenía tu edad, ya había decidido convertirme en artista. Me encantaba pintar. Pasaba el día pintando hasta que me dormía sobre el caballete. Y, de repente, por alguna razón, no pude volver a pintar. Lo intentaba, pero nada de lo que hacía me parecía bueno. (...) Sentía que había perdido mi habilidad. (...) Pero encontré la respuesta. No sabía para qué o por qué quería pintar. (...) Cuando tú vuelas, confías en tu interior, ¿verdad?
–Volamos con nuestro espíritu.
–Confiar en tu espíritu, sí. De eso es exactamente de lo que hablo. Es el mismo espíritu que me hace pintar a mí o hacer pan a tu amiga. Pero cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración, y a veces no es nada fácil.»

¿Por qué pierde Kiki sus poderes? Pierde la capacidad de volar cuando esa actividad se convierte en una rutina, en un medio para conseguir un fin: ganar dinero mediante su servicio de mensajería aérea. ¿Cuándo los recupera? Cuando da el paso de abrirse al otro y hacer lo que sabe hacer no ya para sí misma, sino por los demás; es decir, cuando cambia su disposición interior y, en su hacer, confía en el Espíritu. En definitiva, Kiki está aprendiendo a vivir. Y a aceptar las pérdidas y las limitaciones; en este sentido, hay un detalle curioso al final: el gato sigue sin hablar, lo que significa la pérdida de su comunicación especial (acaso también de la niñez), ante lo cual ella, tras un primer momento de tristeza, sonríe y acaricia. Precioso.


Un amor simple, desnudo de muchos de los velos que en Occidente le hemos ido superponiendo, impregna la obra de Miyazaki. Esto da a sus películas, en mi opinión, un valor inestimable dentro del arte contemporáneo. Pero, dejando de lado las estimaciones, lo que cuenta aquí es sentarse, dejarse querer por su paleta de colores, respirar aire fresco con sus personajes, disfrutar de los silencios y las escenas sin finalidad aparente, saborear.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Tres fadas so la mar

Apunto:

En las estrofas 100 y 101 del Libro de Alexandre se encuentra la primera aparición en la literatura castellana de la palabra fada con un significado próximo al que hoy atribuimos a la palabra hada.

Fizieron la camisa dos fadas so la mar
diéronle dos bondades por bien la acabar:
quisquier que la vistiesse nos pudies’ enbebdar,
e nunca lo podiesse luxuria retentar.
Fizo la otra fada terçera el brial;
quando lo ovo fecho, di´le muy grant señal:
quisquier que lo vistiesse fuesse siempre leal,
frío nin calentra nuncal fiziesse mal.

Tenemos, pues, que las fadas son seres extraordinarios, femeninos, que viven en el mar. Puesto que la camisa y el brial son objetos mágicos que se le dan a Alejandro en su investidura (o autoinvestidura) caballeresca, es de suponer que su función, sin ser claramente benéfica, es al menos favorable al destino del héroe, con los ecos paganos que ello implica, cualquiera que sea su lugar en el contexto cristiano de la obra. Habría que consultar las fuentes del autor.

Esta conexión con el destino parece avalada por el origen latino de la palabra. «El nombre de Fata, tomado por un singular femenino, se halla en el origen del nombre de las hadas en el folklore de los pueblos románicos», dice Pierre Grimal (1). Fata se relaciona con Fatum, dios del Destino cuyo nombre, relacionado con la raíz del verbo fari ("hablar"), designaba en su origen la "palabra" de un dios y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión divina.

En las tradiciones aragonesas, según Chema Gutiérrez Lera (2), la imagen de la fada es la de «una mujer bella, no humana, asociada a indeterminadas épocas muy antiguas, dotada de gran poder mágico, y, sobre todo, relacionada con la naturaleza y en especial, con el agua». Una concepción, pues, equivalente a la del Alexandre. Continúa el autor: «Es posible que el nombre y la creencia en las fadas constituya una reminiscencia de antiquísimas deidades o númenes femeninos».

Hay que notar, creo, que si bien las fadas parecen desentonar (al menos aparentemente) con el contexto cristiano de la obra, no así los dones que proporcionan al héroe a través de objetos mágicos: protección frente a la embriaguez, la lujuria y el frío y el calor. En esto hay que ver, seguramente, algo más que peligros físicos; todos ellos parecen indicar perturbaciones de la serenidad del alma. Fiel al espíritu medieval, el pasaje recoge materiales de tradiciones anteriores y les da un sentido cristiano y, quizá, iniciático; no hay que olvidar que estamos en plena iniciación caballeresca de Alejandro, por muy peculiar que sea dado su carácter extraordinario.

(1): Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Madrid, 1981. Voz «Fatum».
(2): Chema Gutiérrez Lera, Breve inventario de seres mitológicos, fantásticos y misteriosos de Aragón, Prames, Zaragoza, 2004. Voz «Fada».

domingo, 7 de octubre de 2007

El sentido según Franco Battiato

Ayer se publicó en la edición impresa de La Vanguardia una entrevista al artista italiano Franco Battiato, compositor, cantautor y director de cine, con motivo de la presentación de su nuevo disco, Il vuoto. Sus respuestas son breves pero, en muchos casos –y dejando de lado lo que parece una personal adhesión a la teoría de la reencarnación–, tienen algo de universal, si se puede decir. Transcribo y comento las que más me interesan en este sentido:

«Grababa éxitos de San Remo para submarcas discográficas que regalaba una revista de pasatiempos... ¿Empeño o fe?
Vivir consiste en encontrar sentido al viaje. Si crees que todo es trabajar, gastar, hacer el amor, comer y dormir, traicionas la vida. Si tienes un don, debes explorarlo.»

Explorarlo, que no explotarlo. (Hay que ver lo que cambian las cosas por una letra.) Si vivir apegado a las apariencias es traicionar la vida, ¿en qué medida se puede decir que vivimos? Para Battiato, encontrar sentido al viaje parece ir ligado, naturalmente, a la creación artística; de ahí, creo, lo del "don". Pero todos, artistas o no, tenemos una obra de arte por sacar a la luz. Como Miguel Ángel con su David. Franz Kafka lo dice así: "Ábrete. El ser humano saldrá al exterior. Respira el aire y el silencio". Para ser fiel a la vida, o a aquello de donde surge la vida, es menester viajar, explorar; para lo cual, un buen comienzo es, por insignificante que parezca, respirar el aire y el silencio.

«¿Usted ha hallado el sentido?
He encontrado percepciones de existencias superiores ante las que toda la vida terrestre es nada. Hay momentos en que una intensidad de luz o una rosa que se abre frente a ti te hacen entender el verdadero sentido de todo esto, te hacen entender lo que es dar. Son esas cosas insignificantes las que te indican que la vida real es otra cosa.»

Me parece muy bella la asimilación que, desde su experiencia, Battiato hace del "sentido de todo esto" al dar, en lo que coincide con las grandes tradiciones de sabiduría de la Humanidad. Esto prueba que, donde hay sensibilidad, la percepción de la realidad es, en el fondo, universal.

«¿Cómo y cuándo adquirió esa consciencia?
Hace veinte años me reencontré con mi maestra de la infancia y me devolvió una redacción que escribí con 9 años: "Yo, ¿quién soy?".»

Con 62 años, Battiato, como cualquier hombre, sigue haciéndose la misma pregunta que a los 9. ¿Con cuántas ilusiones evadimos esa pregunta a lo largo de la vida? Tal vez, pese a nuestro desconcierto, todo confluya hacia esa pregunta –y hacia su resolución– por caminos que escapan a nuestra comprensión.

«¿Qué ha sido lo difícil?

Comprender que el pensamiento va siempre en contra del hombre. Me refiero a esos pensamientos negativos que se repiten y se repiten en nuestra mente, que nos constriñen y nos sumergen en un estado de confusión y de duda.»

Pero tal vez, me digo, la duda no sea en el fondo algo negativo: no hay mal que por bien no venga, y Dios siempre saca de un mal un bien aún mayor. Por otro lado, reconocer que "el pensamiento va siempre en contra del hombre" supone concebir lo humano como algo muy distinto de esa imagen que tenemos de nosotros mismos. ¿Pero quién es, entonces, el hombre verdadero? ¿No le hace eso sentir a uno desorientado? Ahí hace falta fe.

«¿Qué ha buscado usted?

Siempre lo mismo: buscar. Casi siempre el buscar es mejor que el encontrar. (...)»

Y acaso no haya encontrar sino en el buscar. ¿Por qué proyectar metas más allá de la realidad presente? Como diría un budista, "la Tierra Pura no está lejos", o "Nirvana está ante nuestros ojos"; como se diría en cristiano, el Reino de Dios está cerca, tanto, que está dentro. Aquí y ahora, ya en el buscar.

«¿Usted es budista?

Estoy muy próximo, pero me gustan todas las religiones porque en todas hay algo extraordinario. Si eres un verdadero músico sabes que en esta disciplina está la posibilidad de tocar planos superiores de existencia. La música te hace entender que la materia es sólo una pequeña parte del universo.»

Como artista sensible y abierto, Battiato sabe –saborea– que hay más aparte de lo que vemos. Independientemente de las palabras con las que interpreta su percepción, muestra con ellas, me parece, esa posibilidad que el arte ofrece de asomarse al misterio y crear desde esa apertura.

A propósito de su aparente adhesión a la teoría de la reencarnación, que mencioné al principio y a la que Battiato aludía en otras respuestas que no he reproducido: Enrique Bustamante de das Mystische comentaba hace poco otra respuesta de Battiato: "Preguntarme si creo en la reencarnación es como preguntarme si creo en la vida. No es algo racional, pero lo comprendes al mirar los ojos de un niño. He visto niños viejos de dos mil años". Quizá, como sugería Enrique, la pregunta estaba mal planteada. En todo caso, y con independencia de las interpretaciones que el artista italiano haga de su percepción, ésta transmite una sensación que muchos podrían también experimentar. ¿Qué hay en esas miradas antiguas como el mundo? ¿"Qué misterio habrá", como cantaba Raphael sobre los secretos aún velados de la noche? Seguramente, para Battiato –y, por qué no, para todos según la palabra elegida–, música.

miércoles, 3 de octubre de 2007

¿Cómo no hablar del Ser?

César Vallejo escribió, el 5 de noviembre de 1937, el siguiente poema:

UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL HOMBRO...

Un hombre pasa con un pan al hombro
> ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

Parece que para Vallejo, tras presenciar el sufrimiento humano y sentirlo y asumirlo como propio, las consideraciones de índole filosófica devienen vanas, un ejercicio estéril de especulación sin alcance efectivo alguno para paliar los males del otro. La compasión le mueve, si se puede decir, a descender de la cabeza al corazón, y también de lo abstracto a lo concreto. El arte, el pensamiento, la literatura, la metafísica se tornan actividades imposibles ante la constatación de la miseria acuciante del ser humano, que a uno le interpela como con un grito, acaso el mismo al que el autor apela en el último verso.
Son los versos marcados en negrita los que más me interesan aquí, porque creo que aluden más propiamente que los demás a las preocupaciones más radicales (¿espirituales?) del ser humano, que siempre tienen que ver con una pregunta esencial: ¿quién soy yo? Me parece que esta cuestión, fundamental, tiene, contrariamente a lo que podría parecer, una relación muy estrecha con ese lamento de Vallejo ante el sufrimiento humano.

A ver si me explico: Vallejo, creo, es muy certero –es simplemente consecuente con aquello que le mueve– al centrarse en lo concreto del dolor del otro, y uno no podría hacer otra cosa ante ello que abandonar el nivel especulativo y dar pan al hambriento y agua al sediento. Pero, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, creo que la resolución del sufrimiento y la miseria de este mundo pasa por esa búsqueda profunda del Ser, por esa pregunta esencial de la que, a veces, conviene hablar.

Una referencia al budismo que me viene ahora a la mente: la primera Noble Verdad que anunció el Buda es: «el sufrimiento existe». Algo muy concreto, que a él mismo le indujo a andar el camino que le llevó a la resolución del problema del sufrimiento.

Y, en el Evangelio de Juan (4, 13-14), dice Jesús a propósito de la sed (identificable, quizá, con el deseo que, para el Buda, constituye la causa del sufrimiento):

«Todo el que beba de esta agua,
volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua
que brota para vida eterna.»

Ante la constatación del sufrimiento del prójimo, ¿cómo hablar del Ser? De acuerdo. Pero además: ¿cómo no realizar el Ser?

lunes, 20 de agosto de 2007

El Destino de los Hombres

«Y decían entre sí: –¿Por qué los Señores del Occidente disfrutan de una paz imperecedera, mientras que nosotros tenemos que morir e ir a no sabemos dónde, abandonando nuestros hogares y todo cuanto hemos hecho? Y los Eldar no mueren, aun los que se rebelaron contra los Señores. Y puesto que hemos dominado todos los mares, y no hay aguas demasiado salvajes o extensas para nuestras naves, ¿por qué no podemos ir a Avallónë y saludar allí a nuestros amigos?

Y había otros que decían: –¿Por qué no podemos ir a Aman y gustar allí siquiera un día la beatitud de los Poderes? ¿Acaso no somos importantes entre los pueblos de Arda?

Los Eldar transmitieron estas palabras a los Valar, y Manwë se entristeció, pues veía que una nube se cernía ahora sobre el mediodía de Númenor. Y envió mensajeros a los Dúnedain, que hablaron severamente con el rey, y a todos cuantos estaban dispuestos a escucharlos, acerca del destino y los modos del mundo.

–El Destino del Mundo –dijeron– sólo uno puede cambiarlo, el que lo hizo. Y si navegarais de tal manera que burlando todos los engaños y las trampas llegaseis en verdad a Aman, el Reino Bendecido, de escaso provecho os sería. Porque no es la tierra de Manwë lo que hace inmortal a la gente sino que la Inmortalidad que allí habita ha santificado la tierra; y allí os marchitaríais y os fatigaríais más pronto, como las polillas en una luz demasiado fuerte y constante.

Pero el rey le preguntó: –¿Y no vive acaso Eärendil, mi antepasado? ¿O no está en la Tierra de Aman?

A lo cual ellos respondieron: –Sabéis que tiene un destino aparte, y fue adjudicado a los Primeros Nacidos, que no mueren; pero también se ha ordenado que nunca pueda volver a las tierras mortales. Mientras que vos y vuestro pueblo no sois de los Primeros Nacidos, sino Hombres mortales, como os hizo Ilúvatar. Parece sin embargo que deseáis los bienes de ambos linajes, navegar a Valinor cuando se os antoje y volver a vuestras casas cuando os plazca. Eso no puede ser. Ni pueden los Valar quitar los dones de Ilúvatar. Los Eldar, decís, no son castigados, y ni siquiera los que se rebelaron mueren. Pero eso no es para ellos recompensa ni castigo, sino el cumplimiento de lo que son. No pueden escapar, y están sujetos a este mundo para no abandonarlo jamás mientras dure, pues tienen su propia vida. Y vosotros sois castigados por la rebelión de los Hombres, decís, en la que poco participasteis. Pero en un principio no se pensó que eso fuera un castigo. De modo que vosotros escapáis y abandonáis el mundo y no estáis sujetos a él, con esperanza o con fatiga. ¿Quién por lo tanto tiene que envidiar a quién?

Y los Númenóreanos respondieron: –¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar o aun al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla.

Entonces los mensajeros dijeron: –En verdad los Valar no conocen qué ha decidido Ilúvatar sobre vosotros, y él no ha revelado todas las cosas que están por venir. Pero esto sabemos de cierto: que vuestro hogar no está aquí, ni en la Tierra de Aman, ni en ningún otro sitio dentro de los Círculos del Mundo. Y el Destino de los Hombres, que han de abandonar el Mundo, fue en un principio un don de Ilúvatar. Se les convirtió en sufrimiento sólo porque los cubrió la sombra de Morgoth y les pareció que estaban rodeados por una gran oscuridad; de la que tuvieron miedo; y algunos se volvieron obstinados y orgullosos, y no estaban dispuestos a ceder, hasta que les arrancasen la vida. Nosotros, que soportamos la carga siempre creciente de los años, no lo comprendemos claramente; pero si ese dolor ha vuelto a perturbaros, como decís, tememos que la Sombra se levante una vez más y crezca de nuevo en vuestros corazones. Por tanto, aunque seáis los Dúnedain, los más hermosos de los Hombres, que escapasteis de la Sombra de antaño y luchasteis valientemente contra ella, os decimos: ¡Cuidado! No es posible oponerse a la voluntad de Eru; y los Valar os ordenan severamente mantener la confianza en aquello a que estáis llamados, no sea que pronto se convierta otra vez en una atadura y os sintáis constreñidos. Tened más bien esperanzas de que el menor de vuestros deseos dará su fruto. Ilúvatar puso en vuestros corazones el amor de Arda, y él no siembra sin propósito. No obstante, muchas edades de Hombres no nacidos pueden transcurrir antes de que ese propósito sea dado a conocer; y a vosotros os será revelado y no a los Valar.»


En: "Akallabêth. La caída de Númenor". J. R. R. Tolkien, El Silmarillion.