viernes 14 de marzo de 2008

Juzgar el provecho

Decimos con demasiada facilidad aquello de "he sacado provecho de este libro" o "no he sacado ningún provecho de este libro", o "este libro no me ha aportado nada". Me pregunto quién es uno mismo para juzgar el provecho que ha obtenido de un libro cualquiera –o de una situación vital cualquiera–, y tengo la impresión de que hay ahí una especie de orgullo más o menos inconsciente. Así, uno se cree con el poder para determinar lo que le beneficia; y ¿para quién es ese beneficio? ¿y quién es el que juzga el beneficio? Siempre para mí, claro, siempre yo; siempre el ego, el que pone límites, ideas, etiquetas y velos a una realidad libre de todo juicio.

Aquello de "no juzguéis, para que no seáis juzgados" (Mt 7, 1) es, creo, aplicable en cierto modo aquí. En la medida en que uno juzga las cosas, resulta él mismo juzgado, limitado, condenado a comprender sólo lo que ve o quiere ver.

El provecho intelectual (en el sentido de adquisición de conocimientos o comprensión racional) o el disfrute estético, obtenidos por la lectura de un libro, son seguramente más fáciles de ver y juzgar, o el margen de error es menor. Pero ¿cómo determinar aquello que queda fuera de nuestra conciencia ordinaria? Pienso, por ejemplo, en la acción, comprensión o influencia efectivas pero no necesariamente conscientes que puede reportar leer el Evangelio o cualquier texto sagrado en tanto que Palabra revelada o inspirada. Pero creo que no sólo en ese caso, sino en cualquier lectura –y, de nuevo, en cualquier situación vital– conviene ser cauteloso y no juzgar con demasiada facilidad el provecho obtenido; o no tomar los propios juicios demasiado en serio, lo que implica, claro, no tomarse a uno mismo demasiado en serio.

Quizá, en este tema, se le plantea a uno, en definitiva, una elección: confiar en las propias fuerzas y las propias ideas o, por el contrario, cultivar la humildad. Amontonar tesoros en la tierra o amontonar tesoros en el cielo.