viernes 16 de octubre de 2009

Conexiones

Pilato preguntó a Jesús: «¿Qué es la verdad?»; pero Jesús no respondió [Juan 18, 38]. ¿O sí respondió?

* * *

«Un monje le preguntó a Shigui:
–¿Cuál es el primer principio?
–Lo que acabas de preguntar es el segundo principio –contestó Shigui.»

(De la tradición Zen china.)

* * *

«El Tao que se puede decir no es el verdadero Tao.»

(Del Tao Te Ching.)

viernes 2 de octubre de 2009

La filosofía de las montañas

«–Sin duda –dijo–, las grandes montañas del mundo serían un buen remedio contra el descontento y la ambición de nuestros tiempos, si los hombres lo conocieran. En estos montes está la fuente de la sabiduría. Están arraigados profundamente en el tiempo. Conocen las costumbres del sol y del viento, los pies ardientes del rayo, el hielo que rompe, la lluvia que cubre con su manto, la nieve que rodea su desnudez con una sábana más suave que si fuera de linón fino; y si bien su gran filosofía no se pregunta si es una sábana nupcial o una mortaja, ¿acaso no se justifica su calma despreocupada a cada año que transcurre, y no es un ejemplo que deberá hacernos olvidar y reírnos de nuestros cuidados?, a nosotros, niños del polvo, niños de un día, que nos cargamos con tantas cargas y cuidados, con miedos, deseos y maquinaciones tortuosas de la mente, de modo que nos hacemos viejos antes de tiempo y nos cansamos antes de que se cumpla el breve día y nos coseche la guadaña como premio de nuestras fatigas.»


Habla el señor Gro, en el capítulo XXV de La Serpiente Uróboros, novela fantástica de E. R. Eddison publicada en 1922.

Las montañas son un ejemplo para nosotros, tal como lo son los árboles.

Esta novela la empecé y la dejé aparcada hace tres años. Si entonces el inicio me resultó poco interesante y algo cargante –problema de las expectativas, supongo–, en esta ocasión sin embargo ha fluido desde el principio, ganando interés y emoción a cada capítulo. Dicen que es fantasía épica o heroica, si bien no tiene mucho que ver ni con Tolkien ni con Howard. Yo creo que es más una recreación de los poemas épicos clásicos y los libros de caballerías, con mucho de ejercicio estilístico y un encantador tono arcaico que recorre la obra con gusto. Hay algo de fantasía moderna pero también algo de aquellos símbolos y alegorías medievales, y discursos tradicionales y aun filosofía, todo en una medida adecuada para no resultar anacrónico. Delicioso me pareció su tono poético, y la belleza descriptiva, prácticamente prerrafaelita: ese detallismo y morosa complacencia a la hora de describir casas, ornamentos, jardines, parajes naturales y la notable ascensión de la montaña. Y la música...

jueves 27 de agosto de 2009

Dejarlo todo por la verdad

Comento unos fragmentos entresacados de Echar raíces (1943), texto de Simone Weil.

«Dios se da al hombre gratuitamente y por añadidura, pero el hombre no debe desear recibirle. Debe entregarse totalmente, incondicionalmente, y por el motivo único de que tras haber errado de ilusión en ilusión en la búsqueda ininterrumpida del bien, está seguro de haber discernido la verdad volviéndose hacia Dios.»


Dice ilusión donde podría haber dicho pecado. El pecado no es más que caer en la ilusión. Simplemente, pecar es "no acertar con el sentido de la existencia humana", como explica Eckhart Tolle. Se prepara otra flecha y se tira de nuevo al blanco.

Más:

«Hay que desearle primero como verdad, y sólo a continuación como alimento.»


De acuerdo con Weil, se trata de volverse hacia la verdad, no de desear la solución a nuestros problemas como una necesidad. Esto me recuerda a una cosa que leí a Guénon, algo que podríamos traducir a un lenguaje actual así: al buscador espiritual honesto no le interesan los consuelos, sino la verdad.

Weil y Guénon parecen ponerlo difícil, pero creo que tienen razón en esto. No obstante, por otro lado casi todo el mundo tiene, desde cierto punto de vista y al menos temporalmente, un ego que busca consuelos. Lo uno no quita lo otro. Dejemos al Espíritu hacer su faena. Lo fundamental, en lo que dicen los dos autores, me parece que es la actitud, la disposición que ha de haber en el buscador espiritual honesto: la aspiración a la verdad, a pesar de que desde cierto punto de vista aún haya uno que se ilusiona y busca consuelos, en mayor o menor medida.

En esta línea, Simone Weil llega a decir algo, en el mismo texto, que puede parecerle fuerte a alguien religioso, pero que, pienso, es totalmente certero:

«Pues para que el sentimiento religioso proceda del espíritu de verdad hay que estar totalmente dispuesto a abandonar la propia religión, aunque se perdiera por ello toda razón de vivir, en el caso de que fuera algo distinto de la verdad.»


Esto no significa que haya que abandonar la propia religión, sino justamente lo que dice: que hay que estar totalmente dispuesto a abandonarla si fuera algo distinto de la verdad; porque sólo interesa la verdad. Se trata de abandonar el apego, que también toca a la religión como sistema con el que uno se puede identificar, perdiendo de vista la búsqueda de la verdad.

Eso implica también, creo, que hay que estar dispuesto a considerar la religión del otro como legítima en sí, y no como un error. Cuando yo estoy en lo cierto y los demás están equivocados, es que he perdido de vista la verdad.

Cristo lo dice bien claro, creo, cuando invita a dejarlo todo para seguirle.

viernes 22 de mayo de 2009

La gran riqueza de dar

«¡Darme, darte, darnos, darse!
No cerrar nunca las manos.
No se agotarán las dichas,
ni los besos, ni los años,
si no las cierras. ¿No sientes
la gran riqueza de dar?
La vida
nos la ganaremos siempre,
entregándome, entregándote.»


Pedro Salinas, Razón de amor, vv. 1922-1930.

sábado 21 de marzo de 2009

Propongo

No vivamos la vida como lucha, sino como juego.

viernes 20 de marzo de 2009

Recomendaciones

• Leer este artículo: "Positivar la crisis", de Jordi Pigem, en La Vanguardia. Creo que es lo más lúcido y profundo que he leído sobre la crisis económica y lo que hay detrás: según el autor, una crisis de percepción.

• Ver esta película: Cerezos en flor, de Doris Dorrië, a ser posible en el cine, antes de que desaparezca de las carteleras. Preciosa, sensible e inteligente.

• Leer este libro: Un nuevo mundo, ahora, de Eckhart Tolle. Con un lenguaje actual y asequible para todo el mundo –y en sintonía con la sabiduría tradicional–, desenmascara de manera efectiva las estructuras y el funcionamiento del ego humano. Hay (y circula por la red) una conferencia que el autor dio en Barcelona, también recomendable, a raíz de El poder del ahora, su anterior libro; se puede ver una buena muestra en Youtube.

lunes 16 de marzo de 2009

Dos cosas

1) "Todo tiene un propósito noble". Lo decía en un post anterior. Si admitimos por un momento esas cinco palabras combinadas como soporte provisional para la reflexión, uno se puede preguntar: si es así, ¿dónde está el propósito noble de las armas, de la violencia, de las guerras? Bien, seguramente un renacentista justificaría: "que pues avía de aver malos, buenas fueron [las armas] para defendernos dellos" (Fernán Pérez de Oliva, Diálogo de la dignidad del hombre). Uno, hoy, podría inclinarse a contestar: el propósito noble (el destino) de las armas es dejar de usarse, oxidarse; el propósito (el destino) de las guerras y la violencia es acabar; el de los campos de batalla, florecer. Y diría que eso está bien encaminado. Por otro lado, todo esto no es más que un juego de palabras: ¿qué sé yo cuál es el propósito de las cosas? Pero, por seguir con el juego, me parece que sí se puede hablar de un propósito noble del sufrimiento. O, en otras palabras, las líneas argumentales del sueño son múltiples, se nos escapan; pero el auténtico propósito de todo esto es el despertar.

2) Oído el otro día en el autobús, en voz alta y clara y predicadora, inesperadamente, sorprendiendo a la gente: "Jesucristo dice: Fuera de mí, no hay ningún dios que salve". Sin entrar, por supuesto, en las buenas intenciones de esa persona, reflexiono. ¿Qué significa esa frase? Si la entiendo en su sentido profundo, parece perfectamente verídica: fuera de la única realidad, fuera del único viviente (que podemos llamar Cristo, pero también con otras palabras, y ninguna le hará nunca justicia), no hay ni puede haber otra cosa; la salvación viene de ahí, de esa instancia, y sólo de ahí. Bien. Pero ¿qué entiende quien dice la frase? Es importante, sobre todo, para él. Porque uno también puede entender lo que quiera entender, por ejemplo: "Nuestro dios es el único dios que salva", lo que equivale a decir: "nuestra religión es la única verdadera; por tanto, los demás están equivocados". Parece peligroso: ¿quién habla ahí? Aquí, no desentonaría quizás aquello que decía Hernán de Esperando nacer el otro día: "Todos nuestros planes merecen frustrarse", es decir –interpreto–: mientras sean los planes interesados de un ego (individual o colectivo), en lugar de un abandono en alas del viento que sopla donde quiere. En cualquier caso, no hay que subestimar el efecto que determinadas frases, caladas o no por quien las dice, pueden tener en la persona que escucha.

miércoles 11 de marzo de 2009

¡Cuida bien de este día!

Este breve texto abre el Diario de un poeta reciencasado de Juan Ramón Jiménez:

SALUDO DEL ALBA

¡Cuida bien de este día! Este día es la vida, la esencia misma de la vida. En su leve trascurso se encierran todas las realidades y todas las variedades de tu existencia: el goce de crecer, la gloria de la acción y el esplendor de la hermosura.

El día de ayer no es sino un sueño y el de mañana es sólo una visión. Pero un hoy bien empleado hace de cada ayer un sueño de felicidad y de cada mañana una visión de esperanza. ¡Cuida bien, pues, de este día!

(Del sánscrito.)


Me dicen que nadie sabe si el texto es de Juan Ramón o de otra fuente, por lo que supongo que podemos interpretar la referencia al sánscrito como una señal que apunta vagamente al saber hindú o budista, a alguna lectura que el poeta habría hecho suya, devolviéndola al mundo en su bella prosa.

Empezaba a haber curiosidad por la sabiduría oriental desde los años 50 del siglo XIX. Eran los años de las malinterpretaciones de los primeros orientalistas y los teosofistas. Cierto modernismo estuvo vinculado al mundo del teosofismo*. Por otro lado, Juan Ramón había traducido a Tagore, y tuvo en Nueva York un encuentro con Ananda K. Coomaraswamy, como vimos (aunque no me consta que fuera algo más que un encuentro casual). En cualquier caso, es claro que tenía un interés más o menos profundo por lo oriental, como era natural en un intelectual de su tiempo, y seguramente en función de eso hay que ver el "Saludo del alba".

Lo cierto es que el texto me suena tradicional y modernista a la vez, y puedo conectar con él desde las dos perspectivas, una más espiritual y la otra más vitalista, por decirlo de algún modo; seguramente, es una distinción vana. Tiene algo de la luz de la sabiduría tradicional, y algo del color del modernismo, todo mezclado. Verdaderamente, el consejo de Juan Ramón es un buen consejo. Cada día es la vida entera. Despertar cada mañana es como nacer a un nuevo día, y dormir es como un morir y un adentrarse en la tiniebla de lo ignoto. Está ahí de algún modo también el carpe diem latino, pues en el fondo la espiritualidad se trata de lo mismo en todas partes: vive el momento presente, aprovecha el día, vive cada instante con plenitud, abierto, despierto a la belleza que hay en todo. El pasado y el futuro no existen sino en la mente, pero vivir en el presente –viene a decir quizá más con un sentido poético Juan Ramón– ilumina pasado y futuro. El poeta lo dice con una palabra tierna, amorosa: cuidar. Cuidar de este día es cuidar de nosotros y de todo; es vivir con respeto ante todo. ¡Cuidemos bien de este día! Porque es, de hecho, el único día que hay.

[*]: Unas palabras sobre el teosofismo. René Guénon analizó, denunció, desenmascaró este movimiento pseudorreligioso nacido en el siglo XIX en El teosofismo: historia de una pseudorreligión. La valoración de Guénon es claramente negativa: señala, entre otras cosas, que los teosofistas hicieron una lectura de las doctrinas orientales falsa, desnaturalizada, distorsionada. El análisis de Guénon parece lúcido, profundo y minucioso, ceñido a una lectura rigurosa de los textos tradicionales. Sin embargo, creo que no es conveniente quedarse en una lectura exclusivamente negativa de los acontecimientos. El propio Guénon reconocía que no todo era fraude, que algunos teosofistas habían tenido una intención honesta, y eso, me parece, es un dato importante: la intención tiene quizás una importancia acaso más grande de lo que solemos juzgar. En todo caso, el Espíritu sabe muy bien lo que hace, y nuestros juicios no son más que eso: juicios humanos y contingentes. La venida de Oriente a Occidente es un hecho importantísimo, trascendental. De que el teosofismo fue, en parte, un intento de ese acercamiento, creo que no hay duda. Que fue un intento precario, torpe y poco serio, probablemente contaminado desde el principio por la malinterpretación de ideas tradicionales e incluso por el fraude, parece claro. Pero nada es blanco ni negro y todo tiene su lugar. Por ejemplo: posiblemente y en parte debido a aquello, el propio René Guénon y Ananda K. Coomaraswamy, entre otros, comenzaron un trabajo de estudio y difusión de las doctrinas tradicionales desde una perspectiva más seria. Y sin duda en aquella confusión de nuevos espiritualismos había ideas interesantes y, desde luego, legítimas en sí. En fin, el entramado de las cosas, las relaciones entre los acontecimientos, se nos escapan. El Espíritu sabe muy bien, sin duda, las vueltas que tiene que dar la historia, y la función de cada cosa en el todo.

miércoles 4 de marzo de 2009

Puntuar

Últimamente, en internet, todo se puede puntuar. Discos, libros, artículos, noticias, opiniones... Todo se somete a la puntuación democrática del público, que para eso somos ciudadanos, inteligentes, y libres, para puntuar las cosas del 1 al 10... Es una de las mejoras sociales de la red, como el etiquetado, el exhibicionismo del ego o las listas de cosas favoritas.

(Nada hay malo en sí, por otra parte, y a todo se le puede dar un giro creativo, pues todo tiene un propósito noble, que espera oculto a que alguien lo desvele... me parece.)

Hay algo en nosotros que se siente muy a gusto puntuando. Qué placer siente eso cuando su valoración de la realidad queda inmortalizada (o eso le parece) en el cambiante juego de luces de la pantalla, eso tan efímero. Es la vieja manzana del árbol, el "me gusta" y el "no me gusta" del niño, con ínfulas intelectuales a veces. Eso que en nosotros disfruta etiquetando, fotografiando, separándonos de las cosas, poniéndonos las cadenas, eso ha encontrado en internet un espacio de proyección de ensueño (por su aparente falta de límites materiales). Como el pez en su red.

(Actualización: No hagamos concesiones a la negatividad. Hay que señalar que el asunto del puntuar, pese a conllevar un importante componente de ilusión y falsedad, puede tener su utilidad en ciertos contextos, para orientarse por la opinión de una mayoría en determinada búsqueda concreta en una bibliografía o una discografía, por ejemplo. Es cierto que las estadísticas son una construcción mental, artificial, pero pueden resultar útiles en función de algo. Y, además, en mano de cada uno está el uso que hace de las cosas. Lo importante, como siempre, es, me parece, no perder de vista que el mapa no es el territorio.)

miércoles 25 de febrero de 2009

Juan Ramón y el Dr. Coomaraswamy

Una curiosidad. El domingo leía un artículo de Ananda K. Coomaraswamy sobre la psicología tradicional india y el lunes me lo encontré donde no hubiera imaginado encontrarlo: en un libro de poesía de Juan Ramón Jiménez. Aparece, sí, en Diario de un poeta reciencasado (1916). El poeta español lo conoció en Nueva York. Poema «National Arts Club» de la sexta parte. Transcribo datos de varias fuentes, de una nota a pie de página de la edición que uso: «El orientalismo de Juan Ramón y su interés en Tagore les llevaron a asistir a un concierto dado por la cantante india Ratán Deví el 13 de abril en el Princess Theater. La mujer [...] se sentaba en el suelo entre flores de la Pascua y cantaba canciones de su pueblo que su marido, el Dr. Coomaraswamy, explicaba al público. Los Jiménez asistieron a un banquete en honor de la pareja india en el National Arts Club [...] Coomaraswamy nos enseñó la tambora. Estamos contentos»[1].

Aparece, además, en otro texto excluido del Diario. Dice cosas bonitas –poéticas– de Ratan Devi y su cantar, y cuenta la siguiente anécdota:

«Al salir voy a saludar a Ratan Devi y a su Dr., que toman helados con Agripina, la Abuela de las Ninfas [...] Y le ruego que me diga dónde puedo hallar las canciones persas e indias que acaba de cantar. Entonces me ofrece la última línea del programa, que dice: "The numbers following title song indicate the location of song in Book of Words". Y se va del brazo de la mujer de Rubens [...] Y el indio compañero de Francis Thompson, las manos entre las piernas, se reía, doblado, como un niño.»[2]


No se me ocurre por qué llama a A. K. Coomaraswamy «compañero de Francis Thompson» pero, según nota del editor, este poeta inglés (1859-1907) describe, en su principal obra, The Hound of Heaven, «la búsqueda de Dios por el hombre»[3], búsqueda que no resulta por cierto ajena al autor indio, aunque el campo de escritura de éste no fuera la poesía sino los estudios tradicionales. (Descubro por la Wikipedia, un poco sorprendido de tanta coincidencia de nombres cercanos, que este poeta fue reconocido como una importante influencia literaria por... Tolkien.) Pero lo que más me llama la atención es la imagen que da Juan Ramón del indio que, «las manos entre las piernas, se reía, doblado, como un niño». No es algo que uno esperaría normalmente de un hombre de su erudición; aunque ya sabemos, claro, que aquel indio no era exactamente (o no sólo) un erudito. Parece una persona agradable, el Dr. Coomaraswamy, en el breve retrato –fugaz pero brillante– de Juan Ramón.

Ha sido un poco como un cruce entre dos mundos familiares, o como ver de pronto una fotografía viejísima de un conocido con el que charlas de vez en cuando.

[1]: Juan Ramón Jiménez, Diario de un poeta reciencasado (1916) (ed. de Michael P. Predmore), Cátedra, Madrid, 2001, p. 279, nota 239.
[2]: Íbid., p. 344.
[3]: Íbid., p. 155, nota 35.