domingo, 30 de diciembre de 2007

Servicio y humildad

«E el rey resçebiolos por sus vasallos e fizolos caualleros con muy grandes alegrias, segunt el vso de aquella tierra. E desque el rey ouo fechos caualleros aquellos donzeles, e les puso sus tierras grandes e en çiertos logares, estos, commo aquellos que fueron bien criados, trabajauanse del seruir bien e verdaderamente e syn regateria ninguna; ca quando veyan ellos que era mester fecho de armas, luego ante que fuesen llamados caualgaban con toda su gente e yuanse para aquel lugar do ellos entendian que mas conplia el su seruiçio al rey, e ally fazian muchas buenas cauallerias e tan señalados golpes, que todos se marauillauan e judgauanlos por muy buenos caualleros, deziendo que nunca dos caualleros tan mançebos oviera que tantas buenas cauallerias feziesen nin tan esforçadamente nin tan syn miedo se parasen a los fechos muy grandes. E quando todos venian de la hueste, algunos auian sabor de contar al rey las buenas cauallerias destos dos caualleros mançebos, e plazia al rey muy de coraçon de lo oyr, e sonrriose e dezia: "Çertas creo que estos dos caualleros mançebos querran ser omes buenos, ca buen comienço han." E por los bienes que la reyna oyo dezir dellos e por las grandes aposturas e enseñamientos que en ellos auia, querialos muy grant bien e faziales todas onrras e las ayudas que ella podia. E ellos quanto mas los onrrauan e los loauan por las sus buenas costumbres, atanto punaban de fazerlo sienpre mejor; ca los omes de buena sangre e de buen entendimiento, quanto mas dizen dellos loando las sus buenas costunmbres e los sus buenos fechos, tanto mas se esfuerçan a fazer lo mejor con vmildat; e los de vil logar e mal acostunbrados, quanto mas los loan sy algunt bien por auentura fazen, tanto mas orgullesçen con soberuia, non queriendo nin gradesçiendo a Dios la uirtud que les faze.»
Del Libro del Caballero Zifar, según la edición de Cristina González en Cátedra, Madrid, 2001.

En este pasaje, se podría decir que se ejemplifican básicamente dos conductas: el servicio y la humildad. No parece arriesgado suponer que, en una época de caballería y guerra, se tomen imágenes de ese campo de la actividad humana con una intención didáctica. En todo caso, en virtud de la riqueza de lecturas que presenta la literatura medieval, no sólo un caballero de aquella época podría aplicarse el cuento, sino también cualquier persona, y en este último caso también valdría, creo, para nosotros.

Dejando de lado, pues, los detalles del contexto guerrero y de la "buena sangre" y los "buenos fechos de armas", uno puede ver aquí, por un lado, un ejemplo de entrega total para la vida cotidiana: aquello que toca hacer me pide una entrega que no escatima nada; se trata de servir diligentemente y aun más allá de la diligencia, como dice el texto, allí donde se necesita. El rey se alegra enormemente por ello. Por lo demás, creo que no se trata tanto de esfuerzo como de apertura.

Pero la otra conducta ejemplificada no es menos importante: ser indiferente a las loas, pues la soberbia siempre supone ahí un peligro; buscar méritos no lleva por buen camino. Como concluye el pasaje, la actitud más adecuada que corresponde es la de agradecimiento, pues todo se nos da; si esto se olvida, el ego se ensoberbece.

viernes, 14 de diciembre de 2007

Unanimidad

Decía San Pablo en la misa del domingo (Rm 15, 4-9):
«Que Dios, fuente de toda paciencia y consuelo, os conceda estar de acuerdo entre vosotros, como es propio de cristianos, para que unánimes, a una voz, alabéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.»
Me llamó la atención ese estar de acuerdo entre todos, esa unanimidad que se pide. Alguien –sobre todo hoy, pues esto es algo que choca al individualismo– podría objetar algo así como: ¿acaso los cristianos deberían opinar todos igual, rendir sus opiniones particulares en pro de la unanimidad? Pues creo que no se trata exactamente de eso. Es decir, me parece que no se pide que los cristianos piensen igual o tengan las mismas ideas ni que se subordinen a la autoridad de una opinión particular, sino que piensen cada vez más en el otro; esto implica a veces renunciar a la defensa de lo que yo pienso que está bien y se tiene que hacer, para escuchar lo que otros, también legítimamente, tienen que decir. Así, se pide colaboración, coinspiración, dialogar para llegar a un acuerdo. Es un acuerdo, una armonía que Dios concede, una unanimidad que es para dar gloria a Dios al unísono, esto es, siendo todos uno en Cristo, siendo nosotros no desde el pequeño yo que se opone a los otros, sino desde esa apertura a un nivel profundo donde hay unidad y acuerdo, más allá de las diferencias superficiales.

La traducción de la Biblia de Jerusalén aporta un matiz algo diferente que quizá arroje algo más de luz sobre el asunto:
«Y el Dios de la paciencia y el consuelo os conceda tener los unos para con los otros los mismos sentimientos, siguiendo a Cristo Jesús, para que unánimes, a una voz, glorifiquéis al Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo.»
Ya no parece que se hable tanto de "estar de acuerdo" en el sentido que se le da a la expresión por lo común como de sentimientos, actitud, inclinación, disposición. Aquí está más claro que se pide esa apertura al otro desde el corazón. Pablo insiste en esto mismo a continuación:
«Por tanto, acogeos mutuamente como os acogió Cristo para gloria de Dios.»
Amarse los unos a los otros como Cristo nos amó: esto es lo propio de los cristianos, y también de cualquier ser humano que se abre a su realidad más profunda.

jueves, 22 de noviembre de 2007

Alejandro bajo el mar (II)


Tras relatar la aventura submarina de Alejandro, el autor de nuestro Libro de Alexandre pasa a dar cuenta de las reflexiones que la inmersión suscitó en el rey:
Otra fazaña vió en essos pobladores:
vío que los mayores comién a los menores,
los chicos a los grandes teniénlos por señores,
maltrayén los más fuertes a todos los menores.

Dize el rey: «Sobervia es en todos lugares,
es fuerça en la tierra e dentro en los mares,
las aves esso mismo, nos catan por eguales;
Dios cofonda tal viçio que tien tantos lugares.

»Naçió entre los ángeles, fizo muchos caer,
derramó por las tierras, diole Dios grant poder,
la mesura non puede su derecho aver,
ascondió su cabeça, non osa pareçer.

»Qui más puede más faze, non de bien mas de mal;
qui más ha más quïere, muere por ganar al;
non verié de su grado ninguno su egual;
mal pecado, ninguno non es a Dios leal.

»Las aves e las bestias, los omnes los pescados,
todos son entre sí a vandos derramados;
de viçio e de superbia son todos entecados,
los flacos de los fuertes andan desafïados.»

Si como lo sabié el rëy bien asmar
quisiesse a sí mismo a derechas judgar,
bien devié un poquillo su lengua refrenar,
que tan fieras grandías non quisiesse bafar.

De su grado el rey más oviera estado,
mas a las sus criazones faziéseles pesado;
temiendo ocasión que suel venir privado,
sacáronlo bien ante del término passado.
Fueron con su señor alegres las mesnadas,
vinién todas veerlo menudas e granadas,
besávanle las manos tres o quatro vegadas,
dezién: «Agora somos, señor, resuçitadas.»
Son las estrofas 2316 a 2323, siguiendo la edición de Jesús Cañas en Cátedra.

Alejandro se percata, al observar la vida de los seres del mar, de que la ley del más fuerte funciona también entre los animales. En la imagen de la cabecera (originaria de un libro copiado en Flandes hacia 1340), podemos ver, en efecto, cómo los peces grandes se están dando un festín con los pequeños; por cierto que parecen disfrutar con ello. Los mayores se comen a los menores; los chicos a los grandes los tienen por señores; los fuertes, ay, maltraen a los débiles.

En un principio, extraña que el rey identifique esa conducta que observa en los animales con la soberbia, un vicio que se suele aplicar con exclusividad a los seres humanos. Soberbia es, según el DRAE, "altivez y apetito desordenado de ser preferido a otros". Esta definición recuerda el origen del fenómeno según el relato religioso: aquello que trajo la ruina a los ángeles caídos. Es precisamente esta historia la que recuerda el rey en su reflexión, oponiendo la soberbia a la mesura. Creo que, aquí, el autor señala que ese vicio que afecta a los hombres tiene su base o su origen en una tendencia natural propia de las condiciones de la vida o la existencia en este mundo. En este sentido, la soberbia afecta a todas las criaturas. Pero existe aquí, me parece, una diferencia radical: mientras que los animales no tienen alternativa, el ser humano sí la tiene. El animal mata para alimentarse, es matado para alimentar; en él esta ley es, no sólo lo natural, sino la manifestación del amor universal en el ámbito que le toca; es un proceso armónico que sostiene la vida en el planeta. Pero el rey aborda el asunto desde su punto de vista, humano, y es lógico que se duela al comprobar que el amor, tal como fue anunciado por el Redentor, está lejos de ser practicado en todas partes. En los hombres, seres autoconscientes, la soberbia se revela como ese vicio que nos aleja de nuestra verdadera naturaleza y nos impide establecer, cuando se manifiesta, una convivencia armónica basada en el respeto al otro.

Así dice Alejandro: quien más puede, más hace, no para bien sino para mal; quien más tiene, más quiere y muere por conseguir más cosas. El conquistador todavía es lo suficientemente fiel a su sabiduría para percatarse de que el deseo de poseer y dominar es un vicio que aleja de Dios y lleva a la insatisfacción permanente y la ruina. Pero, como oportunamente recuerda después el autor, bien haría el rey en atender a lo que dice y aplicarse el cuento. En efecto, la sed de Alejandro no tiene límites. Una vez conquistada la tierra y el agua, ¿qué le impedirá completar el dominio del cosmos entero? Ascenderá a las alturas (elemento aire) con la ayuda de su ingenio y unos grifos, pero Natura, persuadida de su próximo descenso a los infiernos (elemento fuego), pondrá los medios necesarios para frustrar la desmedida sed de conocer (y poder) que caracteriza al rey. Su muerte está cercana, una muerte que, parece, podemos considerar efecto de la hybris, desmesura que, como en los modelos clásicos, le conducirá inexorablemente a un merecido castigo.

Pesó al Crïador que crió la Natura,
ovo de Alexandre saña e grant rencura,
dixo: «Este lunático que non cata mesura,
yol tornaré el gozo todo en amargura.
Él sopo la sobervia de los peçes judgar,
la que en sí tenié non la sopo asmar;
omne que tantos sabe judiçios delivrar,
por qual juïcio dio, por tal deve passar.»

Estas palabras, que el autor pone en boca del Creador, confirman el destino de Alejandro: si conocer conlleva el deseo de poseer, dominar, anular el objeto del conocimiento, entonces el resultado es que uno mismo queda anulado en esa relación mal planteada. El rey se ha excedido en su sed de conocimiento y dominio, condenándose a sí mismo por ir contra la ley del amor, que es la ley de la vida. Esto parece claro, pero me da la impresión de que, si nos proponemos comprender lo mejor posible una literatura tan caleidoscópica como la medieval, no podemos concluir con un juicio tan definitivo como éste. Así, es también cierto que muchos pasajes exhalan un aroma a simbolismo que hace pensar que esconden, además del sentido aparentemente moral que da el autor a su final, otros más particulares (aunque quizá más universales en su sentido), escondidos a lo largo de la obra, los cuales se nos escapan en un artículo como este.

[La imagen ha sido tomada de Alexander in images.]
[Viene de "Alejandro bajo el mar (I)".]

domingo, 18 de noviembre de 2007

Alejandro bajo el mar (I)


Sobre las hazañas de Alejandro Magno, corrían diversas leyendas en la época medieval cuyo contenido iba de seguro más allá de lo anecdótico para entrar en lo simbólico. Una vez conquistada toda la tierra, el rey había de pretender sojuzgar el resto del cosmos: agua, aire y fuego, según la concepción tradicional. En este pasaje de nuestro Libro de Alexandre, se relata su aventura submarina con todo lujo de detalles, con varios siglos de adelanto respecto a las modernas visiones de Julio Verne.
Una fazaña suelen las gentes retraer,
–non yaze en escripto, es malo de creer–,
si es verdat o non, yo non y dé qué fer,
mager, non la quïero en olvido poner.

Dizién que por saber qué fazién los pescados,
cómo bivién los chicos entre los más granados,
fizo cuba de vidrio con muzos bien çerrados,
metióse él de dentro con dos de sus crïados.
Estos fueron catados de todos los mejores,
por tal que non oviessen dono los traïdores,
ca que él o que ellos avién aguardadores,
non farién a su guisa los malos reboltores.

Fue de buena betumne la cuba aguisada,
fue con buenas cadenas presa e encalçada,
fue con priegos bien firmes a las naves pregada,
que fondir nos podiesse e estovié colgada.

Mandó que lo dexassen quinze días durar,
las naves con tod’esto pensassen de andar;
assaz podrié en esto saber e mesurar,
e meter en escripto los secretos del mar.

La cuba fue echada en que el rey yazié,
a los unos pesava, a los otros plazié;
bien cuidavan algunos que nunca y saldrié,
mas destajado era que en mar non morrié.

Andava el buen rey en su casa çerrada,
sedié grant coraçón en angosta posada,
veyé toda la mar de pescados poblada,
non es bestia en siglo que non fues’y trobada.

Non bive en el mundo ninguna crïatura
que non crïa ela mar su semejant figura;
traen enemistades entre sí por natura,
los fuertes a los flacos danles mala ventura,

Estonçes vio el rey en aquellas andadas
cóm’echaban los unos a los otros çeladas;
dizié que ende fueran presas e sossacadas,
fueron desent’acá en el siglo usadas.

Tanto es acogían al rëy los pescados
como si los oviesse por armas sobjudgados;
vinién fasta la cuba todos cabeztornados,
tremién todos ant’él commo moços mojados.
Jurava Alexandre por el su diestro lado
que nunca fue de omnes mejor aconpañado;
de los pueblos del mar tovos por bien pagado,
contava que avié grant imperio ganado.
Se trata de las estrofas 2305 a 2315, según la edición de Jesús Cañas en Cátedra.

Obsérvese, en la imagen de la cabecera (de un manuscrito francés de Ruán, fechado en 1445), con qué encantadora fidelidad se ha representado el "submarino". En efecto, es una especie de cuba de vino transparente. Sin embargo, los criados no aparecen. En otras ilustraciones, el vehículo se representa como una esfera de cristal, como en ésta que sigue (alemana, de entre 1400 y 1410), donde además podemos ver que se ha convertido en algo que recuerda al arca de Noé, con varias especies de animales acompañando al conquistador, quizá representando al elemento terrestre, ya de su posesión; parece que se ha aprovechado también para incluir una curiosa escena de amor sobre el barco:


Como no podía ser de otra manera, los seres marinos se rinden, "cabeztornados" –qué palabra tan bonita– a la autoridad de Alejandro; no le hace falta ni luchar, tal es su poder, su fama (y ¿se podría decir, en algún sentido, que también su función?). El rey observa cómo también en el mar los fuertes dominan a los débiles, lo cual no le impide considerar que ha ganado un imperio bajo las olas. Así se adelanta una reflexión sobre la soberbia y las relaciones entre las criaturas que ocupará las siguientes estrofas (y será tema del próximo post).

Estas relecturas medievales de los temas clásicos nos parecen al mismo tiempo encantadoras y ajenas. Hay que reconocer que algo se nos escapa, so pena de no comprender más que la superficie. En este sentido, sería un error considerarlas ingenuas, pues no hemos de olvidar que el pensamiento y la sensibilidad medievales quedan lejos de nuestra forma de entender el mundo; lo que no significa en modo alguno que sean inferiores (ni superiores) a los nuestros, sino que partían de perspectivas diferentes, con un fondo metafísico entretejido en la base de la propia cultura cotidiana con el que hoy no contamos. Para los hombres del medioevo, el simbolismo primaba siempre sobre la verosimilitud o el realismo, esos conceptos tan exclusivamente modernos. El símbolo, tan oscuro con frecuencia al análisis racional, manifiesta realidades (del alma y del mundo) que se nos escapan; entraríamos aquí, me parece, en los terrenos de la cosmología y la metafísica tradicionales.

Abordando el asunto desde otro punto de vista, podríamos partir de las estructuras de la conciencia. Siguiendo los estudios sobre la fenomenología de la cultura que llevó a cabo Jean Gebser, hablaríamos de las estructuras arcaica, mágica, mítica, mental e integral. Sin entrar más en este tema, fácil de malinterpretar sin contar con más explicaciones, apuntaré sólo que las leyendas medievales no sólo estaban lejos de ser entendidas como meros cuentos en el sentido moderno (y tantas veces peyorativo), sino que estaban dotadas de pleno sentido para los hombres que las contaban y las escuchaban, precisamente por su estructura de conciencia que, dicho sea de paso, estaba menos limitada que la mental o racional a la hora de aprehender realidades globales.

[Las imágenes han sido tomadas de Alexander in images.]
[Continúa en "Alejandro bajo el mar (II)".]

viernes, 2 de noviembre de 2007

Nicky, la aprendiz de bruja

Hayao Miyazaki es uno de los artistas más fascinantes cuya obra estoy teniendo la fortuna de conocer. En sus películas hay algo que no he encontrado en ningún otro autor, algo que no sé si sabría definir; tiene que ver con ello ese amor por el detalle, por los paisajes y por cada uno de los personajes, incluso los "malos" (que no suelen resultar absolutamente tales a la postre), un amor que trasciende la simple excelencia técnica; también ese tono onírico, esas escenas que te dejan con la boca abierta por su extraña y desconcertante belleza; la sabiduría y los valores que transpiran; pero, sobre todo, creo que se trata de esa visión luminosa de la vida, de algún modo siempre llena de esperanza y de una alegría inocente, que lo aleja del tono general del arte posmoderno. Por supuesto, dentro de su filmografía hay variedad de registros.

Hernán de Esperando nacer ofrece una excelente presentación de su obra y la de Isao Takahata en la sección de su sitio dedicada al Estudio Ghibli.
Hasta ahora había disfrutado de La princesa Mononoke, El viaje de Chihiro, Mi vecino Totoro y El castillo ambulante, cada cual más fascinante. Majo no takkyubin (1989) –trasladado al inglés como Kiki’s Delivery Service y al español como Nicky, la aprendiz de bruja– es otra maravilla. Kiki (o Nicky) es una joven aprendiz de bruja que se independiza y sale al mundo (volando en una escoba) para formarse. Logra establecerse con un negocio de mensajería aérea y entra en relación con personas de distinto carácter lo que, claro, la obligará a buscar su propio lugar.

Si bien puede resultar más dulzona que otras, todo aquello que admiro en Miyazaki está presente. Como en todas, se dice mucho más de lo que se ve a primera vista, muchas veces sin palabras. Sólo aparentemente para niños (¿y qué si lo es?), posee algún diálogo de lo más sabroso, como éste:

«–Antes podía volar sin pensar siquiera en ello. Ahora intento buscar en mi interior y entender cómo lo hacía, pero no consigo averiguarlo.
–Bueno, puede ser que estés intentándolo demasiado. Tal vez deberías darte un respiro. (...) Deja de intentarlo. Da largos paseos, contempla el paisaje, duerme la siesta, no pienses en volar, y cuando menos lo esperes estarás volando de nuevo

O éste otro:

«–Cuando yo tenía tu edad, ya había decidido convertirme en artista. Me encantaba pintar. Pasaba el día pintando hasta que me dormía sobre el caballete. Y, de repente, por alguna razón, no pude volver a pintar. Lo intentaba, pero nada de lo que hacía me parecía bueno. (...) Sentía que había perdido mi habilidad. (...) Pero encontré la respuesta. No sabía para qué o por qué quería pintar. (...) Cuando tú vuelas, confías en tu interior, ¿verdad?
–Volamos con nuestro espíritu.
Confiar en tu espíritu, sí. De eso es exactamente de lo que hablo. Es el mismo espíritu que me hace pintar a mí o hacer pan a tu amiga. Pero cada uno tenemos que encontrar nuestra propia inspiración, y a veces no es nada fácil.»

¿Por qué pierde Kiki sus poderes? Pierde la capacidad de volar cuando esa actividad se convierte en una rutina, en un medio para conseguir un fin: ganar dinero mediante su servicio de mensajería aérea. ¿Cuándo los recupera? Cuando da el paso de abrirse al otro y hacer lo que sabe hacer no ya para sí misma, sino por los demás; es decir, cuando cambia su disposición interior y, en su hacer, confía en el Espíritu. En definitiva, Kiki está aprendiendo a vivir. Y a aceptar las pérdidas y las limitaciones; en este sentido, hay un detalle curioso al final: el gato sigue sin hablar, lo que significa la pérdida de su comunicación especial (acaso también de la niñez), ante lo cual ella, tras un primer momento de tristeza, sonríe y acaricia. Precioso.


Un amor simple, desnudo de muchos de los velos que en Occidente le hemos ido superponiendo, impregna la obra de Miyazaki. Esto da a sus películas, en mi opinión, un valor inestimable dentro del arte contemporáneo. Pero, dejando de lado las estimaciones, lo que cuenta aquí es sentarse, dejarse querer por su paleta de colores, respirar aire fresco con sus personajes, disfrutar de los silencios y las escenas sin finalidad aparente, saborear.

jueves, 1 de noviembre de 2007

Tres fadas so la mar

Apunto:

En las estrofas 100 y 101 del Libro de Alexandre se encuentra la primera aparición en la literatura castellana de la palabra fada con un significado próximo al que hoy atribuimos a la palabra hada.

Fizieron la camisa dos fadas so la mar
diéronle dos bondades por bien la acabar:
quisquier que la vistiesse nos pudies’ enbebdar,
e nunca lo podiesse luxuria retentar.
Fizo la otra fada terçera el brial;
quando lo ovo fecho, di´le muy grant señal:
quisquier que lo vistiesse fuesse siempre leal,
frío nin calentra nuncal fiziesse mal.

Voy a arriesgar una libre (y torpe) adaptación. (Se admiten sugerencias.)

Hicieron la camisa dos hadas en la mar
le dieron dos bondades por bien la acabar:
cualquier que la vistiese no pudiera embriagar,
y nunca lo pudiese lujuria más tentar.
Hizo la otra hada tercera el brial;
cuando lo hubo hecho, diole muy gran señal:
cualquier que lo vistiese fuera siempre leal,
ni frío ni calor nunca le hiciesen mal.

Tenemos, pues, que las fadas son seres extraordinarios, femeninos, que viven en el mar. Puesto que la camisa y el brial son objetos mágicos que se le dan a Alejandro en su investidura (o autoinvestidura) caballeresca, es de suponer que su función, sin ser claramente benéfica, es al menos favorable al destino del héroe, con los ecos paganos que ello implica, cualquiera que sea su lugar en el contexto cristiano de la obra. Habría que consultar las fuentes del autor.

Esta conexión con el destino parece avalada por el origen latino de la palabra. «El nombre de Fata, tomado por un singular femenino, se halla en el origen del nombre de las hadas en el folklore de los pueblos románicos», dice Pierre Grimal (1). Fata se relaciona con Fatum, dios del Destino cuyo nombre, relacionado con la raíz del verbo fari ("hablar"), designaba en su origen la "palabra" de un dios y, como tal, se aplicaba a una irrevocable decisión divina.

En las tradiciones aragonesas, según Chema Gutiérrez Lera (2), la imagen de la fada es la de «una mujer bella, no humana, asociada a indeterminadas épocas muy antiguas, dotada de gran poder mágico, y, sobre todo, relacionada con la naturaleza y en especial, con el agua». Una concepción, pues, equivalente a la del Alexandre. Continúa el autor: «Es posible que el nombre y la creencia en las fadas constituya una reminiscencia de antiquísimas deidades o númenes femeninos».

Hay que notar, creo, que si bien las fadas parecen desentonar (al menos aparentemente) con el contexto cristiano de la obra, no así los dones que proporcionan al héroe a través de objetos mágicos: protección frente a la embriaguez, la lujuria y el frío y el calor. En esto hay que ver, seguramente, algo más que peligros físicos; todos ellos parecen indicar perturbaciones de la serenidad del alma. Fiel al espíritu medieval, el pasaje recoge materiales de tradiciones anteriores y les da un sentido cristiano y, quizá, iniciático; no hay que olvidar que estamos en plena iniciación caballeresca de Alejandro, por muy peculiar que sea dado su carácter extraordinario.

(1): Pierre Grimal, Diccionario de mitología griega y romana, Paidós, Madrid, 1981. Voz «Fatum».
(2): Chema Gutiérrez Lera, Breve inventario de seres mitológicos, fantásticos y misteriosos de Aragón, Prames, Zaragoza, 2004. Voz «Fada».

domingo, 7 de octubre de 2007

El sentido según Franco Battiato

Ayer se publicó en la edición impresa de La Vanguardia una entrevista al artista italiano Franco Battiato, compositor, cantautor y director de cine, con motivo de la presentación de su nuevo disco, Il vuoto. Sus respuestas son breves pero, en muchos casos –y dejando de lado lo que parece una personal adhesión a la teoría de la reencarnación–, tienen algo de universal, si se puede decir. Transcribo y comento las que más me interesan en este sentido:

«Grababa éxitos de San Remo para submarcas discográficas que regalaba una revista de pasatiempos... ¿Empeño o fe?
Vivir consiste en encontrar sentido al viaje. Si crees que todo es trabajar, gastar, hacer el amor, comer y dormir, traicionas la vida. Si tienes un don, debes explorarlo.»

Explorarlo, que no explotarlo. (Hay que ver lo que cambian las cosas por una letra.) Si vivir apegado a las apariencias es traicionar la vida, ¿en qué medida se puede decir que vivimos? Para Battiato, encontrar sentido al viaje parece ir ligado, naturalmente, a la creación artística; de ahí, creo, lo del "don". Pero todos, artistas o no, tenemos una obra de arte por sacar a la luz. Como Miguel Ángel con su David. Franz Kafka lo dice así: "Ábrete. El ser humano saldrá al exterior. Respira el aire y el silencio". Para ser fiel a la vida, o a aquello de donde surge la vida, es menester viajar, explorar; para lo cual, un buen comienzo es, por insignificante que parezca, respirar el aire y el silencio.

«¿Usted ha hallado el sentido?
He encontrado percepciones de existencias superiores ante las que toda la vida terrestre es nada. Hay momentos en que una intensidad de luz o una rosa que se abre frente a ti te hacen entender el verdadero sentido de todo esto, te hacen entender lo que es dar. Son esas cosas insignificantes las que te indican que la vida real es otra cosa.»

Me parece muy bella la asimilación que, desde su experiencia, Battiato hace del "sentido de todo esto" al dar, en lo que coincide con las grandes tradiciones de sabiduría de la Humanidad. Esto prueba que, donde hay sensibilidad, la percepción de la realidad es, en el fondo, universal.

«¿Cómo y cuándo adquirió esa consciencia?
Hace veinte años me reencontré con mi maestra de la infancia y me devolvió una redacción que escribí con 9 años: "Yo, ¿quién soy?".»

Con 62 años, Battiato, como cualquier hombre, sigue haciéndose la misma pregunta que a los 9. ¿Con cuántas ilusiones evadimos esa pregunta a lo largo de la vida? Tal vez, pese a nuestro desconcierto, todo confluya hacia esa pregunta –y hacia su resolución– por caminos que escapan a nuestra comprensión.

«¿Qué ha sido lo difícil?

Comprender que el pensamiento va siempre en contra del hombre. Me refiero a esos pensamientos negativos que se repiten y se repiten en nuestra mente, que nos constriñen y nos sumergen en un estado de confusión y de duda.»

Pero tal vez, me digo, la duda no sea en el fondo algo negativo: no hay mal que por bien no venga, y Dios siempre saca de un mal un bien aún mayor. Por otro lado, reconocer que "el pensamiento va siempre en contra del hombre" supone concebir lo humano como algo muy distinto de esa imagen que tenemos de nosotros mismos. ¿Pero quién es, entonces, el hombre verdadero? ¿No le hace eso sentir a uno desorientado? Ahí hace falta fe.

«¿Qué ha buscado usted?

Siempre lo mismo: buscar. Casi siempre el buscar es mejor que el encontrar. (...)»

Y acaso no haya encontrar sino en el buscar. ¿Por qué proyectar metas más allá de la realidad presente? Como diría un budista, "la Tierra Pura no está lejos", o "Nirvana está ante nuestros ojos"; como se diría en cristiano, el Reino de Dios está cerca, tanto, que está dentro. Aquí y ahora, ya en el buscar.

«¿Usted es budista?

Estoy muy próximo, pero me gustan todas las religiones porque en todas hay algo extraordinario. Si eres un verdadero músico sabes que en esta disciplina está la posibilidad de tocar planos superiores de existencia. La música te hace entender que la materia es sólo una pequeña parte del universo.»

Como artista sensible y abierto, Battiato sabe –saborea– que hay más aparte de lo que vemos. Independientemente de las palabras con las que interpreta su percepción, muestra con ellas, me parece, esa posibilidad que el arte ofrece de asomarse al misterio y crear desde esa apertura.

A propósito de su aparente adhesión a la teoría de la reencarnación, que mencioné al principio y a la que Battiato aludía en otras respuestas que no he reproducido: Enrique Bustamante de das Mystische comentaba hace poco otra respuesta de Battiato: "Preguntarme si creo en la reencarnación es como preguntarme si creo en la vida. No es algo racional, pero lo comprendes al mirar los ojos de un niño. He visto niños viejos de dos mil años". Quizá, como sugería Enrique, la pregunta estaba mal planteada. En todo caso, y con independencia de las interpretaciones que el artista italiano haga de su percepción, ésta transmite una sensación que muchos podrían también experimentar. ¿Qué hay en esas miradas antiguas como el mundo? ¿"Qué misterio habrá", como cantaba Raphael sobre los secretos aún velados de la noche? Seguramente, para Battiato –y, por qué no, para todos según la palabra elegida–, música.

miércoles, 3 de octubre de 2007

¿Cómo no hablar del Ser?

César Vallejo escribió, el 5 de noviembre de 1937, el siguiente poema:

UN HOMBRE PASA CON UN PAN AL HOMBRO...

Un hombre pasa con un pan al hombro
> ¿Voy a escribir, después, sobre mi doble?
Otro se sienta, ráscase, extrae un piojo de su axila, mátalo
¿Con qué valor hablar del psicoanálisis?
Otro ha entrado en mi pecho con un palo en la mano
¿Hablar luego de Sócrates al médico?
Un cojo pasa dando el brazo a un niño
¿Voy, después, a leer a André Bretón?
Otro tiembla de frío, tose, escupe sangre
¿Cabrá aludir jamás al Yo profundo?

Otro busca en el fango huesos, cáscaras
¿Cómo escribir, después del infinito?
Un albañil cae de un techo, muere y ya no almuerza
¿Innovar, luego, el tropo, la metáfora?
Un comerciante roba un gramo en el peso a un cliente
¿Hablar, después, de cuarta dimensión?
Un banquero falsea su balance
¿Con qué cara llorar en el teatro?
Un paria duerme con el pie a la espalda
¿Hablar, después, a nadie de Picasso?
Alguien va en un entierro sollozando
¿Cómo luego ingresar a la Academia?
Alguien limpia un fusil en su cocina
¿Con qué valor hablar del más allá?
Alguien pasa contando con sus dedos
¿Cómo hablar del no-yó sin dar un grito?

Parece que para Vallejo, tras presenciar el sufrimiento humano y sentirlo y asumirlo como propio, las consideraciones de índole filosófica devienen vanas, un ejercicio estéril de especulación sin alcance efectivo alguno para paliar los males del otro. La compasión le mueve, si se puede decir, a descender de la cabeza al corazón, y también de lo abstracto a lo concreto. El arte, el pensamiento, la literatura, la metafísica se tornan actividades imposibles ante la constatación de la miseria acuciante del ser humano, que a uno le interpela como con un grito, acaso el mismo al que el autor apela en el último verso.
Son los versos marcados en negrita los que más me interesan aquí, porque creo que aluden más propiamente que los demás a las preocupaciones más radicales (¿espirituales?) del ser humano, que siempre tienen que ver con una pregunta esencial: ¿quién soy yo? Me parece que esta cuestión, fundamental, tiene, contrariamente a lo que podría parecer, una relación muy estrecha con ese lamento de Vallejo ante el sufrimiento humano.

A ver si me explico: Vallejo, creo, es muy certero –es simplemente consecuente con aquello que le mueve– al centrarse en lo concreto del dolor del otro, y uno no podría hacer otra cosa ante ello que abandonar el nivel especulativo y dar pan al hambriento y agua al sediento. Pero, al mismo tiempo y sin contradicción alguna, creo que la resolución del sufrimiento y la miseria de este mundo pasa por esa búsqueda profunda del Ser, por esa pregunta esencial de la que, a veces, conviene hablar.

Una referencia al budismo que me viene ahora a la mente: la primera Noble Verdad que anunció el Buda es: «el sufrimiento existe». Algo muy concreto, que a él mismo le indujo a andar el camino que le llevó a la resolución del problema del sufrimiento.

Y, en el Evangelio de Juan (4, 13-14), dice Jesús a propósito de la sed (identificable, quizá, con el deseo que, para el Buda, constituye la causa del sufrimiento):

«Todo el que beba de esta agua,
volverá a tener sed;
pero el que beba del agua que yo le dé,
no tendrá sed jamás,
sino que el agua que yo le dé
se convertirá en él en fuente de agua
que brota para vida eterna.»

Ante la constatación del sufrimiento del prójimo, ¿cómo hablar del Ser? De acuerdo. Pero además: ¿cómo no realizar el Ser?

lunes, 20 de agosto de 2007

El Destino de los Hombres

«Y decían entre sí: –¿Por qué los Señores del Occidente disfrutan de una paz imperecedera, mientras que nosotros tenemos que morir e ir a no sabemos dónde, abandonando nuestros hogares y todo cuanto hemos hecho? Y los Eldar no mueren, aun los que se rebelaron contra los Señores. Y puesto que hemos dominado todos los mares, y no hay aguas demasiado salvajes o extensas para nuestras naves, ¿por qué no podemos ir a Avallónë y saludar allí a nuestros amigos?

Y había otros que decían: –¿Por qué no podemos ir a Aman y gustar allí siquiera un día la beatitud de los Poderes? ¿Acaso no somos importantes entre los pueblos de Arda?

Los Eldar transmitieron estas palabras a los Valar, y Manwë se entristeció, pues veía que una nube se cernía ahora sobre el mediodía de Númenor. Y envió mensajeros a los Dúnedain, que hablaron severamente con el rey, y a todos cuantos estaban dispuestos a escucharlos, acerca del destino y los modos del mundo.

–El Destino del Mundo –dijeron– sólo uno puede cambiarlo, el que lo hizo. Y si navegarais de tal manera que burlando todos los engaños y las trampas llegaseis en verdad a Aman, el Reino Bendecido, de escaso provecho os sería. Porque no es la tierra de Manwë lo que hace inmortal a la gente sino que la Inmortalidad que allí habita ha santificado la tierra; y allí os marchitaríais y os fatigaríais más pronto, como las polillas en una luz demasiado fuerte y constante.

Pero el rey le preguntó: –¿Y no vive acaso Eärendil, mi antepasado? ¿O no está en la Tierra de Aman?

A lo cual ellos respondieron: –Sabéis que tiene un destino aparte, y fue adjudicado a los Primeros Nacidos, que no mueren; pero también se ha ordenado que nunca pueda volver a las tierras mortales. Mientras que vos y vuestro pueblo no sois de los Primeros Nacidos, sino Hombres mortales, como os hizo Ilúvatar. Parece sin embargo que deseáis los bienes de ambos linajes, navegar a Valinor cuando se os antoje y volver a vuestras casas cuando os plazca. Eso no puede ser. Ni pueden los Valar quitar los dones de Ilúvatar. Los Eldar, decís, no son castigados, y ni siquiera los que se rebelaron mueren. Pero eso no es para ellos recompensa ni castigo, sino el cumplimiento de lo que son. No pueden escapar, y están sujetos a este mundo para no abandonarlo jamás mientras dure, pues tienen su propia vida. Y vosotros sois castigados por la rebelión de los Hombres, decís, en la que poco participasteis. Pero en un principio no se pensó que eso fuera un castigo. De modo que vosotros escapáis y abandonáis el mundo y no estáis sujetos a él, con esperanza o con fatiga. ¿Quién por lo tanto tiene que envidiar a quién?

Y los Númenóreanos respondieron: –¿Por qué no hemos de envidiar a los Valar o aun al último de los Inmortales? Pues a nosotros se nos exige una confianza ciega y una esperanza sin garantía, y no sabemos lo que nos aguarda en el próximo instante. Pero también nosotros amamos la Tierra y no quisiéramos perderla.

Entonces los mensajeros dijeron: –En verdad los Valar no conocen qué ha decidido Ilúvatar sobre vosotros, y él no ha revelado todas las cosas que están por venir. Pero esto sabemos de cierto: que vuestro hogar no está aquí, ni en la Tierra de Aman, ni en ningún otro sitio dentro de los Círculos del Mundo. Y el Destino de los Hombres, que han de abandonar el Mundo, fue en un principio un don de Ilúvatar. Se les convirtió en sufrimiento sólo porque los cubrió la sombra de Morgoth y les pareció que estaban rodeados por una gran oscuridad; de la que tuvieron miedo; y algunos se volvieron obstinados y orgullosos, y no estaban dispuestos a ceder, hasta que les arrancasen la vida. Nosotros, que soportamos la carga siempre creciente de los años, no lo comprendemos claramente; pero si ese dolor ha vuelto a perturbaros, como decís, tememos que la Sombra se levante una vez más y crezca de nuevo en vuestros corazones. Por tanto, aunque seáis los Dúnedain, los más hermosos de los Hombres, que escapasteis de la Sombra de antaño y luchasteis valientemente contra ella, os decimos: ¡Cuidado! No es posible oponerse a la voluntad de Eru; y los Valar os ordenan severamente mantener la confianza en aquello a que estáis llamados, no sea que pronto se convierta otra vez en una atadura y os sintáis constreñidos. Tened más bien esperanzas de que el menor de vuestros deseos dará su fruto. Ilúvatar puso en vuestros corazones el amor de Arda, y él no siembra sin propósito. No obstante, muchas edades de Hombres no nacidos pueden transcurrir antes de que ese propósito sea dado a conocer; y a vosotros os será revelado y no a los Valar.»


En: "Akallabêth. La caída de Númenor". J. R. R. Tolkien, El Silmarillion.

jueves, 26 de julio de 2007

Acedia



«Los cenobitas de la Tebaida se hallaban sometidos a los asaltos de muchos demonios. La mayor parte de esos espíritus malignos aparecía furtivamente a la llegada de la noche. Pero había uno, un enemigo de mortal sutileza, que se paseaba sin temor a la luz del día. Los santos del desierto lo llamaban daemon meridianus, pues su hora favorita de visita era bajo el sol ardiente. Yacía a la espera de que aquellos monjes se hastiaran de trabajar bajo el calor opresivo, aprovechando un momento de flaqueza para forzar la entrada a sus corazones. Y una vez instalado dentro, ¡qué estragos cometía!, pues de repente a la pobre víctima el día le resultaba intolerablemente largo y la vida desoladoramente vacía. Iba a la puerta de su celda, miraba el sol en lo alto y se preguntaba si un nuevo Josué había detenido el astro a la mitad de su curso celeste. Regresaba entonces a la sombra y se preguntaba por qué razón él estaba metido en una celda y si la existencia tenía algún sentido. Volvía entonces a mirar el sol, hallándolo indiscutiblemente estacionario, mientras que la hora de la merienda común se le antojaba más remota que nunca. Volvía entonces a sus meditaciones para hundirse, entre el disgusto y la fatiga, en las negras profundidades de la desesperación y el consternado descreimiento. Cuando tal cosa ocurría el demonio sonreía y podía marcharse ya, a sabiendas de que había logrado una buena faena mañanera.»
Aldous Huxley, On the Margin, 1923. [Fuente. Vía Efímera.]

Este demonio fue conocido, en la Edad Media, con el nombre de acedia; se la consideraba uno de los ocho vicios capitales que subyugan al hombre. Chaucer dice de ella que «hace al hombre aletargado, pensaroso y grave»; «retarda y pone inerte», incapacitando para la acción. Así que, puesto que la vida es un fluir, este demonio paraliza aquello que debería fluir libremente, quizá precisamente para evitar la libertad del ser humano, para apartarle de su ser profundo. La acedia lleva a su víctima por el camino de la desesperanza, alejándola de la raíz de la que surge la vida y la verdadera libertad. Genera la ociosidad, la morosidad, la frialdad, la tristitia, de la que San Pablo dice que mata al hombre.

Con el correr de los tiempos, la acedia pasó de ser considerada un pecado a ser vista como una enfermedad. Pero, en un determinado momento, algo cambió. Dice Huxley:

«Aquel "pecado de la aflicción mundana, llamado tristitia" se volvió una virtud literaria, una moda espiritual. Los apóstoles de la melancolía unieron al unísono sus débiles cornamusas, y los Hombres Sensibles se echaron a llorar. Vino entonces el siglo XIX y el romanticismo, y con ellos el triunfo del demonio del mediodía. La acedia en su forma más complicada y mortífera –una mezcla de hastío, tristeza y desesperación– era ahora motivo de inspiración de los mayores poetas y novelistas, cosa que sigue siendo a la fecha. Los románticos denominaron este horrible fenómeno como mal du siècle. El nombre era lo de menos; lo que nombraba seguía siendo lo mismo.»

Esta emoción tiene una relación muy estrecha con cierto deseo de hallarse en otra situación distinta a aquella en la que de hecho uno se encuentra, de estar «en algún lugar fuera de este mundo». Es, pues, un descontento con la realidad, un negarse a aceptar las cosas tal como son, un rechazo de lo que a uno le acontece. Este fenómeno, que hace infelices a los hombres, es conocido sin duda por las tradiciones de sabiduría de la humanidad con diversos nombres y desde tiempos remotos. Pero ¿cómo este demonio acaba enseñoreándose de toda una cultura? Para Huxley, la causa está en la desilusión. El fracaso de la revolución francesa (y de todas las que le sucedieron, aun después de Huxley), las guerras del siglo XX, la devastación de la naturaleza por la industrialización; en suma, la progresiva deshumanización que aún nosotros, nietos del romanticismo, vivimos; todo ello ha convertido a la acedia en «un estado mental que el destino nos ha impuesto». Esto es especialmente evidente en algunas poses modernas (la tristeza es cool), pero como tal estado mental, resulta, de algún modo, contagioso. O, más bien, sucede quizá que, ya que todos estamos profundamente interconectados, sencillamente compartimos lo que hay.
Desde el punto de vista de un hombre medieval, pues, el mundo actual resultaría sobrecogedor. Y, aunque hoy ya no se habla de demonios, la constatación del hecho de que emociones destructivas (que antaño y en todas partes fueron consideradas cadenas para la libertad del ser humano) impregnan hoy el ambiente de una cultura cada vez más global, debería preocuparnos de igual modo desde un punto de vista religioso, científico, filosófico o simplemente humano.

Hace algunas semanas, Hernán de Esperando nacer citaba a Chesterton en su anotación "Canto y trabajo". El escritor inglés se preguntaba por qué, si las labores antiguas han estado siempre tan acompañadas de música, no se canta en cambio en los trabajos de la era moderna. «Al parecer, hay algo indefinible en la misma atmósfera de la sociedad en que vivimos que hace muy difícil cantar en un banco». ¿Será la acedia? A Hernán, la causa le parecía «una tristeza general, hija de un inconformismo estéril, una ingratitud y un enfurruñamiento cósmico propio de este tiempo y de estos niños malcriados que somos». Con lo cual, creo, concuerda todo lo dicho hasta aquí.

«Estad siempre alegres», recomienda San Pablo. Lo mismo en todas las tradiciones de sabiduría, puesto que la alegría es el estado natural del hombre, que se ve sólo enturbiado por el apego y el rechazo. Pero esta alegría no tiene nada que ver, por cierto, con el hedonismo de hoy, esa falsa alegría que ve en el carpe diem lo contrario de lo que significa. San Pablo, en efecto, continúa: «Orad constantemente. En todo dad gracias, pues esto es lo que Dios, en Cristo Jesús, quiere de vosotros». Aquello que nos hace ser lo que somos, que el cristianismo llama Espíritu y en otras latitudes es nombrado con otros nombres, es también un espíritu de alegría, que impele a cantar y a hacer música, la cual es la armonía de los diversos componentes del ser humano. («El alma es una sinfonía», decía Santa Hildegarda de Bingen, y esto arroja, quizá, alguna luz sobre el problema de la influencia de la música.) Tal vez por ello los pueblos que aún no llevaban la carga que nosotros llevamos cantaban con naturalidad en toda ocasión. Y no solían ser canciones tristes, por cierto. Uno de los aspectos más llamativos de la obra de Tolkien es que sus personajes suelen cantar en situaciones a veces chocantes. Los elfos, seres más cercanos al origen que los hombres, cantan y sonríen con gran facilidad. La acedia está lejos de ellos, así como de los héroes de los poemas tradicionales; en épocas míticas los demonios asumían por lo general formas horribles, reconocibles, y eran combatidos.
Hoy las sonrisas, las canciones, los brincos de gozo, tan naturales en los niños, afloran con dificultad. La acedia ha calado hondo en los adultos posmodernos, y se hace más urgente que nunca tomar conciencia de esa alegría profunda e inocente que mana con naturalidad como de una fuente escondida.

[Imagen: "It burns my skin", de Selwyn Storer.]

La meditación del coronel

«Con su terrible sentido práctico, ella no podía entender el negocio del coronel, que cambiaba los pescaditos por monedas de oro, y luego convertía las monedas de oro en pescaditos, y así sucesivamente, de modo que tenía que trabajar cada vez más a medida que más vendía, para satisfacer un círculo vicioso exasperante. En verdad, lo que le interesaba a él no era el negocio sino el trabajo. Le hacía falta tanta concentración para engarzar escamas, incrustar minúsculos rubíes en los ojos, laminar agallas y montar timones, que no le quedaba un solo vacío para llenarlo con la desilusión de la guerra. Tan absorbente era la atención que le exigía el preciosismo de su artesanía, que en poco tiempo envejeció más que en todos los años de guerra, y la posición le torció la espina dorsal y la milimetría le desgastó la vista, pero la concentración implacable lo premió con la paz del espíritu. La última vez que se le vio atender algún asunto relacionado con la guerra fue cuando un grupo de veteranos de ambos partidos solicitó su apoyo para la aprobación de las pensiones vitalicias, siempre prometidas y siempre en el punto de partida. "Olvídense de eso", les dijo él". "Ya ven que yo rechacé mi pensión para quitarme la tortura de estarla esperando hasta la muerte".»

Gabriel García Márquez, Cien años de soledad.

lunes, 25 de junio de 2007

Subrayando ficciones

Anoto aquí algunos textos breves entresacados de las Ficciones de Borges, subrayados por alguna razón en las páginas del ejemplar que leí hace poco. Indico entre paréntesis la página y el relato*.

«Menard –recuerdo– declaraba que censurar y alabar son operaciones sentimentales que nada tienen que ver con la crítica.» (p. 44, "Pierre Menard, autor del Quijote").

«La gloria es una incomprensión y quizá la peor.» (p. 54, "Pierre Menard...").

«El catorce de febrero me telegrafiaron de Buenos Aires que volviera inmediatamente, porque mi padre no estaba "nada bien". Dios me perdone; el prestigio de ser el destinatario de un telegrama urgente, el deseo de comunicar a todo Fray Bentos la contradicción entre la forma negativa de la noticia y el perentorio adverbio, la tentación de dramatizar mi dolor, fingiendo un viril estoicismo, tal vez me distrajeron de toda posibilidad de dolor.» (p. 128, "Funes el memorioso").

«Lo cierto es que vivimos postergando todo lo postergable; tal vez todos sabemos profundamente que somos inmortales y que tarde o temprano, todo hombre hará todas las cosas y sabrá todo.» (p. 132, "Funes...").

«A los pocos minutos creí notar que mi aparición era inoportuna; procuré congraciarme con el Inglés; acudí a la menos perspicaz de las pasiones: el patriotismo.» (p. 138, "La forma de la espada").

«Lo que hace un hombre es como si lo hicieran todos los hombres. Por eso no es injusto que una desobediencia en un jardín contamine al género humano; por eso no es injusto que la crucifixión de un solo judío baste para salvarlo. Acaso Schopenhauer tiene razón: yo soy los otros, cualquier hombre es todos los hombres, Shakespeare es de algún modo el miserable John Vincent Moon.» (p. 142, "La forma...").

«Mi razonable amigo estaba razonablemente vendiéndome.» (p. 144, "La forma...").

«A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.» (p. 210, "El Sur").


[*]: En: Jorge Luis Borges, Ficciones, Alianza, Madrid, 2005.

sábado, 16 de junio de 2007

El cinturón eléctrico



Cuando vi este anuncio en un número de la revista Arte Joven, de 1901, me hizo gracia. Por fin lo he encontrado digitalizado [más grande y legible, aquí].
Me acuerdo, al leerlo, de aquello que decía M.ª Victoria Escandell Vidal sobre la evolución de la publicidad. Si bien hoy se utiliza una persuasión emocional, basada en la identificación del consumidor con un estereotipo y con la recompensa psicológica que se deriva, no siempre fue así:

«Desde sus inicios hasta hace aproximadamente 30 o 40 años, la publicidad trataba de destacar las propiedades positivas del producto que se anunciaba: apostaba, en cierto sentido, por la persuasión racional, ofreciendo razones objetivas para comprar el producto o utilizar el servicio anunciado.»
(M.ª Victoria Escandell Vidal, La comunicación, Gredos, Madrid, 2005, p. 102.)

Sin duda, el anuncio del Cinturón Eléctrico Galvani se esforzaba por persuadir al lector con palabras. A pesar de ese halo de ingenuidad que hoy percibimos en la publicidad de antaño, ya no sé si hay ahí más respeto que en la actual por el cliente o "potencial consumidor", pero sí me parece un anuncio, en cierto sentido, más simpático, menos sofisticado (¿menos retorcido?), al menos en apariencia, que los de nuestra televisión, los cuales tratan de movernos disimuladamente, aprovechando la tendencia humana inconsciente a la identificación con necesidades ficticias.

De todos modos, ¿por qué parece ingenuo? ¿Hay en la actualidad menos inocencia, más desconfianza, más voluntad (y medios) de controlar al otro sin que se note?

Por otro lado, aún no he podido averiguar a qué "cataforesis" curativa se refería el anuncio. Según la información que he encontrado, la cataforesis es un proceso de desplazamiento de partículas cargadas dentro de un campo eléctrico hacia el polo de signo opuesto o cátodo. Si alguien está enterado, se agradece cualquier aclaración.

lunes, 11 de junio de 2007

Buenos días

"Según cómo uno dé los buenos días...": En esta entrevista, la monja budista y cantante Ani Choying Drolma toca, desde su experiencia, temas como el perdón, la espiritualidad o la música. Una muestra:

«Tengo 36 años. Nací y vivo en Katmandú. En Nepal hay muchas escuelas para monjes. Yo he fundado la primera para monjas y vivo ahí. La política debería beneficiar a todos, pero los políticos sólo se benefician a sí mismos, y los más honrados son engullidos por el sistema. Espiritualidad es desarrollar las cualidades del corazón. (...) Estamos ocupados en que los demás nos escuchen, y eso rompe la comunicación. (...) La música es mi instrumento, tal como la palabra es el suyo. Pero fíjese en que las palabras no son la entrevista... ¿De qué son instrumento sus palabras y mi música...? De su corazón y su mente, de mi corazón y mi mente. (...) Todos queremos ser felices y estar bien, centrémonos en ello: si yo le trato bien, usted sonreirá. Si usted sonríe, yo también sonreiré. Si yo le grito, usted dejará de estar feliz y me tratará mal, y yo le trataré todavía peor. Lo que siento lo transmito y se me devuelve.»

jueves, 7 de junio de 2007

¿Quién despertó?

Cuento breve:

«Cuando despertó, el dinosaurio todavía estaba allí.»*

Es breve, pero plantea incógnitas que dan mucho juego. A mí me parece especialmente sugerente el quién. ¿Quién despertó? ¿Y si el sujeto de "despertó" fuera equivalente en algún sentido al "dinosaurio"?

[*]: Augusto Monterroso, La oveja negra y demás fábulas (1969).

[Extra: El cuento más breve del mundo (vía: 1 y 2).]

viernes, 1 de junio de 2007

¿Quién es el autor del poema?

«La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.» (Jorge Luis Borges, "El Sur").
Hablábamos del dejarse vivir. Acaso se halle en este poema una pista o una respuesta a la duda de qué decían esas palabras en el Borges de "El Sur"; o quizás aumente con su lectura el número de preguntas. (Merece la pena escucharlo en la voz de su autor.)

Borges y yo

Al otro, a Borges, es a quien le ocurren las cosas. Yo camino por Buenos Aires y me demoro, acaso ya mecánicamente, para mirar el arco de un zaguán y la puerta cancel; de Borges tengo noticias por el correo y veo su nombre en una terna de profesores o en un diccionario biográfico. Me gustan los relojes de arena, los mapas, la tipografía del siglo XVIII, las etimologías, el sabor del café y la prosa de Stevenson; el otro comparte esas preferencias, pero de un modo vanidoso que las convierte en atributos de un actor. Sería exagerado afirmar que nuestra relación es hostil; yo vivo, yo me dejo vivir para que Borges pueda tramar su literatura y esa literatura me justifica. Nada me cuesta confesar que ha logrado ciertas páginas válidas, pero esas páginas no me pueden salvar, quizá porque lo bueno ya no es de nadie, ni siquiera del otro, sino del lenguaje o la tradición. Por lo demás, yo estoy destinado a perderme, definitivamente, y sólo algún instante de mí podrá sobrevivir en el otro.

Poco a poco voy cediéndole todo, aunque me consta su perversa costumbre de falsear y magnificar. Spinoza entendió que todas las cosas quieren perseverar en su ser; la piedra eternamente quiere ser piedra y el tigre un tigre. Yo he de quedar en Borges, no en mí (si es que alguien soy), pero me reconozco menos en sus libros que en muchos otros o que en el laborioso rasgueo de una guitarra. Hace años yo traté de librarme de él y pasé de las mitologías del arrabal a los juegos con el tiempo y con lo infinito, pero esos juegos son de Borges ahora y tendré que idear otras cosas. Así mi vida es una fuga y todo lo pierdo y todo es del olvido, o del otro.

No sé cuál de los dos escribe esta página.

De: El hacedor (1960).

«Todo es del olvido». Quizá resuene aquí el famoso verso de Bécquer (de la rima LXVI):
En donde esté una piedra solitaria
sin inscripción alguna,
donde habite el olvido,
allí estará mi tumba.
Ignoro si el dejarse vivir de acá tiene alguna relación con el de allá, pero mereció la pena el viaje; algunas preguntas son un tesoro: ¿quién es el autor del poema "Borges y yo"? Y aunque preferiría acabar con esta pregunta, no me resisto a citar al propio Borges (en la conferencia sobre La poesía y el arrabal, dictada en 1963) para liar aún más las cosas, si cabe:
«Señoras y señores: Uno de los primeros versos del Evangelio según San Juan dice, si no me equivoco, "El Espíritu sopla dondequiera". Y ahora a esta cita voy a agregar otra que parece más diversa (...) Se trata de una cita de Bernard Shaw. A éste le preguntaron: "¿Usted cree realmente que el Espíritu Santo ha escrito la Biblia?", y Bernard Shaw contestó: "No sólo la Biblia, sino todos los libros que vale la pena releer." Es decir, para Bernard Shaw, el Espíritu Santo es lo que antiguamente llamaban la Musa.»

lunes, 28 de mayo de 2007

Los milagros superfluos de Shahrazad y el dejarse vivir

Cuenta Borges en "El Sur":
«Ciego a las culpas, el destino puede ser despiadado con las mínimas distracciones. Dahlmann había conseguido, esa tarde, un ejemplar descabalado de las Mil y una noches, de Weil; ávido de examinar ese hallazgo, no esperó que bajara el ascensor y subió con apuro las escaleras; algo en la oscuridad le rozó la frente ¿un murciélago, un pájaro? En la cara de la mujer que le abrió la puerta vio grabado el horror, y la mano que se pasó por la frente salió roja de sangre.»
Unas tres páginas más tarde en la edición de Ficciones en Alianza, tras una dolorosa convalecencia y quién sabe qué artificios y espejismos borgianos, el sujeto viaja al Sur.
«A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dahlmann recorrió los vagones y dio con uno casi vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna vacilación, el primer tomo de las Mil y una noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un desafío alegre y secreto a las frustradas fuerzas del mal.

A los lados del tren, la ciudad se desgarraba en suburbios; esta visión y luego la de jardines y quintas demoraron el principio de la lectura. La verdad es que Dahlmann leyó poco; la montaña de piedra imán y el genio que ha jurado matar a su bienhechor eran, quién lo niega, maravillosos, pero no mucho más que la mañana y que el hecho de ser. La felicidad lo distraía de Shahrazad y de sus milagros superfluos; Dahlmann cerraba el libro y se dejaba simplemente vivir.»
La desdicha del pobre Dahlmann –el accidente– fue efecto de la avidez: el deseo de leer, en concreto las Mil y una noches con sus mil y un artificios (¿de evasión de la realidad?). Identifica el mal con aquella mala pasada que le jugó la sed, pero no odia el libro; lo lleva consigo. En contacto con la mañana, sin embargo, los milagros de Shahrazad no son nada al lado del simple dejarse vivir. Dahlmann desvía la mirada del objeto de su deseo: la lectura, el saber. Saborea en cambio el paisaje, la mañana, el hecho de ser; se abandona. En la felicidad, todo artificio resulta superfluo.

Estas ficciones de Shahrazad, que distraen de lo real; esta avidez de leer, que provoca enfermedad como todo dejarse llevar por la sed de cosas exteriores, me recuerdan a un aviso de San Pedro de Alcántara (leído en Esperando nacer) cuya lectura –creo– no ha de ser sólo moral, al menos para ver alguna relación con el texto de Borges. Dice así:
«Contra la tentación del demasiado apetito de saber y estudiar, el primer remedio es considerar cuánto más excelente es la virtud que la ciencia, y cuánto más excelente la sabiduría divina que la humana, para que por aquí vea el hombre cuánto más se debe ocupar en los ejercicios por do se alcanza la una que la otra. Tenga la gloria de la sabiduría del mundo, las grandezas que quisiere, que al fin se acaba esta gloria con la vida. Pues, ¿qué cosa puede ser más miserable que adquirir con tanto trabajo lo que tampoco se ha de gozar? Todo lo que aquí puedes saber es nada. Y si te ejercitares en el amor a Dios, presto le irás a ver, y en él verás todas las cosas. "Y el día del juicio no nos preguntarán qué leímos, sino qué hicimos; ni cuán bien hablamos o predicamos, sino cuán bien obramos".»
La sabiduría divina y la raíz de ese obrar tienen algo que ver, me parece, con un cierto dejarse vivir, por otro o desde otra instancia. Acaso no muy lejos del abandono puntual de Dahlmann al hecho de ser.

jueves, 10 de mayo de 2007

Y en la tristeza...

«Y en la tristeza y desolación del pueblo, mientras cantan las mujeres en el templo, los pajarillos no cesan de piar en las arboledas, ni el canto de las currucas deja de oírse en las ramas secas de los naranjos.»
Mariano Azuela, Los de abajo.

Un párrafo de ésos que a uno se le presentan como un enigma escondido. Tiene algo, piensa uno, y no sé qué. En medio de la tristeza y la desolación, armonía. Cantan las mujeres en el templo y hay un canto, natural, que no cesa, que estaba ya antes de la tristeza, la desolación y las mujeres en el templo. Hay una música que trasciende lo humano y, sin embargo, toda esa pobreza humana ocupa su lugar en ella. Acaso un lugar especial, se podría pensar, o simplemente el lugar que le corresponde: ahí junto a los pajarillos, las currucas, las ramas secas. Y acaso no un lugar sino la obra toda, y el piar incesante en la pobreza. Y, como dijo la santa, todo está bien. Continúa el canto misterioso, que nunca deja de oírse porque siempre está, también ahí o justo ahí, entonces, en la tristeza.

miércoles, 25 de abril de 2007

Dos sobre la inutilidad del arte

Paul Auster, en su discurso de recepción del Premio Príncipe de Asturias de las Letras, reflexionando sobre la escritura:
«¿Y por qué se empeñaría alguien en hacer una cosa así? La única respuesta que se me ha ocurrido alguna vez es la siguiente: porque no tiene más remedio, porque no puede hacer otra cosa. (...) Pero ¿con qué objeto? ¿Qué sentido tiene el arte, y en particular el arte de narrar, en lo que llamamos mundo real? Ninguno que se me ocurra; al menos desde el punto de vista práctico. (...) En otras palabras, el arte es inútil, al menos comparado con, digamos, el trabajo de un fontanero, un médico o un maquinista. Pero ¿qué tiene de malo la inutilidad? ¿Acaso la falta de sentido práctico supone que los libros, los cuadros y los cuartetos de cuerda son una pura y simple pérdida de tiempo? Muchos lo creen. Pero yo sostengo que el valor del arte reside en su misma inutilidad; que la creación de una obra de arte es lo que nos distingue de las demás criaturas que pueblan este planeta, y lo que nos define, en lo esencial, como seres humanos. Hacer algo por puro placer, por la gracia de hacerlo
Ernestina de Champourcin, en su Antipoética:
«¡Poetas amigos, ayudadme! ¿Escribimos en realidad para algo, para alguien? Me pongo a pensar, hago examen de conciencia y llego a una conclusión que me resulta tristísima. No, para nada, para nada, y lo que es peor, para nadie. ¿Es posible tanto vacío? Pero de repente mi admirado, querido y constante amigo Juan Ramón viene en mi ayuda. Él sabe muy bien que el poeta escribe porque sí, porque le sale y a fin de cuentas porque Dios quiere

sábado, 31 de marzo de 2007

Árboles trasnochadores


Augusto Pérez, personaje de la novela (o nivola) Niebla, de Miguel de Unamuno, contempla los árboles de la plazuela de su barrio. Y piensa:
«Y estos pobres árboles, ¿son ellos? Se les cae la hoja antes, mucho antes que a sus hermanos del monte, y se quedan en esqueleto, y estos esqueletos proyectan su recortada sombra sobre los empedrados al resplandor de los reverberos de luz eléctrica. ¡Un árbol iluminado por la luz eléctrica! ¡qué extraña, qué fantástica apariencia la de su copa en primavera cuando el arco voltaico ese le da aquella apariencia metálica! ¡y aquí que las brisas no los mecen...! ¡Pobres árboles que no pueden gozar de una de esas negras noches del campo, de esas noches sin luna, con su manto de estrellas palpitantes! Parece que al plantar a cada uno de estos árboles en este sitio les ha dicho el hombre: "¡tú no eres tú!" y para que no lo olviden le han dado esa iluminación nocturna por luz eléctrica... para que no se duerman... ¡pobres árboles trasnochadores! ¡No, no, conmigo no se juega como con vosotros!»*
Augusto proyecta en los árboles sus propias angustias existenciales pero, al mismo tiempo, su pensamiento parece imbuido de una compasión sincera ante los seres vivos que tiene enfrente. Probablemente, el amor y el dolor que ha experimentado le han abierto el corazón, y es capaz de ver la vida ya no sólo en él, sino en los otros; incluso, en este momento, en los árboles.

Pobres árboles, «domésticos, urbanos, en correcta formación, que recibían riego a horas fijas, cuando no llovía, por una reguera y que extendían sus raíces bajo el enlosado de la plaza; aquellos árboles presos que esperaban ver salir y ponerse el sol sobre los tejados de las casas; aquellos árboles enjaulados, que tal vez añoraban la remota selva...»

Y a uno se le ocurre preguntarse: ¿qué diría ante esto Bárbol, el viejo Fangorn, pastor de árboles en la novela de Tolkien? «Nadie está enteramente de mi lado», dijo. Y esto es tan verdad hoy como en aquel tiempo remoto –atemporal–, si no más. Si ya en aquellas páginas se quejaba de la destrucción de los bosques por la mano del hombre, hoy clamaría al cielo gritando una vez más –y nosotros haríamos bien en acompañarle–: «Muchos de estos árboles eran mis amigos, criaturas que conocía en la nuez o en el grano; muchos tenían voces propias que se han perdido para siempre. Y ahora hay claros de tocones y zarzas donde antes había avenidas pobladas de cantos. He sido perezoso. He descuidado las cosas. ¡Esto tiene que terminar!»**

Tomar conciencia real de haber descuidado las cosas sería cobrar conciencia de la responsabilidad cósmica del ser humano, tan inseparable de su libertad como las dos caras de una moneda. La auténtica libertad de la que brota el ser humano –libertad para amar– conlleva cuidar de las cosas que se nos han dado. Sólo desde ahí es posible entender justamente, creo, las palabras del Génesis: «Dijo Dios: "Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento.» (Gn 1, 29). Cuando al ser verdaderamente libre se le da, su reacción no pasa por poseer, dominar, agotar. No desde la libertad, no desde la humanidad.

Pero volviendo a la novela de Unamuno y al particular ser y estar de los árboles urbanos, sería bueno quizá mirar la escena desde otra perspectiva, pues no todos los ojos los miran con dolor. «Era la plaza un remanso de quietud donde siempre jugaban algunos niños, pues no circulaban por allí tranvías ni apenas coches, e iban algunos ancianos a tomar el sol en las tardecitas dulces del otoño, cuando las hojas de la docena de castaños de Indias que allí vivían recluidos, después de haber temblado al cierzo, rodaban por el enlosado o cubrían los asientos de aquellos bancos de madera siempre pintada de verde, del color de la hoja fresca. (...) Y jugaban los niños entre las hojas secas, jugaban acaso a recojerlas, sin darse cuenta del encendido ocaso.»

Los árboles, con su presencia en la ciudad, nos dan alegría, belleza, vida. Muchas veces, en nuestra vida diaria, nos beneficiamos de su influjo; lo sentimos sobre todo en primavera, cuando el florecer exultante nos invita a sonreír. ¿Damos las gracias por este don? Ahí están ellos, domesticados, trasnochadores, iluminados de noche por nuestra luz artificial. Pero, sí, vigilantes, amorosos, pues no retienen nada de sí mismos. Todo lo dan. Son, en este sentido, ejemplares. Thich Nhat Hanh lo dice de maravilla:
«El hecho de que un árbol es un árbol es muy importante para nosotros. Nos beneficiamos un montón de que el árbol es árbol. De la misma manera, una persona debería ser una persona. Si una persona es verdaderamente persona, viviendo feliz, sonriente, entonces todos nosotros, todo el mundo, se beneficiará de esta persona. Una persona no tiene que hacer un montón de cosas para salvar el mundo. Una persona ha de ser una persona. Esto es el fundamento de la paz.»
Tal vez sólo desde la paz así entendida sea posible volver a decir a los árboles –por utilizar las palabras de Augusto Pérez–: "tú eres tú"; o simplemente restablecer una relación de respeto con las cosas que están a nuestro cuidado. Quizá también por eso Tolkien dijo de Bárbol que, tras su determinación de asumir su responsabilidad, «Fue a grandes pasos hacia la arcada y se detuvo un tiempo bajo la llovizna del manantial. Luego se rió y se sacudió y unas gotas de agua cayeron al suelo centelleando como chispas rojas y verdes. Volvió, se tendió de nuevo en la cama y guardó silencio.»

[*]: Niebla, de Miguel de Unamuno. Cito fragmentos del cap. XIX.
[**]: Las Dos Torres, segunda parte de El Señor de los Anillos, de J. R. R. Tolkien. Citas del cap. IV.
[Imagen: "Fangorn Forest", de Ted Nasmith.]

martes, 27 de marzo de 2007

El amor vence a la muerte

Un poema de César Vallejo:
MASA
Al fin de la batalla,
y muerto el combatiente, vino hacia él un hombre
y le dijo: "No mueras, te amo tanto!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Se le acercaron dos y repitiéronle:
"No nos dejes! ¡Valor! ¡Vuelve a la vida!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Acudieron a él veinte, cien, mil, quinientos mil,
clamando: "Tanto amor y no poder nada contra la muerte!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Le rodearon millones de individuos,
con un ruego común: "¡Quédate hermano!".
Pero el cadáver ¡ay! siguió muriendo.
Entonces, todos los hombres de la tierra
le rodearon; les vio el cadáver triste, emocionado;
incorporóse lentamente.
abrazó al primer hombre; echóse a andar...
Son versos para leer con el corazón. De acuerdo que puede ser lo común en toda poesía, en principio. Pero en éstos hay algo profundo, un movimiento que pretende trascender el pensar corriente. Apela al amor y a la fe. Amor, que comunica a todos los seres entre sí, hace posible un salto de fe, que mueve montañas. La muerte es vencida o trascendida. En la vida y en el arte, esto siempre emociona, porque algo resuena.

Es un poema de una fuerza, una belleza muy especial. Despierta poderosos anhelos de fraternidad auténtica. El muerto resucita –aventuro– no por la voluntad de todos, sino por la caridad de todos. Evoca la idea de masa crítica, pero también la de multiplicidad y unidad reconciliadas. Y esperanza en la resurrección.

Hay otros versos, del Hombre planetario de Jorge Carrera Andrade, que también expresan la fuerza recreadora del amor en términos de resurrección:
Amor es más que la sabiduría:
es la resurrección, vida segunda.
El ser que ama revive
o vive doblemente.
"No creo en la muerte de los que aman, ni en la vida de los que no aman", afirmó Macedonio Fernández. Lo dice en verso así (en sus Poemas):
No a todo alcanza Amor, pues que no puedo
romper el gajo con que Muerte toca.
Mas poco Muerte puede
si en corazón de Amor su miedo muere.
Mas poco Muerte puede, pues no puede
entrar su miedo en pecho donde Amor.
Que Muerte rige a Vida; Amor a Muerte.
[La imagen es un dibujo de Louis Cattiaux titulado "El salvador. La resurrección". En Física y metafísica de la pintura.]

lunes, 26 de marzo de 2007

Anarquista místico

Un fragmento de Niebla, de Miguel de Unamuno:
«–¡Bravo! –exclamó el tío– ¡bravo! ¡bravo! ¡He aquí un héroe! ¡he aquí un anarquista... místico!
–¿Anarquista? –dijo Augusto.
–Anarquista, sí. Porque mi anarquismo consiste en eso, en eso precisamente, en que cada cual se sacrifique por los demás, en que uno sea feliz haciendo felices a los otros, en que...
–¡Pues bueno te pones, Fermín, cuando un día cualquiera no se te sirve la sopa sino diez minutos después de las doce!
–Bueno, es que ya sabes, Ermelinda, que mi anarquismo es teórico... me esfuerzo por llegar a la perfección, pero...»
–Pero don Fermín, lo que usted quiere ser es cristiano.
–Eso, cristiano, o simplemente... ¡un ser humano!

lunes, 19 de marzo de 2007

Sobre la influencia de la música


«El espíritu de Yahvé se había apartado de Saúl y un espíritu malo que venía de Yahvé le infundía espanto. Dijéronle, pues, los servidores de Saúl: "Mira, un espíritu malo de Dios te infunde espanto; permítenos, señor, que tus siervos que están en tu presencia te busquen un hombre que sepa tocar la cítara, y cuando te asalte el espíritu malo de Dios tocará y te hará bien." Dijo Saúl a sus servidores: "Buscadme, pues, un hombre que sepa tocar bien y traédmelo." Tomó la palabra uno de los servidores y dijo: "He visto a un hijo de Jesé el belenita que sabe tocar; es valeroso, buen guerrero, de palabra amena, de agradable presencia y Yahvé está con él." Despachó Saúl mensajeros a Jesé que le dijeran: "Envíame a tu hijo David, el que está con el rebaño." Tomó Jesé un asno, pan, un odre de vino y un cabrito y lo envió a Saúl por medio de su hijo David. Llegó David donde Saúl y se quedó a su servicio. Saúl le cobró mucho afecto y lo hizo su escudero. Mandó Saúl a decir a Jesé: "Te ruego que David se quede a mi servicio, porque ha hallado gracia a mis ojos." Cuando el espíritu de Dios asaltaba a Saúl, tomaba David la cítara, la tocaba, Saúl encontraba calma y bienestar y el espíritu malo se apartaba de él
(1 S 16, 14-23).
La música que toca David alivia el sufrimiento de Saúl. Con ella encuentra calma y bienestar. Mitiga la desarmonía que padece en su interior. Este problema, cuyo origen está en el vivir de espaldas a Dios, recibe solución desde la misma instancia misteriosa, pues David ha sido llevado hasta ahí por Yahvé (y aún habrá de jugar, por cierto, más papeles en su gran música).

Una nota de la edición que uso dice que la música "se utilizó en toda la antigüedad tanto para excitar el espíritu bueno como para ahuyentar el mal espíritu". La música amansa a las fieras, se dice. Cabría preguntarse si del ejemplo de Saúl y David se puede inferir que ésa es la función primordial de la música: aliviar el alma, ahuyentar el "mal espíritu". Desde luego, aun aceptando en alguna medida esta premisa, ello no debería llevarnos a pensar que la música que cumpla esta condición sea buena y la que no mala. Pero da que pensar. Y quizá la reflexión le lleve a uno a decir, como David más adelante en su peripecia: "No puedo caminar con esto..." (1 S 17, 38-39); y a quitarse de encima lo que molesta para caminar.

Pero no estoy seguro de que el camino haya de pasar por ahí en la relación con la música. Tal vez sí, tal vez no. Ese quitarse la armadura de encima es en David un gran paso de fe, y creo que ahí reside lo importante de su gesto. Mi reflexión pretende hacer referencia a lo que atañe a la música como arte que influye en los estados anímicos del ser humano, e incluso de un modo físico y bien patente, como puede deducirse de los descubrimientos de Masaru Emoto en relación con el holismo del agua. Y es que suenan hoy algunas músicas que no sólo no excitan el "espíritu bueno" y no ahuyentan el "mal espíritu", sino que las cosas parecen darse la vuelta en ellas, resultando que se ahuyenta la calma y el bienestar y se excitan las emociones destructivas, la desarmonía, el espanto. Uno no tiene más que comprobar honestamente el efecto que unas y otras músicas provocan en su estado.

Esto, y siempre, sin entrar a juzgar en términos de bueno y malo.

Parece que la música de cada época revela lo que hay, manifiesta el paisaje general. Y, además, influye, se podría decir que desde la emoción o el estado del que surge. Uno se comunica (en el más amplio sentido del término) con el autor de la obra de arte. Y, en este sentido, no ha de ser lo mismo conectar con lo que hay de creador en Bach que hacerlo con alguien representativo del paisaje general actual, en sus más diversas vertientes musicales y emocionales.
Creo que es importante contar con ello, sea cual sea la actitud que cada cual tome ante la cuestión.

[Foto (detalle): Woman playing kithara, 1913.]

lunes, 26 de febrero de 2007

Paisajes sonoros

El investigador de bioacústica Bernie Krauss habla de sus descubrimientos en su conferencia "La desaparición de los paisajes sonoros naturales: implicaciones globales de sus efectos en los seres humanos y en otras especies":
«En su estado puro, donde no existe ningún ruido producido por el hombre, los paisajes sonoros naturales son sinfonías gloriosas. Sin embargo, la desaparición de estos hábitats unida al aumento del clamor humano ha provocado situaciones en las que la comunicación no humana necesaria para la supervivencia de las especies a todos los niveles está en vías de extinción. Al mismo tiempo, se le niega al ser humano una experiencia de la naturaleza salvaje esencial para la interacción con sus semejantes y con su entorno orgánicamente resonante. Además, debido al casi siempre indeseable ruido, los seres humanos pierden con frecuencia la capacidad de comunicarse, incluso entre ellos, por medio del sonido. Los efectos sobre los paisajes políticos, económicos y sociales de nuestra cultura han sido y continúan siendo relevantes. [...] A través de mi ámbito de estudio, he descubierto que en entornos naturales en los que no interviene el sonido producido por los humanos los animales vocalizan entre sí exactamente como lo hacen los instrumentos en una orquesta. Especialmente en tierra esta delicada estructura acústica está casi tan bien definida como lo están las notas sobre una partitura cuando la examinamos gráficamente en forma de lo que a veces llamamos voice prints. [...] Esta frágil trama sonora que he descrito de forma tan simple está siendo destruida por tres factores: uno es la increíble cantidad de ruido que nosotros, los seres humanos, producimos. El segundo, nuestro uso abusivo, en absoluto minimizado, de los preciados recursos naturales, incluso incentivado por los tratados GATT y TLC. Y por último, parece que nos consume la ilimitada necesidad de conquistar el mundo natural más que la de encontrar una vía para convivir en consonacia con él. [...]». [Visto en LdN.]

viernes, 16 de febrero de 2007

Literatura, compromiso y evasión

Se habla a veces, con tono más o menos peyorativo, de literatura de evasión, oponiéndola a una literatura al parecer seria, comprometida, en contacto con la realidad. Me pregunto cuánto hay de verdadero y cuánto de ilusorio en esta distinción.

¿Es justo decir que existe una literatura comprometida y otra de evasión? Quizá el problema resida en el significado que se da a tales términos.

¿Compromiso con qué? ¿Con la realidad? Y ¿qué es la realidad? La Odisea es una obra profundamente comprometida con la realidad honda del ser humano. ¿Acaso el hecho de que esté compuesta en clave mítica la convierte en literatura de evasión? Sin ir tan lejos (nadie osaría desmerecer a Homero), El Señor de los Anillos es mirado con desprecio por muchos académicos. ¿En qué se basan para descalificar la novela de Tolkien como literatura de evasión? ¿En la clave mítica en que está escrita? En que su finalidad es entretener, dirá alguno, pero ¿acaso no es ése un rasgo común a toda novela?

Si admitimos los conceptos de compromiso y evasión en relación a la literatura, creo que es justo reconocer que no se encuentran tanto en la apariencia externa como en su calidad íntima.

Kafka afirma que un libro tiene razón de ser sólo si sirve para romper el mar congelado que llevamos dentro. Es decir, que ha de remover algo en nuestro interior; ha de servir de revulsivo contra esa tendencia a la solidificación que impide al hombre mirar con ojos limpios en su interior y, desde ahí, al mundo. Para que esto sea posible, me parece, es necesario que haya un rayo de luz en la composición de la obra. Inspiración y arte. Calidad íntima, y no tanto pretensión de realidad.

Pero, de cualquier modo, podemos dar un paso más y preguntar: ¿dónde las letras impresas se tornan literatura? No en un libro sino en la mente. En última instancia es el lector quien, con su actitud, desde su lectura personal, se evade de la realidad o se compromete con ella.

No me parece injusto, pues, concluir que compromiso y evasión se juegan ante todo en un ámbito mental. Es, principalmente, un problema de actitud.

[Publicado en el Sitio de Ciencia-Ficción el 18 de febrero de 2007; en la revista La Clamor de Monzón, nº 958, el 23 de febrero de 2007.]

viernes, 26 de enero de 2007

La música del agua


«E Ilúvatar habló a Ulmo, y le dijo: –¿No ves cómo aquí, en este pequeño reino de los Abismos del Tiempo, Melkor ha declarado la guerra contra tu provincia? Ha concebido un frío crudo e inmoderado, y sin embargo no ha destruido la belleza de tus fuentes, ni la de tus claros estanques. ¡Contempla la nieve y la astuta obra de la escarcha! Melkor ha concebido calores y fuegos sin restricción, y no ha podido marchitar tu deseo ni ahogar por completo la música del mar. ¡Contempla más bien la altura y la gloria de las nubes, y las nieblas siempre cambiantes! ¡Y escucha la caída de la lluvia sobre la Tierra! Y en estas nubes eres llevado cerca de Manwë, tu amigo, a quien amas.
Respondió entonces Ulmo: –En verdad, mi corazón no había imaginado que el agua llegara a ser tan hermosa, ni mis pensamientos secretos habían concebido el copo de nieve, ni había nada en mi mùsica que contuviese la caída de la lluvia. Iré en busca de Manwë; ¡y juntos haremos melodías que serán tu eterno deleite!– Y Manwë y Ulmo fueron desde el principio aliados, y en todo cumplieron con fidelidad los propósitos de Ilúvatar.»
De la Ainulindalë, en: J. R. R. Tolkien, El Silmarillion, Minotauro, Barcelona, 1998, p. 19.

[La foto (detalle) es de un amigo. Gracias, Andrés.]

lunes, 22 de enero de 2007

El movimiento de los átomos

Pseudópodo escribió hace poco un artículo donde extraía una cita del libro ¿Qué es la vida? de Erwin Schrödinger. Este científico llegó, mediante el pensamiento discursivo, a un callejón sin salida, una contradicción entre dos premisas:
«I. Mi cuerpo funciona como un mecanismo puro que sigue las leyes de la Naturaleza.
II. Sin embargo, mediante experiencia directa incontrovertible, sé que estoy dirigiendo sus movimientos, cuyos efectos preveo y cuyas consecuencias pueden ser fatales y de máxima importancia, caso en el cual me siento y me hago enteramente responsable de ellas.»
Su conclusión:
«...que yo –es decir, yo en el sentido más amplio de la palabra, o sea, toda mente consciente que alguna vez haya dicho o sentido "Yo"– soy la persona, si es que existe alguna, que controla "el movimiento de los átomos", de acuerdo con las leyes de la naturaleza.»

martes, 16 de enero de 2007

Sobre el "ojo por ojo"

La ejecución de un exdirigente político ocurre por lo general desde una pretensión de justicia. Pero siempre deberíamos analizar detenidamente todo deseo de justicia y comprobar si pretende restaurar una situación de armonía que ha sido rota o si, por el contrario, se mueve por la sed de venganza. Y es que vengarse, matar al culpable, no armoniza nada, no arregla nada. No es hacer justicia, ni siquiera cuando el "ajusticiado" es alguien responsable de tanta muerte y dolor como en este caso. La violencia no se arregla con más violencia. Nunca lo ha hecho; la experiencia lo demuestra.

La pena de muerte es el intento de legitimación cultural, social, estatal, del deseo de venganza, algo que no produce jamás paz y reconciliación, sino miedo, resentimiento, odio y más violencia. Pero el asesinato de una persona nunca puede ser legítimo, porque se da precisamente desde esas emociones (justificadas o no mediante la razón), que atrapan al individuo o a la institución, lo que deslegitima todo acto que surja desde ahí.

En realidad, el ahorcamiento de aquel dictador es otra manifestación de la penosa situación en que se encuentra la humanidad. Es fácil constatar que hay mucho odio, mucho dolor, y con hechos como éste no se hace sino añadir más leña al fuego. La ley del Talión ha de entenderse en el contexto histórico en que surgió. Quizá, en cierto momento de la historia de la humanidad, la legislación del "ojo por ojo, diente por diente" representó un cierto avance respecto a barbaridades aún peores, pero el ser humano ha madurado desde entonces. Sabemos que la única salida, la única forma de encontrar soluciones reales a los conflictos, pasa por el diálogo entre las distintas partes desde el respeto mutuo, considerando al otro como legítimo desde sí. Sin embargo, todavía hoy quedan restos de esa extraña, terrible, ciega lógica que se alimenta del odio y el miedo.

Si queremos un mundo donde se pueda vivir en paz y estamos dispuestos a mirar a nuestro alrededor desde la verdadera libertad, haríamos bien en superar esa lógica perversa que tan a menudo en la historia ha sido utilizada por el poder para imponer y dominar. Los sabios, que son los más libres entre los hombres, lo han dicho muy claro:

"Ojo por ojo, y el mundo se quedará ciego" (Gandhi).