sábado, 24 de marzo de 2012

Origen y presente: Prefacio

Esto lo escribí hace unos meses, cuando empecé a leer el libro Origen y presente, de Jean Gebser, con la idea de ir anotando en un blog mis impresiones durante el proceso de lectura, tal como expliqué en el último post. Fue la primera y última (por ahora) de esas notas.

*

"El origen siempre está presente. No es un comienzo, puesto que todo comienzo está ligado al tiempo. Y el presente no es el mero ahora, el hoy o el instante. No es una parte del tiempo, sino un resultado integral y, en consecuencia, siempre originario. Quien sea capaz de llevar a efecto y a la realidad el origen y el presente como integridad, quien sea capaz de concretarlos, superará el principio y el fin y el mero tiempo actual."

Casi nada. Así comienza el prefacio de Jean Gebser a su obra Origen y presente. Hay que leerlo unas cuantas veces para empezar a enterarse. En un párrafo está diciendo algo muy fuerte y profundo, que desestabiliza por completo la concepción habitual de la realidad. El origen siempre está presente. Es decir, en todo momento, ayer, hoy, mañana y el año que viene. Luego el origen no tiene que ver con el tiempo, con nuestro tiempo lineal, el tiempo de la cabeza, del pensamiento discursivo, del lenguaje, de la sucesión. Lo que está ligado al tiempo es el comienzo y el final. Todo lo que tiene un comienzo, tiene un final. Lo fenoménico empieza y termina, las personas, los seres vivos, las cosas, nacen y mueren en ese nivel. Pero el origen no es un comienzo, por tanto está más allá de ese proceso inexorable que afecta a las cosas en el mundo manifestado. No está limitado por el tiempo. Entonces, ¿qué es el origen? Dicen que las preguntas son mucho más importantes que las respuestas. Como no tengo respuesta, quedémonos con la pregunta.

"El presente no es el mero ahora, el hoy o el instante", dice. Es decir, que no es una parte del tiempo, no es un segmento de tiempo, ni pequeño ni grande. Luego el presente no tiene extensión en el tiempo, es decir, hablando propiamente, no tiene duración. No es "el mero ahora", de acuerdo, pero también podemos decir, supongo, que es el Ahora. Lo del "resultado integral" se me escapa. ¿Resultado de qué? Habrá que esperar a más adelante para aclararlo. Pero imagino que se refiere a que el presente no se limita a un segmento de tiempo, sino que es la integridad de todo tiempo, la totalidad de lo que es, más allá de las limitaciones ilusorias de pasado y futuro. Como el presente no es una parte sino el todo, como no está limitado por el tiempo, "es siempre originario". Creo entender que el presente, entonces, es constantemente originado. En otro lenguaje: Dios está creando el mundo instante tras instante. Entonces, el presente no es consecuencia de un tiempo anterior, puesto que el presente abarca todo tiempo. El origen es lo que origina el presente. El origen está siempre en el presente. ¿Voy bien, señor Gebser? Ya lo iremos viendo.

Es complicado, difícil de penetrar. Y es profundo y resuena. Está diciendo, me parece, lo mismo que las tradiciones espirituales. La última frase, de hecho, parece una invitación a andar el camino (emprender la búsqueda, realizar la Gran Obra, etc.). Invita a "llevar a efecto y a la realidad", a "concretar", el origen y el presente como integridad. Con otras palabras, podríamos decir que se trata de actualizar la naturaleza esencial, ¿o también trascender las limitaciones del ego, que es, parece ser, donde opera el tiempo? Quien lo haga, "superará el principio y el fin y el mero tiempo actual". Es decir, será libre de las ataduras del tiempo y del nacer y morir. Pero esto no es un logro de algo externo, no es algo que conseguir, puesto que si uno puede superar el tiempo, eso significa que el origen está ya en él como algo a actualizar, o que vive en el origen, es decir, desde siempre y para siempre, sólo que en su estado actual está limitado por el tiempo a cierto nivel, debido a razones que el autor, supongo, explicará más adelante con su lenguaje.

sábado, 17 de marzo de 2012

Carta abierta a un amigo: Sobre Origen y presente

Querido P.:

Me pides que te cuente algo acerca de Origen y presente, de Jean Gebser. Como te dije en una carta anterior, hace un tiempo creé un blog con la intención de hacer un seguimiento de mi lectura del libro, que había emprendido con muchas ganas. Mi idea era ir escribiendo conforme leía sus capítulos, reflexionando y comentando al mismo tiempo que se desarrollaba el diálogo entre el autor y yo, documentando lo que fuera surgiendo en el proceso: las dificultades, las comprensiones, las resonancias, los gustos y rechazos que me suscitara.

Se quedó en nada. La enormidad, la complejidad y la densidad del librito (con sus novecientas y pico páginas, incluyendo el extenso aparato de notas), me hicieron pensármelo mejor. Vamos, que no me vi capaz de procesar en mi interior la información y la profundidad de cada capítulo y convertirla en un post coherente. Tal vez lo haga cuando lo lea por segunda vez. En lugar de eso, preferí sumergirme en su lectura, con calma y sin presiones, pero sin pretender profundizar demasiado, detenerme o volver sobre mis pasos. Me costó unos dos meses.

Dicho esto y para contestarte, tengo que decirte que ha merecido la pena. Es un libro para releerlo y estudiarlo en profundidad, y parece resultar difícil incluso a los especialistas, por lo que me han comentado de un caso en particular. Pero yo, de momento, me conformo con una primera lectura. Te puedo decir que, para mí, con todo lo denso que se me ha hecho a veces, leerlo ha sido un diálogo muy enriquecedor, aun habiendo hecho sólo una lectura superficial. Ha hecho tambalear ideas que tenía asentadas desde hace años y ha arrojado luz sobre ciertas cosas. Y aún lo sigue haciendo, una vez devuelto a la estantería. En algunos momentos, ha resultado inspirador. En otros, me ha suscitado rechazos, lo cual siempre es de agradecer, para ver los propios apegos.

Ahora voy a intentar resumirte brevemente el libro. Expone su tesis sobre la naturaleza de la conciencia, o más bien su despliegue a lo largo de la historia del hombre. Pero más que una tesis es un intento de explicar con palabras un saber experiencial, una verificación. De aquí parten las ideas que otros autores han divulgado sobre los distintos niveles de la conciencia (arcaica, mágica, mítica, mental), que han ido apareciendo en la historia y que perviven en nosotros, actualmente de forma no armónica, debido a los problemas generados por la conciencia racional, desarrollo deficiente de la conciencia mental. Su propuesta es el próximo paso, la conciencia integral, que integra y restituye en su lugar, armónicamente, a todas las anteriores, y que el autor veía asomar ya en su época (el libro se publicó en 1949-1953) en manifestaciones artísticas y otros síntomas. En la primera parte, explica y desarrolla las distintas conciencias y su relación entre sí. En la segunda parte, habla más detalladamente de esas pistas que encuentra en el arte pictórico, la literatura, la música, las ciencias, la filosofía y otros campos. Para él, la clave se encuentra en la aparición del tema del tiempo, ya que una de las características fundamentales de la nueva conciencia es la libertad del tiempo.

Tal vez podría decirse que el enfoque del libro es más o menos antropológico, pero es también un libro espiritual, porque incluye y apunta a la dimensión espiritual del ser humano, lo que él llama el origen siempre presente, que se actualiza a través del despliegue de la conciencia, y que, de acuerdo con el autor, se hará efectivo para la humanidad al alcanzarse y asentarse la conciencia integral, y se hace efectivo en cada uno de nosotros en la medida en que vivimos en el presente y abiertos a esa realidad de fondo, reconociendo y dando presencia (podría decirse así) a los distintos niveles que operan en nosotros, liberándonos de su influencia sin reprimirlos. Al mismo tiempo, es un libro muy muy erudito, y también muy serio y riguroso, muy honesto en su exposición, y muy crítico con las corrientes de pseudoespiritualidad, ocultismo, espiritismo, y otras de esa índole, que él explica como un retroceso a lo mágico. Si lo que te he contado te suena un poco a new age en el sentido despectivo que se suele dar a la expresión, te recomendaría que le dieras aun así una oportunidad. Esa etiqueta, por lo demás, me parece muy injusta, porque con ella se meten en el mismo saco, sin distinción, cosas de muy distinta naturaleza. En el caso de Gebser, está especialmente fuera de lugar, y de hecho, desde su teoría es posible discernir muy bien entre el grano y la paja. Diría que es un libro muy en sintonía con la espiritualidad tradicional, particularmente el cristianismo y el Zen, aunque evita entrar en los terrenos de la mística o la teología, y habla siempre con un lenguaje propio, funcional, de acuerdo a su deseo de transmitir una visión actual y abierta de la realidad. Por otra parte, es bastante crítico con los tradicionalistas tipo Guénon, así que no hay dónde encasillarlo. Por otro lado, ha influido mucho en diversos autores serios. Que yo conozca, Ken Wilber; supongo que conoces sus estudios sobre la conciencia.

Como ves, al final me he animado a escribir algo sobre el libro. Y lo he hecho abriendo un blog, así que te agradezco la petición, que me ha impulsado a retomar la idea y empezar a escribir. No será el blog temático sobre Origen y presente que había planeado, aunque posiblemente escribiré alguna cosa sobre él aquí. De momento, si te interesa el tema de la conciencia, y sabiendo que te interesa la ciencia, la religión y sus roces, yo te lo recomendaría sin dudar, porque me parece muy clarificador en ese tema. Además, otro aliciente para ti es que en el libro habla bastante de física cuántica, que creo que te interesa. Heisenberg en particular admiraba la obra de Gebser, por cierto.

Nos seguimos leyendo.

Un abrazo,
D.

martes, 5 de enero de 2010

Hacer la paz con la Tierra

Un texto de Raimon Pannikar, que comento más abajo. Desconozco su origen; lo he encontrado en Geosofía:

«Ninguna tentativa de restauración ecológica del mundo tendrá éxito mientras no lleguemos a considerar la Tierra como nuestro cuerpo y el cuerpo como nuestro Sí. Pero si «nuestro» se entendiera en el sentido de propiedad privada e individual, incurriríamos en una deformación del concepto. Ni la tierra ni el cuerpo, ni el Sí se identifican con mi (psicológico) ego. Nosotros somos copartícipes de la Palabra, como dicen los Vedas y repite el Evangelio, identificando la Palabra con la Vida divina, la Vida con la Luz y la Luz con Dios. El problema ecológico es estrictamente teológico y viceversa. La tradición judaica nos habla del pacto de alianza con Noé. Una de nuestras tareas más urgentes e importantes es justamente un pacto de alianza con la tierra. El movimiento ecológico no es otro modo tecnológico de explotación más racional y duradero de la tierra. Si pretende ser una eco-filosofía digna de tal nombre, esto requiere una relación completamente distinta con la tierra. La tierra no es un objeto ni de conocimiento ni de codicia. La tierra es parte de nosotros mismos; de nuestro Sí.

Hay movimientos que promueven la ratificación de un pacto de alianza con la tierra. Se trata de un pacto de fidelidad con nosotros mismos. Es una cuestión de sensibilidad, y es precisamente esto lo que me ha inducido a calificar la escisión del átomo –salvando todas las buenas intenciones– como aborto cósmico. Nosotros matamos y sacamos del vientre mismo de la materia esas partículas de energía suplementaria que necesita nuestra avidez porque hemos quebrantado el ritmo de la naturaleza. Cuando se mezcla la política, ya no se tortura simplemente a este o aquel animal: se tortura a la naturaleza. Paz no significa mirada idílica o idealista de total pasividad y tampoco una idea estática de la vida, como si no fueran necesarios los metabolismos positivos y negativos. El animal no «mata», come. Cuando el hombre sigue a la naturaleza, no explota, sino crece y evoluciona. La cadena del ser, o la rueda de la existencia, es algo vivo. Hay intercambio y muerte. Pero hay también resurrección. La paz con la tierra excluye la victoria sobre la tierra, su sumisión y su explotación para nuestro uso y consumo. Requiere colaboración, sinergia y nueva consciencia.»

Hace falta establecer una relación completamente distinta con la Tierra. ¿Qué tipo de relación? Creo que una relación de respeto, en la que la Tierra sea vista no como un objeto de explotación para nuestro uso y consumo, no como un medio para lograr un fin o como un obstáculo para nuestros fines de acuerdo a los deseos de egos individuales o colectivos, sino como ese hogar que debemos cuidar y ese cuerpo vivo que sustenta y acoge al hombre y a otras especies, del que formamos parte. Si queremos sobrevivir, tenemos que vivir en el amor, tal como todas las demás formas de vida hacen, cada una a su nivel. Para eso habremos de renunciar al crecimiento desmesurado y a muchas de nuestras comodidades materiales, conseguidas a costa de los demás y de la naturaleza. Hace falta un cambio de mentalidad, un cambio de conciencia. Porque vivir en este planeta requiere fluir en armonía con los procesos naturales, con los demás seres vivos, con humildad y respeto, algo que nuestros antepasados conocían y que hemos descuidado en nombre de la razón y el progreso, ofuscados por el deseo de poder. No explotar sino explorar, cuidar la vida, porque todos los seres estamos profundamente interconectados, porque todos somos esa Vida, esa misma vida que es el animal, la planta, la Tierra.

Aun visto el asunto desde una perspectiva de lenguaje un poco diferente, la del hombre como centro de la Creación (en tanto que vida autoconsciente), se trata de lo mismo. En este sentido, no se nos confió el jardín para explotarlo, sino para cuidarlo. Tomar conciencia real de haber descuidado las cosas sería cobrar conciencia de la responsabilidad cósmica del ser humano, inseparable de su libertad. La auténtica libertad del ser humano –libertad interior, libertad para amar– conlleva cuidar de las cosas que se nos han confiado. Sólo desde ahí es posible entender justamente, creo, las palabras del Génesis: «Dijo Dios: "Ved que os he dado toda hierba de semilla que existe sobre la faz de toda la tierra, así como todo árbol que lleva fruto de semilla; os servirá de alimento.» (Gn 1, 29). Cuando al ser verdaderamente libre se le da, su reacción no pasa por poseer, dominar, agotar. No desde la libertad consciente que está emergiendo, no desde la conciencia de ser lo que se es, creo yo.

Un ejemplo de ese pacto con la tierra que R. Pannikar sugiere: la Carta de la Tierra.
Un artículo recomendado: "Tierra y Humanidad: una comunidad de destino", de Leonardo Boff.
Otro post de este blog: "Árboles trasnochadores".

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Sobre la atención y la dispersión en el mundo actual

Creo que es un hecho que a los niños y a los adolescentes de hoy les cuesta cada vez más estar atentos a una sola cosa durante un período más o menos razonable de tiempo. Lo puedes ver cuando interactúas con ellos. Sobre todo les ocurre a muchos adolescentes: están a menudo dispersos, tienen muchos frentes abiertos, están pendientes de muchas cosas, y eso genera, para empezar, problemas de aprendizaje en la escuela. Pero se trata de un problema que nos afecta a todos y me parece que está aumentando.


Las causas

Es un fenómeno multifactorial, pero creo que la razón fundamental es ésta: la sociedad fomenta la dispersión, de forma consecuente con la cultura egoica de la que es expresión. Vivimos en una sociedad en la que somos bombardeados por múltiples fuentes de información desde que nos levantamos hasta que nos acostamos. Tenemos acceso a muchísima información a través de los medios de comunicación, y la información viene a nosotros aunque no la busquemos. La publicidad está en todas partes, invadiendo nuestro espacio personal. Los móviles, Internet, forman parte de nuestra vida diaria y se vuelven con facilidad adictivos. Se nos ofrecen múltiples formas de ocio para escapar del vacío que sentimos. Y las generaciones que viven de esta manera transmiten esa forma de vivir a sus hijos. La televisión, que para bien o (más a menudo) para mal es uno de los tres pilares actuales (junto con la familia y la escuela) de la educación de los niños, muestra unos modelos que llevan a error, que fomentan una manera de vivir que produce infelicidad, porque surgen de la inconsciencia, del ego o lo que es lo mismo, de los intereses económicos de los grupos empresariales que hay detrás. A los que controlan la televisión les interesa única o principalmente el índice de audiencia, porque en esta cultura lo primero es el beneficio propio, acumular riqueza, el deseo de más, e interesa que el público haga funcionar esa maquinaria. Vivimos en una civilización gobernada por el ego que alimenta al ego, la inconsciencia, la dispersión, más que nunca antes en la historia de la humanidad. De esta manera, se puede manejar al pueblo mucho mejor. A más inconsciencia, menos libertad.


La dispersión es un problema

Últimamente he leído y oído algunos comentarios que presuponen lo siguiente: esta dispersión de los niños y adolescentes (y de los adultos), esa capacidad o hábito de estar constantemente en muchas cosas al mismo tiempo, no es negativa o incluso es positiva. Según este modo de verlo, simplemente ocurre que las cosas cambian y las personas se adaptan al medio, así que el fenómeno puede ser incluso positivo para la evolución del ser humano. O, simplemente, no se juzga el fenómeno, siguiendo esa línea relativista de nuestro tiempo que se niega a reconocer la verdad de cualquier valor.

Yo creo que esa dificultad para estar atento a una sola cosa es un grave problema, que esa dispersión genera dificultades e infelicidad. ¿Por qué? Porque la dispersión es expresión de la inconsciencia y genera inconsciencia. Estar en muchas cosas al mismo tiempo significa que no estamos realmente en ninguna. Somos menos conscientes porque estamos identificados con la multiplicidad del mundo exterior y con la superficialidad de la mente pensante, y perdemos el contacto con la profundidad del mundo interior. Hacer varias cosas al mismo tiempo, como por ejemplo comer y ver la tele, o estar en diez asuntos a la vez al conectarse a Internet (el trabajo, el messenger, las descargas, varias webs abiertas en el navegador, la música...), todo eso provoca fácilmente que nuestra mente esté distribuida en muchos puntos del exterior y nuestra energía dispersa e inefectiva, con lo cual no nos enteramos de lo que estamos haciendo, no nos centramos en nada y nos perdemos en la inconsciencia. Una cosa nos lleva a otra, un enlace nos lleva al siguiente y, cuando nos damos cuenta, estamos en una web que no tiene nada que ver con lo que nos habíamos propuesto buscar en un principio. Hemos caído en la inconsciencia, nos hemos dejado controlar por el medio en lugar de utilizarlo como herramienta. Y, por tanto, somos menos libres.


La dispersión genera infelicidad

¿Por qué la dispersión es garantía de infelicidad? Porque sólo a través de centrarse en lo concreto está uno en contacto con la interioridad y con los pies en la tierra. Sólo metiéndome en la cosa concreta que estoy haciendo me vuelvo más consciente, más despierto y por tanto más libre de los condicionamientos que me limitan a respuestas automáticas. Cuando vivo en el presente, la mente se aclara, los pensamientos se acallan, las emociones que oscurecen la mente se diluyen, y sencillamente surge un bienestar natural que de otro modo no es posible experimentar. Cualquiera puede hacer la prueba para verificarlo por sí mismo: no hay nada mejor para superar un estado mental destructivo que poner toda la atención en lo que se está haciendo en el presente. El presente es esa situación o esa actividad concreta que hay o que estoy haciendo en este momento. Por lo tanto, cultivar la atención a lo concreto favorece la felicidad y la libertad interior, mientras que cultivar la dispersión genera sufrimiento e inconsciencia.

Esto se ha sabido siempre, y siempre se ha fomentado esta manera de vivir en lo concreto, de distintas maneras, desde las tradiciones espirituales y a través de las culturas tradicionales basadas en la interioridad (sobre todo en Oriente). Es una de las cosas que en la cultura moderna se han perdido y a las que se ataca sistemáticamente desde el modelo consumista y capitalista, porque este sistema es fundamentalmente un sistema antiespiritual, materialista y egoísta. Falta la dimensión espiritual, ese aspecto fundamental de la vida humana que nos sostiene y nos hace crecer de verdad. Esta dimensión espiritual se cultiva a través de la atención. Por eso creo que, si este sistema sigue por el mismo camino, generará más y más sufrimiento para todos.


Soluciones

Para atajar este problema, tendríamos que actuar desde varios frentes. Algunos ejemplos que se me ocurren. Mientras la televisión siga fomentando modelos erróneos que alimentan la ilusión egoica, deberíamos controlar el tiempo que nuestros hijos pasan viéndola, así como los contenidos. Desde la familia, además de sembrar unos valores auténticos basados en el amor y el respeto, se debería procurar enseñar a los niños a vivir en el presente, a hacer sólo lo que están haciendo en este momento y no muchas cosas a la vez y ninguna en profundidad. Por ejemplo, apagar la tele a la hora de comer: en ese momento, lo que toca es comer y nada más que comer. Es simple pero efectivo. Es respetar la comida y el comer, y a uno mismo. En el campo de la enseñanza, lo que podríamos hacer es ofrecer a los alumnos un espacio distinto, alejado de los valores tóxicos del sistema, un espacio donde se les permita hacer justamente lo que están haciendo. Ayudar a los niños a que se den cuenta por sí mismos de que la cosa concreta merece respeto y atención redunda en la construcción de personas más maduras y respetuosas, más conscientes y más libres.

En educación, se está fomentando, por decreto, el uso de las TIC o nuevas tecnologías en el aula. Podríamos entrar en el asunto de por qué se está fomentando. Bajo mi punto de vista, está claro que lo que hay detrás son los intereses económicos puros y duros del sistema: hay que sostener una industria, hay que dar salida a unas inversiones, hay que alimentar este sistema donde priman la productividad y el consumo desmesurados, porque si no se desmoronaría. Este progreso es una maquinaria inconsciente que no hay quien la pare y que posiblemente va directa al colapso.

Pero siguiendo con este tema, la inclusión de las TIC no tendría por qué ser algo negativo, si sirviera para enseñar a los niños a utilizarlas conscientemente. Pero, si sirve para introducir esa dispersión también en el aula, simplemente agravará el problema. Incluir Internet, el messenger, los sms o la consola de videojuegos Wii como métodos de enseñanza es peligroso en ese sentido, y el profesor debería actuar muy conscientemente en su trabajo para evitar que la influencia dispersora que esos medios tienen en el mundo actual se cuele en el aula. ¿Qué mejor regalo, qué mejor aportación pueden hacer los profesores a los alumnos que brindarles la oportunidad de vivir unas horas al día en un espacio libre del ruido exterior, un espacio de sencillez y concreción donde puedan aprender a vivir de otra manera, aprender a vivir en el presente a través de lo que estén haciendo? Escribir en un papel con un lápiz o en una pizarra natural con una tiza es, además de mucho más barato y sostenible que el tablet PC y la pizarra digital, una manera de vivir en contacto (con las manos, con el cuerpo) con la realidad física, corporal, natural, concreta que nos rodea, en lugar de correr el riesgo de perderse en ese reflejo del mundo mental que es lo virtual. Pero el tema de las TIC da para una reflexión aparte y lo dejo para otro momento, además de que no tengo experiencia como para hacer un juicio consecuente.


Cultivemos la atención

En conclusión, creo que, si queremos una sociedad sana que sirva de apoyo para la maduración de las personas, si queremos una sociedad de personas maduras, felices, respetuosas, solidarias, una acción muy valiosa y fructífera será cultivar y fomentar la atención a lo concreto en lugar de la dispersión. No es ninguna tontería. Es, seguramente, incluso una cuestión de supervivencia. Sólo haciéndonos más conscientes en nuestra vida cotidiana, recuperando el vínculo con la dimensión espiritual del ser humano, cultivando así el respeto por nosotros mismos, por los otros, por las cosas, por la Tierra... la especie humana tendrá futuro sobre la faz de la Tierra. Y, en eso, creo que la atención tiene una relevancia fundamental.

What am I searching for?


¿Qué estamos buscando en Internet? Muchas veces, como el de la viñeta, no tenemos ni idea. ¿Qué buscamos en las nuevas tecnologías? Quizás a veces no las usamos conscientemente como herramientas, sino que nos estamos buscando a nosotros mismos, sin saberlo, en el lugar equivocado.

[Humor ácido sobre el efecto de las nuevas tecnologías en nuestra vida, en la tira semanal Techno Tuesday, de Andy Rementer.]

martes, 15 de diciembre de 2009

Tres novelas

Leídas en los últimos meses:

La Serpiente Uróboros, de E. R. Eddison (1922). Esta novela la empecé y la dejé aparcada hace tres años. Si entonces el inicio me resultó poco interesante y algo cargante –problema de las expectativas, supongo–, en esta ocasión sin embargo ha fluido desde el principio, ganando interés y emoción a cada capítulo. Dicen que es fantasía épica o heroica, si bien no tiene mucho que ver ni con Tolkien ni con Howard. Yo creo que es más una recreación de los poemas épicos clásicos y los libros de caballerías, con mucho de ejercicio estilístico y un encantador tono arcaico que recorre la obra con gusto. Hay algo de fantasía moderna pero también algo de aquellos símbolos y alegorías medievales, y discursos tradicionales y aun filosofía, todo en una medida adecuada para no resultar anacrónico. Delicioso me pareció su tono poético, y la belleza descriptiva, prácticamente prerrafaelita: ese detallismo y morosa complacencia a la hora de describir casas, ornamentos, jardines, parajes naturales y la notable ascensión de la montaña. Y la música...

Ilión (2003), de Dan Simmons. Extensa y compleja, resulta sin embargo absorbente, amena y emocionante. Compruebo la habilidad profesional del autor, a quien no conocía. Tejer un tapiz con tan dispares elementos no ha de ser cosa fácil: la guerra de Troya, la ciencia-ficción más al día con los descubrimientos y las teorías de la física cuántica, Shakespeare y Proust discutidos por IAs colonizadoras de las lunas de Júpiter, un mundo feliz de ociosos eloi, Marte terraformado, posthumanos deshumanizados que juegan a ser dioses griegos y un montón de incógnitas que sólo son desveladas en pequeñas dosis y poco a poco. Lo más interesante para comentar, fuera del aspecto lúdico, creo que es la extraña (y descontextualizada) pero ingeniosa utilización de ideas de Teillhard de Chardin (noosfera, logosfera) y ante todo la filosofía subyacente a esta historia ficticia del futuro: manipular la naturaleza mediante la ciencia con el fin de "mejorar" al ser humano es peligroso, tanto que podría tener consecuencias terribles. Bien es cierto que el autor no llega a tomar una posición ética explícita frente al problema. El lector es libre de juzgar. Pero hablemos de ello en el párrafo siguiente.

Olympo (2005), continúa y culmina la trama de Ilión. (Por cierto, ¿por qué traducir el título Olympos como Olympo? El editor explica que trataron de mantener la diferencia que supone la variación elegida por el autor frente a Olympus. Pero Olympo no existe en español.) Como decía, el autor no parece juzgar, al menos directamente, los despropósitos de los "dioses" posthumanos, su uso desproporcionado de la ingeniería genética y la nanotecnología para aumentar su poder y manipular a los seres humanos y al ecosistema terráqueo. Bien, se habla de locura. Lo cierto es que hay tantas voces y puntos de vista que es difícil quedarse con uno predominante. Se ve la denuncia de la locura del ser humano (ese Zeus superegoico que parece acabar personificando el grado máximo de locura humana) y se ve el disfrute y la fascinación (y la preparación) del autor por la anticipación científica. En Olympo, la trama tarda más en arrancar y el desenlace no me pareció el gran final que uno esperaría después de semejante despliegue de argumentos interconectados, pirotecnia olímpica y narración épica (muy hábil y fiel a la homérica por cierto). Ha de ser difícil resolver satisfactoriamente semejante tinglado literario. En todo caso, el resultado no es decepcionante. Habría mucho para conversar sobre muchos aspectos de este dúo de novelas, pero prefiero no desvelar en este post ciertos puntos. Las disfruté ambas, de manera algo parecida a como he disfrutado también las novelas de Tim Powers: un gran conocimiento y amor por los clásicos de la literatura por parte del autor, un gran sentido del humor y la habilidad para jugar con los límites de la realidad limitada que la mente racional admite.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Tres películas

• Solaris (Andrei Tarkovsky, 1972): Una obra de arte. A veces con una apariencia desaliñada, sucia y acaso un poco descuidada, todo eso sin embargo resulta ser la manifestación perfecta de la creatividad del director. Absorbente, su belleza se va haciendo crecientemente visible a la par que el misterio y la intensidad de los sentimientos de los personajes. Tarkovsky se lo toma con calma, dedica tiempo a mostrar cada escena, y a veces despista y sorprende con pasajes cotidianos que se desarrollan con naturalidad hacia el surrealismo. Consigue expresar realidades que no es fácil encasillar como simples sentimientos. Hay ahí un misterio, parece indicar a veces la danza de imagen y sonido. En este sentido, pienso en 2001: Una odisea del espacio (Stanley Kubrick, 1968) como lo más cercano que he visto, aunque es muy diferente. En Solaris hay más palabra, más reflexión y sentimientos, aunque posiblemente no menos poesía. Si la comparación no tiene mucho sentido en realidad, quizá tampoco con la novela de Lem. Es bastante fiel al espíritu y a la trama, aunque no recuerdo todos los detalles. En cuanto a la versión de Steven Soderbergh (sigo comparando), la recuerdo mucho más emocional y mucho menos profunda que ésta de Tarkovsky. Si en la primera versión lo más importante es aquello de la búsqueda de espejos donde mirarse, en la nueva la cosa quedaba reducida a algo mucho más sentimental. Lo anoto porque no me parece poco importante y me pregunto: ¿por qué hubo en los 60 y 70 tan desbordante e increíble creatividad?; ¿es real esa sensación que tengo de que en las décadas siguientes han primado en el arte dimensiones más sentimentales y fáciles y no se han alcanzado aquellas profundas y sutiles exploraciones?

• Vi por fin Ponyo en el acantilado (Hayao Miyazaki, 2008). Creo que es la más dirigida a un público infantil. Lo que no la hace necesariamente menos disfrutable para un adulto. Es tan bella, viva y desconcertante como las demás películas de Miyazaki, y quizá más misteriosa. Me explico. Me parece que es más difícil coger la película y decir ah, ya la tengo, y desmenuzarla y ver sentidos y explicarla. Quizá porque es más genuinamente un cuento. Y me parece muy bien. En relación con esto, me parece muy poética y musical y... visual. Más un poema audiovisual que una historia, a pesar de ser un cuento con un argumento más o menos lineal. La escena de Brunhilda cabalgando las olas es... gloriosa. ¿Lo habría sido más con la música original de La Cabalgata de las Valkirias de Wagner en lugar de la versión de Hisaishi (muy hábil y digna por cierto)? No sé. Miyazaki sigue siendo vehículo para la llegada a la animación de la luz de una profunda creatividad.

• Otra de animación que vi hace meses: Ghost in the Shell 2: Innocence (Mamoru Oshii, 2004). No memorable, pero tiene sus puntos. El componente filosófico del cyberpunk es el que más peso tiene en ésta, creo, por encima de la tecnología, la violencia y el cine negro (que también están). A tal punto que requiere una especial atención para no perderse en los diálogos, a veces enrevesados pero bastante interesantes. Destacaría esa alusión a la (peligrosa) proyección del ego en los otros (en las ginoides, en el perro, en los hijos...).

viernes, 16 de octubre de 2009

Conexiones

Pilato preguntó a Jesús: «¿Qué es la verdad?»; pero Jesús no respondió [Juan 18, 38]. ¿O sí respondió?

* * *

«Un monje le preguntó a Shigui:
–¿Cuál es el primer principio?
–Lo que acabas de preguntar es el segundo principio –contestó Shigui.»

(De la tradición Zen china.)

* * *

«El Tao que se puede decir no es el verdadero Tao.»

(Del Tao Te Ching.)

viernes, 2 de octubre de 2009

La filosofía de las montañas

«–Sin duda –dijo–, las grandes montañas del mundo serían un buen remedio contra el descontento y la ambición de nuestros tiempos, si los hombres lo conocieran. En estos montes está la fuente de la sabiduría. Están arraigados profundamente en el tiempo. Conocen las costumbres del sol y del viento, los pies ardientes del rayo, el hielo que rompe, la lluvia que cubre con su manto, la nieve que rodea su desnudez con una sábana más suave que si fuera de linón fino; y si bien su gran filosofía no se pregunta si es una sábana nupcial o una mortaja, ¿acaso no se justifica su calma despreocupada a cada año que transcurre, y no es un ejemplo que deberá hacernos olvidar y reírnos de nuestros cuidados?, a nosotros, niños del polvo, niños de un día, que nos cargamos con tantas cargas y cuidados, con miedos, deseos y maquinaciones tortuosas de la mente, de modo que nos hacemos viejos antes de tiempo y nos cansamos antes de que se cumpla el breve día y nos coseche la guadaña como premio de nuestras fatigas.»


Habla el señor Gro, en el capítulo XXV de La Serpiente Uróboros, novela fantástica de E. R. Eddison publicada en 1922.

Las montañas son un ejemplo para nosotros, tal como lo son los árboles.

jueves, 27 de agosto de 2009

Dejarlo todo por la verdad

Comento unos fragmentos entresacados de Echar raíces (1943), texto de Simone Weil.

«Dios se da al hombre gratuitamente y por añadidura, pero el hombre no debe desear recibirle. Debe entregarse totalmente, incondicionalmente, y por el motivo único de que tras haber errado de ilusión en ilusión en la búsqueda ininterrumpida del bien, está seguro de haber discernido la verdad volviéndose hacia Dios.»


Dice ilusión donde podría haber dicho pecado. El pecado no es más que caer en la ilusión. Simplemente, pecar es "no acertar con el sentido de la existencia humana", como explica Eckhart Tolle. Se prepara otra flecha y se tira de nuevo al blanco.

Más:

«Hay que desearle primero como verdad, y sólo a continuación como alimento.»


De acuerdo con Weil, se trata de volverse hacia la verdad, no de desear la solución a nuestros problemas como una necesidad. Esto me recuerda a una cosa que leí a Guénon, algo que podríamos traducir a un lenguaje actual así: al buscador espiritual honesto no le interesan los consuelos, sino la verdad.

Weil y Guénon parecen ponerlo difícil, pero creo que tienen razón en esto. No obstante, por otro lado casi todo el mundo tiene, desde cierto punto de vista y al menos temporalmente, un ego que busca consuelos. Lo uno no quita lo otro. Dejemos al Espíritu hacer su faena. Lo fundamental, en lo que dicen los dos autores, me parece que es la actitud, la disposición que ha de haber en el buscador espiritual honesto: la aspiración a la verdad, a pesar de que desde cierto punto de vista aún haya uno que se ilusiona y busca consuelos, en mayor o menor medida.

En esta línea, Simone Weil llega a decir algo, en el mismo texto, que puede parecerle fuerte a alguien religioso, pero que, pienso, es totalmente certero:

«Pues para que el sentimiento religioso proceda del espíritu de verdad hay que estar totalmente dispuesto a abandonar la propia religión, aunque se perdiera por ello toda razón de vivir, en el caso de que fuera algo distinto de la verdad.»


Esto no significa que haya que abandonar la propia religión, sino justamente lo que dice: que hay que estar totalmente dispuesto a abandonarla si fuera algo distinto de la verdad; porque sólo interesa la verdad. Se trata de abandonar el apego, que también toca a la religión como sistema con el que uno se puede identificar, perdiendo de vista la búsqueda de la verdad.

Eso implica también, creo, que hay que estar dispuesto a considerar la religión del otro como legítima en sí, y no como un error. Cuando yo estoy en lo cierto y los demás están equivocados, es que he perdido de vista la verdad.

Cristo lo dice bien claro, creo, cuando invita a dejarlo todo para seguirle.